Esta noche arranca la tercera temporada del programa de coaching que ha revolucionado el panorama televisivo del último año. Sí. Chicote.

Si nos paramos un instante a pensarlo, el programa de Chicote ha sentado un precedente que ha llevado la cooking-tv directa del magazine mañanero al prime-time nocturno. Hace tiempo hubo varios intentos, como aquel de Esta cocina es un infierno de 2006, pero no llegaron a cuajar. Tal vez fuera porque no estaba tan de moda lo culinario, o tal vez fuera porque no estaba Chicote. Piensen lo que quieran. Tan sólo Un país para comérselo tuvo cierto puntillo, sobre todo al incorporar el punto de gastronomía nacional con el semblante quijotesco de Imanol declamando junto a Echanove papeando. Pero no era lo mismo. No era espectáculo.

Después de dos temporadas de chicotazos a diestro y siniestro el espectáculo culinario se ha puesto de moda hasta el punto de no haber cadena generalista que no se haya subido carro del cookery: Cocineros sin estrella —estrellada— (en Telecinco), Masterchef —normal y sin— (en TVE), Deja sitio para el postre —mejor no hablar— (en Cuatro), y la propia Top Chef —explotando el Chicotismo— (en Antena 3). Ahora se anuncia una nueva temporada del programa estrella y, como era previsible, tienen el listón muy alto.

En efecto, además de tener de frente un piélago de competidores de comanda y mandil, la audiencia empieza a estar ya un poquito cansada del «siempre lo mismo», y de la cocina, en general. Ya conocemos a Chicote y sabemos lo que hace. Pero queremos más. Y ellos lo saben. Por eso, de entrada, ya han anunciado que, en primer lugar, habrá cameos: Jordi Évole anunciado, ¿irán Ana Pastor o Berto Romero para ser corporativos? ¿Aparecerá Ágata Ruiz de la Prada en agradecimiento por el emplazamiento publicitario? ¿Irá Samantha Vallejo Nájera a explicar por qué dice en voz alta lo que todos los espectadores queremos creer cuando vamos a comer por ahí? En segundo lugar, Chicote irá a Miami siguiendo los pasos de Juan Ponce de León, y realizará su programa desde allí: ¿visitarán algún bar de tapas de la Española Way? ¿se atreverá a probar el delfín, el cocodrilo y el banano frito que los cubanos de la Sauwesera —La Pequeña Habana, la Calle Ocho, la SW 8th Street… repitan conmigo: South West Eighth Street, ahora con acento cubano, sau wes er…a—,  le ponen a cualquier cosa?

Y, por último, lo que todos esperamos: volverá a los restaurantes que «salvó» en las pasadas ediciones, a ver cómo les va. Miren cómo lo cuenta él:

El programa de Chicote, además del morbo, la vergüenza y el oprobio de todo el colectivo de inspectores de sanidad de nuestro país, tiene una parte positiva y otra negativa. La positiva es él. Vale que no tenga las veintitantas estrellas Michelín de Gordon Ramsay, pero es castizo, y campechano, y nuestro. Dice las cosas como las piensa, con educación pero de forma directa, con esa autoridad que sólo despiertan los capataces de obra o los patrones de pesca. Es un crítico que se mancha las manos; un inquisidor consecuente; un empresario cuya única fórmula para el éxito es el trabajo y la disciplina —y la limpieza—, sin marketing ni branding ni leching.

La parte negativa es que corremos el riesgo de creernos Chicote. ¿Lo dudan? Amigos hosteleros, estén atentos: se acerca una ola de clientes snobs que se creen que han inventado la tortilla de patatas sin haber visto en su vida una chirivía. Estos comensales, aunque solo sea por hacer chicotismo del exigente, van a empezar a devolverles platos y a quejarse por el punto de la carne sin tener ni puñetera idea. Guarden sus cuchillos a buen recaudo y tengan paciencia: la fiebre pasará, como lo de los gintonics, que también pasará.

El programa de esta noche es doble ración. Lo han puesto a competir con los estrenos de la casa, a sabiendas que lo de la competencia en parrilla es una falacia para tener a los anunciantes asustados —hoy se puede ver todo, cuando quieran, como quieran, y se sabe—. El trailer promete tensión. ¿Lo verán? Yo no me lo pierdo.