Les prometo que tenía pensado hablar de la saga de 50 sombras de Grey y la inusitada expectación que ha despertado su adaptación cinematográfica. Prometo encargarme de ambas en su debido momento, que el látigo de Jean Cité, mi nuevo editor, es inmiserocorde e implabacle. No obstante, sucede que ante ciertas tropelías, sencillamente, el teclado adquiere vida propia y no puedo morderme la lengua.

Cualquier lector que se respete a sí mismo y que haya leído la novela El gran Gatsby, de F. Scott Fitzgerald, coincidirá conmigo en que la adaptación cinematográfica de Baz Luhrmann, protagonizada por Leonardo di Caprio y Tobey Maguire, entre otros, es un absoluto despropósito y una falta de respeto sangrante hacia una de las aportaciones más importantes a la literatura norteamericana del siglo XX.

La obra de Fitzgerald no es excesivamente compleja ni pretenciosa, permite una lectura ágil y digerible sin esfuerzos. A pesar de ello, sí que nos regala reflexiones atinadas y retrata, como en pocas páginas se ha logrado, asuntos tan humanos y esenciales como el salto de la juventud a la madurez, la ambición, la decadencia, el amor, las desigualdades que crea el dinero y el caleidoscópico crisol que eran las sociedades modernas de principios de siglo. Cuenta, además, con el privilegio de erigirse en ácida hoja de ruta de la alocada y desenfrenada carrera autodestructiva del Nueva York de los años 20.

Jay Gatsby es un inquietante «nuevo rico», un millonario salido prácticamente de la nada, al que rodea un halo de misterio que, lejos de amedrentar a la alta sociedad neoyorquina, acrecenta las más alocadas teorías sobre su origen y el de su fortuna, sus ocupaciones y objetivos. Gatsby vive en una lujosa mansión del West Egg (Long Island). En ella hace de anfitrión en recurrentes, lujosísimas y concurridas fiestas, donde se dan cita lo más granado de la élite bursátil de la ciudad, además de políticos, artistas, burgueses, advenedizos y personajes de la más variada calaña. En una de estas fiestas conoce casualmente Gatsby a Nick Carraway —el narrador—, un humilde agente de bolsa y vecino circunstancial de Gatsby , cuya prima, Daisy Buchanan, vive al otro lado de la bahía y por la que el Sr. Gatsby muestra una especial y enigmática predilección.

Cuando una reconocida obra literaria se adapta para irrumpir en las salas de cine, hay que dar por sentado que toda la riqueza en matices, todas las cargas de profundidad que pueden extraerse de páginas deleitadas con calma, se pierden en las molestas pero necesarias labores de acoplamiento a un medio para el que la obra en cuestión no fue concebida. Del éxito de la adaptación depende, en gran medida, la presencia como guionista del autor de la obra, si resulta posible. En los casos en los que esto último es inviable, ayuda mucho que el guionista tenga un mínimo respeto por el mensaje original y el espíritu de la obra. Si se quiere acercar una creación inmortal al gran público cinéfilo —mayoritariamente adolescente— hay que hacerlo bien. Y si no se es capaz, es mejor dejar las cosas como están. Que Fitzgerald sea un desconocido para la masa es una lástima, pero es preferible que lo sea, si la única referencia que tiene de uno de sus mejores libros es «esperar a que salga la peli». Sobre todo ésta.

Porque Luhrmann, que además de director es co-guionista, utiliza a Fitzgerald como un pretexto y al «Gran Gatsby» como burda excusa para un film excesivo en metraje —dos horas a ritmo cansino y desigual—, carente de sentido y de la más mínima sensibilidad con la obra en la que se inspira y de la que, lo mejor que puede decirse, es que quedaría estupendamente en la sección de vídeos musicales de la MTV. Baste decir que a los veinte minutos, en una de las fiestas de Gatsby, la música que acompaña las escenas es Hip-Hop de la más rabiosa actualidad. Muy «locos años veinte», como pueden imaginar.

No pido que todas las adaptaciones cinematográficas sean fieles a la obra original, pues es algo imposible. Sí que es deseable que el director, al menos, haya leído el libro que le sirve de leit motiv  —si es que sabe leer, que esa es otra— y, en la medida de las posibilidades, tenga un mínimo de respeto por ella. Entiendo que el Sr. Fitzgerald esté revolcándose en su tumba y que Carlos Boyero, crítico de cine al que respeto sólo a ratos, fuera implacable con la película, en su día. Para ver pestiños de este calibre, me quedo con mis libros, sin duda.

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