Hace varias semanas nos llegó la esperadísima Penny Dreadful. Por entonces me preguntaba si podría Eva Green seducirnos para ver una serie a todas luces tópica. Me equivocaba. No era Eva. Era Bayona.

Como seguro que ya han oído, Penny Dreadful sencillamente coge a todos los monstruos del terror victoriano de toda la vida —Drácula, Frankenstein, etc.— y los arremolina a todos en el Londres de la época con una más que intrigante Eva Green. En un comienzo la cosa parecía ser no más que un batiburrillo sin pies ni cabeza atrayente para la habitual caterva de frikis de estos saraos, entre los que me incluyo. Sin embargo, los primeros episodios me han dejado un sabor de boca al tiempo sorprendente y misterioso que, además, me ha hecho replantearme una de las convicciones que más arraigadas tenía: la de que el director no suele hacer ni el huevo en un rodaje.

Por resumirles la película sin cabrear a los fieles que me increpan por el espoileo, simplemente les diré que, pese a partir de una base de sobra conocida, la serie no se sostiene únicamente sobre el atractivo que tiene la ambientación y la época per se, sino que es capaz de sorprender, de engatusar y, fíjense, de proponer al espectador detalles y sutilezas que escapan en un primer visionado. Por supuesto el batiburrillo está, existe y se cae en él, pero el seriéfilo avispado sabe que si se mete en este berenjenal tiene que aceptar sus premisas fantasiosas.

De momento llevamos cuatro episodios y la evaluación es positiva, en general. Los dos primeros son de muy alto nivel, el tercero decae bastante, y el cuarto sigue un tanto la estela del tercero pero el guión consigue desterrarnos del letargo imponiendo nuevos personajes y sorpresas finales. Toda la serie tiene el mismo guionista, y es cierto que gran parte del mérito por el comienzo en alto, el bajón del tercero y el ligero remonte le corresponde únicamente a él. Sin embargo, he apreciado sutilezas que son —tienen que ser— grandezas del director y que explicaré más adelante, cuando levante el yugo del spoileo y me libere de mis ataduras.

Showtime ha renovado por una segunda temporada que además se verá ampliada en varios capítulos más de los que están previstos en esta primera. ¿Habrá nuevas sorpresas? ¿Sabrán tensar el hilo lo suficiente sin llegar a romperlo? No sé. Lo único cierto es que, una vez hecha esta promesa, temo que nos vamos a quedar gimiendo y llorando por ver la segunda, como los desterrados hijos de Eva.

[SPOILERS]

Liberado ya del yugo, entremos en faena.

[Tweet “Bayona dialoga con los que estamos a este lado de la pantalla #PennyDreadful”]

Lo primero que me sedujo de Penny Dreadful fue la aparición de Proteo, el nuevo monstruo de Frankenstein, al final del primer episodio. Siendo un friki redomado como soy, y después de una imagen tan estereotipada del monstruo como tenemos en nuestro acervo colectivo, el simple hecho de mostrar a un ser tan simple, indefenso y amable me hizo levantar una ceja. Sabía, o me esperaba, que el monstruo mostrase su coletazo de furia en algún momento, y tal vez por eso el segundo episodio de la entrega se me hizo tan entretenido: admiré el hermoso proceso de aprendizaje del pueril Proteo con la congoja de que en el menor instante tirase a alguna niña al Támesis, o algo parecido.

Bayona, que es el director de las dos primeros entregas, sabía perfectamente lo que se hacía; sabía perfectamente lo que esperábamos, y sabía perfectamente cómo manejar a su audiencia. Por eso no duda en ir sembrando instantes donde todos nos esperamos una respuesta violenta por parte de la fiera: cuando lo deja solo, cuando le enseña el libro con el grabado de la ballena, cuando recuerda que estaba casado… Pero no. La sorpresa viene al final, con la aparición del monstruo original.

En Hasta que llegó su hora, Sergio Leone monta toda una escena bucólica en un rancho apartado sólo para generar un tremendo shock en el espectador cuando aparece Henry Fonda y los mata a todos —«¿qué hacemos con el niño, Frank?/Ya que has mencionado mi nombre…—. En el segundo episodio de Penny Dreadful sentí sencillamente lo mismo: nos habían pintado un monstruo tan adorable sencillamente para que la aparición del monstruo verdadero nos produjese un shock anafiláctico por el contraste. Yo salivé.

Algo semejante sucede con el inquietante pasado de Vanessa y sir Malcom. En vez de narrarnos lo sucedido; en vez de ponernos un flashback, un sueño, una página de un diario o cualquier otro de los recursos habituales del repertorio de herramientas del guionista avispado, nos provocan una secuencia de posesión en medio de una sesión de espiritismo en la que involucran al nuevo personaje de Dorian Gray y que, para más señas, termina en alto, con Vanessa fornicando salvajemente con un desconocido en una calle cualquiera. Es obvio que no han tirado por la opción sencilla. Han estructurado prácticamente la mayor parte del segundo episodio para forzar al personaje y que tenga que contarnos sin remedio todo, o casi todo, lo que necesitamos saber del trasfondo de sir Malcolm, al tiempo que avanza todas las tramas: surge la atracción con Dorian, se genera la desconfianza con el explorador y se atestigua que Vanessa es más víctima del Diablo que perseguidora del vampiro, aunque ella, sin embargo, en el fondo sigue siendo un misterio.

[Tweet “Vanessa es más víctima del Diablo que perseguidora del vampiro. #PennyDreadful”]

En el primer y segundo episodio parece ser todo sugerencia y disimulo. Incluso la identidad secreta del personaje interpretado por Josh Hartnett se ofrece en sutiles pistas: la mandíbula bestial que aparece en la cabecera, el despertar desorientado en medio del puerto, el rostro de la testigo del crimen que parece reconocerle… de todas hay una que no me queda del todo clara: el reloj de bolsillo. Según he podido encontrar por la red, hay algún foro de indignados por ahí donde se está criticando con fiereza que le hayan puesto al pistolero un reloj Jean Jacot relativamente moderno en vez de un Waltham o un Elgin más propio de un norteamericano en la época —sí, hay gente mucho más freak que yo—. El caso es que me parece que la elección no ha sido tanto por respetar la fidelidad hacia el tiempo del relato sino por introducir una pista —otra más— sobre la identidad del dueño. Porque, ¿qué reloj sería de mejor utilidad para un hombre lobo que uno que tuviera un calendario lunar? —aun si no ha sido voluntario me parece un detalle fantástico—.

Por este tipo de motivos, el tercer episodio supone un bajón impresionante cuando se destierran todos los aciertos y se suplantan por una lastimera voz en off relatándonos la vida y penurias del monstruo de Frankenstein original. Como lo oyen: voz en off, flashback… todo lo que no hemos visto en el primero y el segundo nos lo narran de sopetón en el tercero, y además sin ningún tipo de gracia o de intriga. Sinceramente, estoy convencido de que si eliminasen en montaje toda la vida y obra del monstruo y nos lo mostrasen directamente exigiendo una novia como él y trabajando de tramoyista en el Gran Guiñol nosotros solitos hubiéramos montado toda la historia.

Sin embargo, no sólo caemos en la pedantería de la narración —culpa del guionista, todo sea dicho—. También caemos en una pérdida de todo el ritmo que nos habían sembrado en el primer y segundo episodio. Y es aquí donde he empezado a replantearme mis anteriores creencias sobre el papel del director. Bayona juega con el espectador. Además de fotografiar de manera impecable —genial la presentación de Dorian enmarcado en uno de sus cuadros—, plantea un ritmo y un movimiento de cámara que dialoga con los que estamos a este lado de la pantalla. Los planos secuencia de la aparición de Mina y de la resurrección de Proteo juegan al despiste de una forma tan sutil que claramente podemos imaginar al director toreándonos de manera maravillosa. Y son planos secuencia, he dicho. De esos cuyo montaje se hace directamente sobre el celuloide. Bravo, Bayona. Me has convencido.

El cuarto episodio tiene pocas de estas sutilezas, pero en vez de eso tiene un par de bombas que justifican, con mucho, su visionado. La primera es, obviamente, la entrada de Van Helsing. Y la segunda es, claramente, la escena final que no desvelaré, porque hasta en los lugares donde espoilear está permitido hay detalles que no deben nombrarse en voz alta.∇