¿Recuerdan ustedes cuando en las series de intrigas policiacas el aparato más avanzado empleado para resolver el misterio era el teléfono?

Si hay algo que no soporto de las series policiacas es el súper ordenador. Me parece un recurso tan fácil como enervante. Por poner un ejemplo: un crimen complicadísimo de resolver; los investigadores dándose golpes contra las paredes; el asesino cada vez más lejos de la justicia e incluso jugando al gato y al ratón con los policías, y llega el idiota de turno, se encuentra una cagada de mosca, la mete en el ordenador y ¡voilá! el software hace una triangulación con la cagada de mosca —que casualmente es una especie endémica de la costa de Massachusetts—, el barro que encontramos en la suela del zapado de la víctima —que tiene un alto contenido en cobre, selenio y zink, algo que sólo se da en el suelo del Cabo Cod— y el polen que hallamos en el bolsillo de atrás del pantalón del cadáver —que da la casualidad que pertenece a un extraño tipo de margarita que sólo crece en el mundo en un kilómetro cuadrado de tierra al sur de Plymouth— y nos lleva justo a la cabaña del asesino. INDIGNANTE.

Y no ya solo porque sea un recurso fácil y sacado de la manga, sino porque es un completo insulto a la inteligencia del espectador. Puedo creerme muchas cosas en un relato bien contado, pero eso no me lo creo. En serio. Conan Doyle se esforzaba mucho para que nos creyéramos algo parecido en Sherlock Holmes —sí, Sherlock pillaba al criminal por la ceniza del cigarro, pero para eso se adiestraba, se pasaba media vida analizando y estudiando la ceniza de doscientos tipos de cigarros, no tenía amigos, se drogaba y le caía mal a la gente—.

Es el Deus ex machina moderno, pero sin el Deus. Sólo la máquina. Pero lo indignante del asunto es que las máquinas, como son los ordenadores, no funcionan si no hay una mente humana detrás. De entrada no me creo que el departamento de homicidios de la policía de Detroit, por ejemplo, tenga a un becario metiendo en el ordenador todos los datos referentes a todas las cacas de mosca que se han encontrado en los alrededores. Y aunque fuera así, no me creo que siempre el torpe del asesino vaya a cometer el crimen justo debajo de la acacia endémica o en el terreno con la composición más singular de todo el planeta.

¿Qué ha sido de esos clásicos de la intriga, cuando no había súper ordenadores y los casos se resolvían en el tercer acto por la perspicacia, imaginación y capacidad de observación del Poirot de turno? ¿Por qué esa manía de dejar al espectador indefenso, tratando de esclarecer el asesinato antes que los policías, pero sin el dato fundamental del origen de la caca de mosca —que ni siquiera conocen los propios policías—?

Aunque los que me conocen saben que soy un integrado, un amante de la tecnología y un defensor de la bonanza de los tiempos modernos, debo confesar que, al menos en este punto, echo de menos la ajada gabardina y el Peugeot 403.