Es una de esas cosas que te avergüenza admitir en público, por temor a ser etiquetado como —aún más— friki o «rarito»: me apasiona la cultura japonesa, en general. La medieval y anterior al XIX, sobre todo. Por eso conozco los hechos históricos de Akō Rōshi o «los rōnin de Akō». O lo que es lo mismo, la leyenda de los 47 rōnin.

Al ver el tráiler de la adaptación de Carl Rinsch supe dos cosas: que tenía que verla y que no me iba a gustar el resultado final. ¿Por qué perder el tiempo, si sabes que no te va a gustar? Porque para criticar hay que ver. Y porque donde quiera que se desenvaine una katana, ahí me tendrán. Qué le voy a hacer.

La sensación general es agridulce, al salir del cine. Una hermosa historia, destrozada por las exigencias de la cultura occidental del S. XXI y por la dinámica del mainstream cinematográfico. Y por nuestra incapacidad como gaijin ­—término despectivo para designar al extranjero— para apreciar las sutilezas de la historia, la infinidad de capas de significado —simbólico y objetivo, cultural y épico— de una historia real, que forma parte indeleble de la cultura de Japón y que, a pesar de ser toscamente «traducida» para nosotros en pantalla grande, queda lejos de su belleza originaria.

Bien es cierto que se trata de la primera incursión del director en el largometraje para el gran público y, como experiencia visual palomitera, es incontestable: sus efectos especiales, sus explosiones —sin sentido—, su historia de amor, su tal y su cual. Pero vamos, si quieren disfrutar de la historia, traten de buscar alguna de las adaptaciones asiáticas existentes, sobre todo Chūsingura (1962) de Iroshi Inagaki, aunque son de difícil acceso.

No se trata de las —inexistentes— capacidades interpretativas de Keanu Reeves, igual de expresivo que un ladrillo de adobe. Ni de la parafernalia en el guión, los añadidos y licencias innecesarias —desde el vestuario hasta la trama— o las digresiones sobrenaturales, que no aportan absolutamente nada. Se trata de que es una película sin alma, tan carente de sentido como la existencia de un samurái sin dueño al que servir, que es justamente lo que es un rōnin. Precisamente es este vacío existencial del samurái sin amo, contrapuesto a los mandatos del honor, la respetabilidad, la entrega y el sacrificio, lo que constituye la piedra angular de esta historia. Es justo por eso por lo que resulta tan apreciada y respetada por los nipones, que aún visitan las 48 —que no 47— tumbas de los samuráis que, insisto, existieron en realidad. Es todo esto —y mucho más— lo que, desde nuestras cortas mentes occidentales nos perdemos. Y la fanfarria de Rinsch no contribuye precisamente a deshacer el entuerto.

47 Ronin

La cultura japonesa resulta intrincada, hermética y sutil. El corazón japonés está encerrado en una habitación sellada e inaccesible, dentro de otras seis habitaciones concéntricas que la rodean y que resulta dificultoso sortear. Es eso lo que afirman las alegorías tradicionales japonesas. Por eso es demasiado peregrino pedir que la historia de los samuráis de Akō se cuente siguiendo los parámetros del imperio del sol naciente. Sencillamente porque no la comprenderíamos en toda su dimensión y belleza, como si se tratara del significado de un hermoso haiku, que se nos escapa entre los dedos.

Pero si te llamas Carl Rinsch, quieres petarlo en tu debut en el largometraje y vas a crear un divertimento cinematográfico con la excusa de los kimonos, las espadas y toda la mandanga, no utilices como pretexto uno de los ingredientes más arraigados del folclore japonés, porque los occidentales correrán el riesgo de hacerse la picha un lío. Llámalo de otra manera, invéntate por completo la trama, utiliza referentes que entendamos… No mancilles un pueblo al que no entiendes.

PD: Si alguien está interesado en saber por qué son 48 las tumbas  y no 47, puedo responder a las dudas previa solicitud en nuestra sección de «Contacto». Ya saben, cosas de frikis.