Como los asiduos sabrán, el nombre de esta revista no hace alusión a ningún tipo de desprecio hacia la que ha sido considerada, y sigue siendo para muchos, la mejor serie de todos los tiempos —con permiso de The Wire—. En absoluto. Si este sitio web se llama como se llama se debe a la idea, sostenida precisamente sobre el colectivo antes mencionado, de no tener el menor respeto dogmático hacia nada ni nadie. No hay totems, ni obras que no puedan ser cuestionadas entre estos bits. Pero a pesar de esta carta de presentación, en ocasiones como esta, y antes de decir lo que voy a decir a continuación, conviene prevenir al respetable de que está a punto de leer una blasfemia. ¿Preparados? Ahí va: me aburre Woody Allen.

Si ha seguido leyendo probablemente sea usted mi madre, alguien que también ha sufrido el desencanto al ver alguna de las última obras del director neoyorkino, o alguien que no sabe quién es Woody Allen —en cuyo caso le recomiendo que no ponga su nombre real si hace algún comentario—. La cosa es que el otro día abrí el piélago de posibilidades de vídeo a la carta que se nos ofrece a los urbanitas de este siglo en este país y me encontré de rabiosa actualidad Magia a la luz de la Luna, película estrenada en diciembre del año pasado. Opté por echarle un tiento, animado más que nada por el oscarizado Colin Firth y la talentosa Emma Stone, y el resultado no pudo ser más decepcionante.

En primer lugar, me dolió en lo más profundo lo predecible de la trama, que casi parece resuelta apenas se formula en el primer acto: un mago cínico y grosero es requerido por un amigo de la infancia para destapar la estafa de una joven que dice ser pitonisa, a todas luces con la intención de llevarse cuanto dinero pueda de una acaudalada familia bien en plenos años veinte. Como resulta obvio, surgirá el romance, el mago terminará por creerse el cuento de la embaucadora y, como es de esperar, en algún «sorprendente» giro final se descubrirá la verdad que él aceptará, sea cual sea, porque la ama profundamente pese a conocerla de dos días. No es broma. Es así, y lo saben. Seguro que no han tenido que ver ni el trailer. ¿Verdad?

Magia a la luz de la Luna no es una película. Es un teatrillo; una radionovela.

En segundo lugar, me hizo daño lo pueril de la premisa: una historia de amor pastelosa y sin chicha que ni siquiera se digna a meter a una tercera en discordia —la prometida del protagonista está, pero tan lejos y de forma tan tangencial que no merece la pena ni nombrarla—. Incluso Midnight in Paris, fíjense lo que les digo, tenía más profundidad que la pieza que me he tragado en video on demand. Colin Firth llega, se enamora, y punto. Sin más. Es verdad que tienen un instante de vacilación por sus propias convicciones, pues es un hombre iracundo y verborreico, pero no llega a más; y Emma Stone es adorable, y punto. No necesita hacer más. ¿En serio, Woody Allen?

Pero lo que más me afectó, sin duda, es que Magia a la luz de la Luna no es una película. Es un teatrillo; una radionovela. Prueben a verla sin mirar a la pantalla: no se perderán un ápice de lo que sucede. ¿Para qué, Allan Stewart Königsberg —que así se llama realmente el director— te fuiste a la Côte d’Azur a rodar lo que bien podría haberse hecho en las tablas de Broadway? ¿Por qué escribiste un libreto donde todo lo que hay es diálogo y diálogo y diálogo sin más gracia cinematográfica que una —eso sí— cuidada ambientación? ¿Acaso no te enseñó Méliès que esto del cine era contar con imágenes? ¿Acaso Orson Welles se pegó con medio Hollywood en vano?