La ausencia de Juego de Tronos está siendo muy dura para quienes, como yo, la amamos y odiamos a partes iguales. Por ello, preso de la desesperación, he visto el piloto de la primera serie con castillos que he encontrado. Ha sido un chasco, claro.

Reign narra la historia de la adolescente reina María Estuardo de Escocia durante el tiempo en que vivió en la corte francesa antes de contraer matrimonio y convertirse en reina consorte de Francia. Se trata de una intriga palaciega marcada con la rivalidad con su suegra, la reina Catalina de Médici, y llena de recovecos, pasadizos secretos, confabulaciones e incluso algún que otro punto esotérico con Nostradamus —interpretado por Rossif Sutherland, hermanastro de Keifer— deambulando también por el castillo. Echen un ojo al trailer:

¿Me comprenden ya? Pueden imaginarse la decepción. Yo que me esperaba una serie de intriga política medieval basada en hechos reales, con un puntillo místico también respaldado sobre una base histórica, pero sin magias, ni conjuros, ni dragones, ni hombres-nube… y al final me encuentro con esto. Reign es una teen soap, o lo que es lo mismo: una serie dirigida al público femenino adolescente, como un Gossip Girl en la Francia del XVI; como un Pequeñas Mentirosas palaciego. La trama política y la lucha de poder es, sencillamente, el trasfondo. La historia se centra en los amoríos de la joven María con el apuesto Francis, que ya tiene pelusilla en la barba, y las confidencias de su grupo de amigas adolescentes, Greer, Kenna, Aylee y Lola —sí, sí, Lola, como suena— mientras se prueban vestidos y se maquillan para los bailes y cenas de gala en la corte.

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La producción sigue un poco la estela que ya sembró Sofía Coppola: la mescolanza sin más pretensión que el mero efectismo estético y el agrado del público al que se dirige. Con un montaje animado, los éxitos pop encabalgan secuencias de montaje de colorete, raya de ojo, peinados, corpiños a medio abrochar, miriñaques y tules supuestamente de época —aunque permítanme que dude de semejante despliegue en una corte católica un siglo antes del reinado de Luis XIV—. Lo importante: que Francis no está seguro de su matrimonio concertado con María hasta que la ve bailando descalza; que a María parece gustarle el hermanastro bastardo de Francis, que es ya casi un «hombretón», y que el rey Enrique II de Francia está liado con una de las amigas adolescentes de María, o algo así. Aparte está la intriga de que quieren matarla prácticamente a diario, lo cual no le quita a la joven las ganas de divertirse.

La serie, sin embargo, no ha estado libre de controversia. Nada más estrenarse, la cadena tuvo que hacer un remontaje de una de las escenas del primer episodio en el que una de las amigas adolescentes de la protagonista se masturba. Sí. Han leído bien. Se masturba. Y debo reconocer que me sorprendió cuando lo vi —el remontaje lo único que ha hecho ha sido ofrecer una perspectiva «más sutil» del mismo hecho—. Después de ver por una celosía de palacio la consumación del matrimonio de un pariente, una de las damas de compañía de la reina corre a un recoveco en una escalera para masturbarse, imagino, por la excitación del momento. Allí se la encuentra el rey y ya se pueden imaginar el final de la escena.

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No me parece mal que una serie dirigida al público adolescente y protagonizada por un reparto juvenil aborde el tema sexual. De hecho, es digno de loa que por una vez se retrate a la mujer no como objeto sexual sino como «sujeto sexual». En toda la historia del cine, la mayoría de las veces en que una mujer se masturba en una película no pornográfica es porque está poseída por algún demonio. Por tanto el hecho, en sí, no lo veo mal; lo que no me creo es la forma. Vale que una adolescente se masturbe, pero no en medio de una escalera, por favor.

Seamos un poco realistas, a ver. La única finalidad de la escena en cuestión es forzar un encuentro sexual esporádico y prácticamente casual con el rey y abrir así una trama secundaria. De todas las posibles excusas que se pueden manejar para propiciar este particular me parece que han escogido directamente la más rebuscada. ¿En serio? ¿En medio de una escalera? ¿Teniendo su habitación, su cámara privada, su excusado, la cámara del rey, los pasadizos, el bosque junto al castillo o decenas y decenas de armarios donde escoger? ¿De verdad? ¿Una escalera? ¿Y el rey pasaba justo por allí? ¿Y se lo encuentra y ya, al lío? No me lo creo. Pero oye, tampoco soy el público objetivo de este tipo de series. ¿Qué se yo? Lo mismo los y las guionistas —es un equipo mixto— saben algo del comportamiento habitual de las damas de compañía de la Francia católica del s. XVI que a mí se me escapa…