El cocinero David de Jorge lleva su Robin Food a Telecinco con un formato tan trillado y manido que casi parece del siglo pasado.

Prusia, reino desaparecido oficialmente en 1947 y que fuera germen de la unión alemana, es proclamado con vítores cada mediodía en Telecinco. El motivo es bastante simplón: el chef David de Jorge, «Robin Food», anda mosqueado con Rusia y ha cambiado su tradicional grito de guerra siguiendo la lógica del parecido fonético. Y hasta aquí la innovación.

No. No me entiendan mal. Este post no va contra el cocinero, que puede caer mejor o peor; ser más o menos diestro, más o menos gamberro. No. No va contra él. Va contra todo lo que le rodea, desde las luces hasta los tiros de cámara; desde el decorado hasta los rótulos sobreimpresos. ¿Por qué? Para entender el porqué quizá deberíamos retroceder en el tiempo hasta 1991, cuando irrumpió en TVE un cocinero vasco que amenizaba sus recetas con chistes, chascarrillos y otras cantinelas. ¿Retroceder más de veinte años para entender la televisión actual? Exacto. Porque ese es precisamente el problema: nuestra televisión actual es de hace veinte años.

Debo confesar que sólo me he detenido a ver un par de programas de Robin Food, y con esfuerzo. Pero oye, el esfuerzo no ha sido por él, conste. Ha sido porque es, sencillamente, aburrido de ver. La producción se me hace eterna, monótona, tediosa con ese plano secuencia no interrumpido más que por dos o tres insertos detalle de lo que David de Jorge corta, trocea, pica, guisa o fríe mientras habla y habla y habla; ese decorado estático y neutro, con ese vaivén de cámara desesperado por hacer visualmente atractivo lo monótono; esa iluminación vacua, fría, plana, que aporta a lo cocinado menos interés que a cualquier plato vacío. Fíjense lo que les digo: si hiciera el programa por la radio sería igual de interesante, o igual de aburrido.

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Quienes me conocen saben que soy aficionado a los programas de cocina. Me gusta verlos, aunque luego nunca ponga en práctica lo visto, debo confesar. Disfruto de los Masterchef, los Top Chef, los Pesadilla… y prueba de ello son la gran cantidad de entradas que pueden encontrar en este humilde sitio web. Pero, sin embargo, los hay que sobrepasan mi nivel de aguante; los hay que, sencillamente, van más allá de mi umbral de aburrimiento. Personalmente soy más de las cosas rítmicas, amenas, dinámicas… Últimamente soy fan de las producciones británicas, miren por dónde. No tendrán dieta mediterránea ni aceite de oliva ni esas maravillas que tenemos por estos lares, pero hacen unos programas estupendos, con una factura audiovisual envidiable. Echen un ojo, por ejemplo, al programa del conocido chef Heston Blumenthal que comparte con nosotros un generoso youtuber:

¿Lo han notado? Exacto: producción multicámara, iluminación profesional, empleo de ralentizaciones, rótulos integrados con la imagen, ritmo, música, exteriores, variedad y, sobre todo, montaje, en apenas 22 minutos. Ya… ya sé. No explica en sí ninguna receta como hacen nuestros cocineros catódicos. No importa, les pongo otro ejemplo con recetas. Enamórense de Lorraine:

¿Se han fijado? Una receta en apenas tres minutos. Un par más, si acaso, en la versión completa. ¿Han contado los tiros de cámara? ¿Han mirado la edición? ¿Se han fijado en la fotografía, los primeros planos, los planos detalle de lo que está preparando…? ¿No les parece más ameno que lo que hacemos en las televisiones de aquí? Comprendo que este estilo de producción, con esa iluminación tan cuidada, es quizá demasiado elaborado; demasiado complejo para hacer un programa diario. Demasiado caro. Pero, ¿saben qué? No es una cuestión de presupuesto, ni de complejidad, ni de nivel de elaboración. Si no lo creen echen un ojo al estilo cinéma vérité de Rachel Khoo, aunque hable en inglés entenderán rápido a qué me refiero:

Tres. No más. Tres personas: la cocinera, un cámara y probablemente un tercero al que ella se dirige. Tres. Iluminación natural, una cocina muy pequeña y un estilo muy limitado: tambaleos en la imagen, enfoque errático… Y, sin embargo, no se escatiman en planos, contraplanos y un montaje sintético y elíptico. Ha preparado una quiche y lo hemos visto en dos minutos y medio —a las recetas más elaboradas dedica más tiempo, pero sin perder el estilo—. ¿Les parece que es más complicado que uno de los monótonos programas de Robin Food? ¿Les parece que es más caro? ¿Y no es mucho más ameno y divertido que casi cualquier cosa realizada en España?

Quizá no sea una cuestión de presupuesto, sino de planificación y postproducción —y respeto a la audiencia, claro—. Seguro que saben a lo que me refiero. Los tres ejemplos que les he traído tienen una cosa en común —además de una cuidada fotografía—: montaje. «Edición», dirían en la tele, no fueran a tomarlos por artistas. En la televisión culinaria del siglo XXI tenemos eso: escenas, planos editados. Supone quizá un poco más de trabajo para el equipo, pero es de agradecer por los espectadores. ¿Cómo sería un torbellino como David de Jorge con una edición contemporánea, de la que se está haciendo por ahí? Lo mismo hasta mejorarían el dato de audiencia, tú. Pero claro, estamos hablando de la televisión del presente mientras nosotros seguimos en la España de 1991; la España de cocineros graciosos contando chistes en directo en lo que rompe el agua a hervir. Para el caso, como si estuviéramos en Prusia, vaya.