Cuando uno piensa en Leticia Dolera es fácil vincularla con el terror de los trabajos de género de Paco Plaza; por su incursión en la franquicia Rec protagonizando su tercera entrega, o incluso por su breve cameo en la serie Penny Dreadful de horror victoriano. Por eso, en parte, sorprende descubrirla en un título tan positivista como personal; una obra tan aparentemente naíf que casi esconde el profundo calado y la sutil crítica social que deja caer casi como quien no quiere la cosa.

María de las Montañas es una treintañera en paro que se ha propuesto a toda costa cumplir un personal listado de requisitos que, según ella, la conducirán a convertirse en una persona normal y, por tanto, alcanzar la felicidad. Con esta finalidad se alía con Borja, un entrañable dependiente de Ikea que ansía adelgazar. Juntos tratarán de, ayudándose el uno al otro, llevar a la práctica sus objetivos en lo laboral, familiar y amoroso, sin darse cuenta de que quizás el listado de requisitos no sea del todo fiable.

Magnífico manejo de la narrativa cinematográfica contemporánea que ya llamó la atención en el Festival de Málaga, donde se llevó los premios al Mejor guión novel, fotografía y montaje

Si algo sobresale del primer largometraje de Dolera, además del bien resuelto guión de la realizadora, es un magnífico manejo de la narrativa cinematográfica contemporánea que ya llamó la atención en el Festival de Málaga, donde se llevó los premios al Mejor guión novel, fotografía y montaje. Dolera le habla a su público en su propia lengua, empleando sin remilgos todo tipo de recursos extradiegéticos como rupturas de la cuarta pared, sobreimpresiones de toda clase e incluso apartes y digresiones que dotan a la película de una riqueza expresiva potente y una atractiva envoltura con la que hacer más llevadero el mal trago de la historia.

Porque, en efecto, las grandes comedias se construyen sobre profundos dramas, y el que plantea la directora en Requisitos para ser una persona normal no es de los livianos. La desorientación vital, la falta de diálogo, el abandono de la familia, el sentimiento de culpa o los traumáticos problemas de aceptación personal son sólo algunos de los temas que circundan la obra y que le aportan una carga de realismo y crudeza que, como una plomada, cimenta la magia de sus imágenes. Y ahí quizá resida el punto flaco de la cinta: la superficial e infantil aproximación que hace sobre algunos asuntos que se prometían de hondo calado.

La película maneja, no obstante, un humor que huye todo cuanto puede de la parodia y el chiste fácil. El tono indie, desenfadado y optimista, así como el diálogo constante con el espectador y los sutiles homenajes la convierten en una maravillosa opera prima de una directora/guionista/actriz que promete.