Si hace algunos meses hablábamos de Corina y la imagen manipulada que ofrecía el montaje de sus pretendientes, en esta ocasión es de justicia hacer lo propio con Quién quiere casarse con mi hijo y las protagonistas indiscutibles del espacio: las madres.

Por si son de los que la pasada noche optaron por ver cine en otras cadenas, o no están en Twitter y desconocen la dinámica del programa, en líneas generales se trata de un formato de reality en el que varios chicos buscan pareja entre un número determinado de pretendientas. La particularidad es que lo tienen que hacer acompañados en todo momento por sus progenitores, que habrán de compartir sus apoyos y reticencias con los casamenteros.

La gracia del asunto está, una vez más, en un montaje muy dinámico y atrevido que no duda en manipular todas las imágenes para dar un giro humorístico, de nuevo sin importar demasiado cómo queden los personajes de bien parados. Se incluyen efectos sonoros, contrapuntos musicales, descartes de producción y demás recursos audiovisuales con tal de hacer reír al respetable a costa de los personajes que participan de la aventura.

Puede parecer que no hay nada nuevo. Todo el mundo sabe que un buen montador puede tergiversar el sentido de la programación más sosa y convertirla en todo un espectáculo audiovisual de ritmo, acrobacias estéticas y comedia del esperpento. Lo especial del tema es que no sólo el montaje es magistral —en el contexto del programa—, sino que salta a la vista que el casting de los participantes también ha sido realizado con mucho tino. Sobre todo en lo referente a los padres.

Viendo Quién quiere casarse con mi hijo asistimos a momentos realmente sorpresivos de la sociedad ibérica que pueden sacarnos tanto las carcajadas como la vergüenza ajena. No hacen falta montadores para dotar de aire estrambótico a las parrafadas de alguna de las madres, la filosofía vital de alguno de los hijos, o el descarado chovinismo de algunas pretendientas. Y ahí es donde reside realmente lo hiriente del asunto.

Muchos de los integrantes del espectáculo, tanto madres como hijos, participan de la comedia del programa exagerando sus perfiles o haciendo teatro de sí mismos pero, sin embargo, otros muchos lamentablemente no. Otros sencillamente se muestran en toda su humilde sinceridad, tal y como son, con sus grandezas y crudezas, y esto se aplica especialmente a las primeras.

No me entiendan mal. Creo que el conflicto derivado del choque de intereses de hijos y madres puede ser divertidísimo, y me parece muy bien. El problema viene cuando el personaje pasa a ser objeto de burla por parte del montador de turno. Antes de seguir observen este fragmento. Es uno de los más desternillantes del programa, así como uno de los más comentados —masivamente, de hecho, en las redes sociales—. [Si no logran verlo bien, prueben pinchando en este enlace].

¿Realmente creen que una señora que no sabe qué significa «bisexual» conoce las entretelas de la producción televisiva? ¿Creen que una señora que aterriza de pronto en la sofisticación de un escenario catódico participa conscientemente de la broma, de la risa, del humor? ¿Creen que una señora como la que les describo sabe que están utilizando su imagen —voluntariamente cedida—, las particularidades de su forma de hablar o su propia idiosincrasia para hacer comedia?

Si se han fijado, el gesto de la presentadora Luján Argüelles oscila entre la sorpresa y la condescendencia; entre la sonrisa y la lástima. «Pobre mujer, no sabe que se ríen de ella», pensarán algunos; «olé esta madre, que no le importa mostrarse tal y como es», dirán otros. ¿Qué opinan ustedes? Puede que sí, que la señora participe feliz de la historia; que luego vea el programa en su casa y sea la primera en soltar carcajadas de cómo la han presentado. No obstante, yo creo que está haciendo lo que hacen las madres —lo que han hecho desde el comienzo de los tiempos—: entregarse íntegramente por la causa de sus hijos.

Sinceramente, estoy convencido de que poco le importa a esta señora que haya 137.000 comentarios —según Tuitele— sobre el programa o sobre ella; que la expongan en la propia página web del programa junto a titulares como «macedonia mental materna», o que se convierta de la noche a la mañana en una celebridad social si con ello contribuye, por poco que sea, a que su vástago alcance su meta de encontrar el amor, de hacerse famoso en la televisión o de ganar dinero fácil y rápido. Porque las madres son así: lo dan todo para que sus hijos logren sus objetivos… por banales que sean.