Por fin nos ha llegado la no tan esperada Salem, una serie que versa sobre las desdichas de una farmacia de barrio.

¿Se lo han creído? Claro que no. Salem trata, como es notorio, de los conocidos juicios que tuvieron lugar en el XVII en una de las comunidades más estrictas y puritanas del norte de los Estados Unidos. Es, como habrán adivinado, una serie más que trata de explotar la tan exitosa mezcla de terror, tensión sexual, erotismo y vísceras que tan bien está funcionando últimamente. Ya saben, el terror softcore romanticoide.

La serie nos traslada a las colonias establecidas en las tierras de la incipiente Massachusetts allá por 1685. La comunidad se encuentra en guerra contra los franceses que se disputan aquellos territorios y contra los indios que los solían ocupar. Falta todavía casi una década para que se lleven a cabo los famosos juicios contra la brujería que llevaron a la pena capital a diecinueve personas. En este contexto se nos muestra la promesa de amor entre John Alden y la joven Mary, luego él se va a la guerra, es dado por muerto, y ella decide abortar el hijo que espera de él mediante artes malignas. Como consecuencia, termina convirtiéndose en concubina de Satán y gobernando la localidad con sus artes diabólicas. Cuando él regresa, obviamente, se cabrea.

Tras el prólogo, el ascenso de la brujería es patente en Salem. El cadalso tiene un lugar permanente en la plaza del pueblo y las investigaciones acerca de quién es brujo y quién no lo es ya están en marcha. La gracia del tema es que lo de la brujería y tal se supone que es verdad. John Alden es escéptico durante un rato, hasta que ve los primeros indicios y se convence por completo. Algo huele a bruja en la ciudad. A diferencia de otras propuestas similares que han tratado de culpar de la matanza al integrismo religioso, el hermetismo social, las luchas de poder o incluso la levadura alucinógena, en este caso las brujas son lo que son, con todas las de la ley. Y ahí está el quid de la cuestión: si la brujería es cierta, los juicios contra las brujas, las condenas a muerte y la represión estarían justificados ¿no?

Quizá para contrarrestar esta presunción han optado por poner unos perseguidores bastante desagradables: un cacique déspota y tiránico; un reverendo putero y prepotente… Con ellos —o contra ellos, según le dé— está el bueno de la historia, que por desgracia es bueno hasta las trancas. Bueno, bueno, bueno. Sí, digo «por desgracia» porque el personaje de John Alden tiene menos interés que una patata. Viene de la guerra, descubre que su novia no le ha esperado y se ha casado con el rico, pero aun así decide quedarse para salvarla a ella y a la sociedad de la atroz amenaza de las brujas —y de los cazadores de brujas—, sin saber, claro, que tanto una como otra están igualmente corrompidas.

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La factura audiovisual es buena. Ya saben que si algo tiene en común lo que nos viene de por ahí, tanto lo bueno como lo malo, es que la factura audiovisual suele ser siempre buena. Los efectos especiales, necesarios en cualquier pieza de género que se precie, no están mal. Un tanto desagradables, claro, como era de esperar. Son brujas, ¿qué querían? Y sí, al ser de cable hay sexo. De hecho, es uno de los puntos importantes de la serie, como siempre.

El problema está en la sucesión de tópicos, escenas y tramas antes vistas. Les va a recordar a un Sleepy Hollow con desnudos; a un True Blood con momentos lésbicos; a un American Horror colonial. Casi les dará la impresión de que ya lo han visto. De que saben cómo va a terminar. Lo cual no quita que no nos puedan llegar a sorprender en un momento dado, acuérdense de True Detective, que sorprendió primero para bien y luego para mal.♦