Fiesta del cine. Tropecientas mil personas que en tres días van a ver… Ocho apellidos vascos —nadie como Mediaset para hacer marketing— u otra. Así son las cosas.

Oye, que no me quejo. Que queriendo vivir a medio-largo-larguísimo plazo del cine, uno se congratula de que la máquina se desengrase y encima con cine español. La fiesta del cine español efectivamente lo ha sido, una fiesta y un éxito. Y aquellos agoreros que veían en esta estrategia pan para hoy hambre para mañana —algunos desde esta revista— han reconocido que se equivocaban, y que estas ofertas están haciendo que la gente vuelva al cine y vuelva a recordar la magia de una sala llena, y se de cuenta de que merece la pena el espectáculo y el disfrute que conlleva la gran pantalla. Y ahora cuesta menos rascarse el bolsillo cuando no hay oferta.

Hombre, y que el cine en su día más caro vale menos que dos cubatas. Ya basta de valorar el dinero sólo cuando es cultura.

Y esta disertación pseudomoralista podría ir por el camino de la reivindicación cultural, ya que me apetecería hablar del  resurgir de un tiempo a esta parte de una ciudad como Salamanca, en la que vivimos/sobrevivimos los «nosopraners», ahogada por yogurterías, bares de tapas, franquicias y alcohol low-cost, pero en la que están naciendo nuevos espacios culturales y afianzándose otros.

Pero no, quizás para otro post. Hoy quiero hablar de una grata sorpresa al ver que esta semana seguía en cartelera Frozen. ¿No la ha visto? Pues tiene que hacerlo.

Es un fenómeno extraño. Es una película Disney, con toda su parafernalia publicitaria, que sin embargo ha triunfado por el boca-oreja entre toda clase de públicos. Yo efectivamente tardé mucho en verla, ya que el cartel me daba perecilla. Muchísima, y eso que sus creadores eran los de películas como Enredados o ¡Rompe Ralph!, que por culpa del monopolio de calidad de Pixar habían pasado algo inadvertidas, aunque no para los más pequeños y para parte de la crítica.

Frozen es la culminación de la línea del nuevo estudio de animación de Disney. ¿Cuál es esta línea? Pues la de siempre, sin traicionarse a sí mismos como hicieran con planetas del tesoro, intentos de copia del mundo manga o dinosaurios renderizados. Aquí hay un cuento bien narrado y bien hecho. Y además no tiene una mentalidad conservadora o machista como antaño.

Inspirado en el cuento de Christian Andersen  La reina de las nieves, la película se articula con la relación de dos hermanas princesas, separadas desde su infancia por el peligroso don de Elsa, la mayor, cuyas manos pueden crear nieve y hielo. Reprimida durante años, el día de su coronación sus poderes se desatan y cubren el reino de hielo y nieve. Su hermana, Anna, intentará salvar al reino, y las que fueron hermanas ahora son rivales.

Conflicto perfecto: dos personajes enfrentados pero unidos por la sangre, las dos tienen razón, las dos son humanas, las dos son personajes redondos. Y ese para mí es uno de los puntos fuertes de Frozen: Personajes de siempre, pero muy modernos al mismo tiempo.  Nada príncipe azul, hay un vendedor de hielo que le ha hecho la puñeta la nueva reina. Un reno ¿telépata? y un muñeco de nieve que sueña con el sol son el resto del elenco principal, aparte de un príncipe más bueno que el pan que nos da pena porque intuimos que se quedará sin la chica…

Personajes completos, y cambio de rol en los héroes, como ya hicieran en ¡Rompe Ralph! — de la misma directora, Jennifer Lee —. Porque las protagonistas y las heroínas son las dos hermanas. Y no necesitan machos alfa que las ayuden ni que tomen las decisiones por ellas.  Lo importante de la película no es el romanticismo, aunque en su primer tercio lo parezca. Lo importante es la represión, el amor entre hermanas y las relaciones familiares, no siempre idílicas.

Todo esto sin traicionar a los grandes clásicos de la compañía: personajes secundarios extravagantes y divertidos, química bestial entre los protagonistas, princesas y príncipes Disney con personalidad de los que se enamoran los niños y los no tan niños… Humor, amor y aventura. Lo básico pero bien. ¡Ah! Y muchas canciones. Pero muchas. Es su punto menos redondo. Y eso que algunas de ellas son fabulosas, pegadizas, recordando a grandes temas que desde Hércules no escuchábamos. Sin embargo otras son pegotes y los números musicales no son lo suficientemente espectaculares, a excepción de la ganadora del Oscar Let it go. Pero es el único contra a una película llena de pros, divertida y entrañable.

Aunque no es tan adulta ni emotiva como lo son los trabajos de Pixar y todavía está lejos de su acabado técnico. Pero a la compañía de la lámpara le está costando remontar el vuelo. Así que demos gracias a que vuelve a haber películas que nos inviten a soñar y a disfrutar con un buena fábula familiar. Que le gusta a mi cuarentón hermano, a mis sobrinos, a estudiantes de guión gafapastas y a adolescentes charras. Es decir, a todo el mundo.