El cliché muestra al crítico de cine como alguien malhumorado, enfadado con el mundo y contrariado, porque (casi) todo aquello que ve no alcanza los mínimos exigibles de su proverbial y exigente criterio. Antonio Sempere es justo lo contrario a esa falsa estampa: afable, sonriente, abierto, buen conversador… excelente y cariñoso amigo de quien se gana sus afectos.

Sempere es, además, profesor de Crítica de Cine en los grados de Periodismo y Comunicación Audiovisual de la Universidad Miguel Hernández de Elche. Ha impartido cursos de crítica en más de media docena de universidades, entre las que se encuentran la Universidad Internacional Menéndez Pelayo de Santander o la Universidad Complutense de Madrid. Asiduo columnista en múltiples diarios de tirada nacional —El Mundo, La Razón, La Gaceta, Cinemanía y Academia del Cine Español, por citar sólo algunos—, es también autor de varios ensayos sobre temas audiovisuales y experto conocedor del mundo «festivalero», pues ha pertenecido al jurado de una treintena de ellos. Por descontado, es apasionado y ávido espectador de todo aquello que, sobre todo desde el mercado nacional, se proyecta en la gran y la pequeña pantalla. En NOSOPRANO aprovechamos su experiencia y su amplio conocimiento para sondear al enfermo.

Un conocedor, como lo es usted, del cine español ¿Cómo calificaría su estado de salud actualmente?
De euforia excesiva. El año 2014 nos va a regalar un titular excelente: la mejor cuota de pantalla para el cine español en muchísimo tiempo. Vivimos en una sociedad mediatizada que se nutre de titulares. Y esos titulares triunfalistas quedarán muy bien en los balances de fin de año.

Entre Ocho apellidos vascos, El Niño y Torrente 5 ¿Salvamos los muebles este año?
Desde el punto de vista de la cuota de pantalla desde luego que los salvamos. Pero las estadísticas son engañosas. El hecho de que tres películas arrasen en taquilla no debe hacernos olvidar que otras cincuenta producciones españolas han sido vistas por poquísimos espectadores. Pongamos el caso de las ganadoras en Málaga, 10.000 km. de Carlos Marqués-Marcet o Todos están muertos, de Beatriz Sanchis. Pongamos el caso de la única película bien distribuida durante todo el mes de julio, Marsella, de Belén Macías, que vendió el fin de semana de su estreno poco más de 5.000 entradas en toda España. O pongamos el caso de la coproducción hispano-argentina Betibú, que con 102 copias y José Coronado al frente del reparto cosechó 22.000 espectadores en sus primeros quince días de exhibición.

[Tweet “La televisión pública es necesaria. Tanto como la educación y la sanidad.”]

También es usted un asiduo al mundillo «festivalero» ¿Cómo andan las cosas por esos lares?
Los festivales de cine han visto mermado su presupuesto considerablemente. Aunque la verdad es que eso lo notamos casi exclusivamente los acreditados. Ahora ya no nos dan tan alegremente noches de hotel. Pero la calidad de las programaciones es excelente. ¿Ejemplos? Pondré diez entre muchos: San Sebastián, Valladolid, Sitges, Málaga, Sevilla, Gijón, Huelva, Medina del Campo, Alcalá de Henares y Albacete. Aunque hay algo que debo lamentar: los espectadores de dichas ciudades acuden en masa a dichos eventos como actos sociales. Pero si acudimos a las salas durante el resto del año, incluso con idénticas películas en cartel, podemos llevarnos una sorpresa desagradable en forma de salas vacías.

Y la televisión ¿Qué?
La televisión está al borde de un ataque de nervios, como titulé en un libro. Los españolitos consumimos en invierno 240 minutos diarios. El mayor bocado se lo lleva Telecinco, con un 20% holgado de cuota de pantalla y 25 horas semanales de Sálvame. Con eso está todo dicho.

Le he leído a usted en redes en las últimas semanas bastantes y amargas reflexiones sobre cómo está la pequeña pantalla en este país ¿Qué me cuenta de eso?
Estoy desolado con el futuro que le espera a la televisión pública. Y digo bien: desolado. Como crítico televisivo, discrepo de línea de programación. Pero tengo claro que una cosa es el continente y otra el contenido. La televisión pública es necesaria. Tanto como la educación y la sanidad. Por eso no entiendo cómo la prensa de este país arremete a degüello contra ella. En El Mundo del 26 de septiembre han llegado a preguntar en una encuesta si los lectores son partidarios de la desaparición de la televisión pública. Me ha ofendido mucho. Está claro que ningún chepado se ve su giba.

[Tweet “González-Echenique no ha querido firmar un ERE; no ha querido firmar el cierre de Teledeporte.”]

Déjeme aprovechar que hablo con usted del tema: ¿Qué opina de la deriva de un programa señero como “Informe Semanal” en particular y de la televisión pública en general?
En otoño pasado Informe Semanal fue condenado al ostracismo de la madrugada. Este otoño se ha cometido una tropelía todavía mayor: su duración se restringe a 30 minutos. El sábado 27 de septiembre su sumario incluyó 4 reportajes. ¡Es absurdo! Va en contra de la propia filosofía del programa. ¿Pero cómo vas a meter 4 piezas en 30 minutos? ¿Cuánto puede durar cada pieza? ¿Qué grado de profundización puede caber en 6 ó 7 minutos? En cuanto lo supe publiqué una columna denunciando la situación. Algo que nadie ha hecho hasta la fecha. Y conste que no lo digo con satisfacción. A mí me gustaría que los compañeros de los medios clamaran contra estas medidas. Pero que hablaran con conocimiento de causa. Hace tiempo que me da la impresión de que la gente habla de oído. Es verdad que Informe Semanal ha estado en boca de muchos. ¿Pero quién lo ha seguido realmente en el último año? ¿Quién ha visto los excelentes reportajes de Juan Antonio Tirado o Pedro Soler? Sospecho que quienes arremeten contra el programa, no. Y es curioso que reduzcan su duración a la mitad, y nadie diga ni pío.

¿Cómo valora la dimisión de Leopoldo González-Echenique al frente de RTVE?
Es un gesto que le honra. No ha querido firmar un ERE en la casa. No ha querido firmar el cierre de Teledeporte. Yo le despido con respeto.

[Tweet “La única serie con la que me atrevería a emplear ese verbo, subyugar, sería Crematorio.”]

Vamos a hablar de series ¿es más de ficción española o extranjera?
Ni una cosa ni otra. No soy de ficción porque no tengo tiempo para ella. Me centro en los formatos televisivos y sobre todo en los informativos. Y eso me lleva muchas horas al día. La ficción la cubro viendo en salas todos los estrenos que llegan a las carteleras; un promedio de una película diaria.

¿Qué serie le tiene subyugado, ahora mismo?
La única serie con la que me atrevería a emplear ese verbo, subyugar, sería Crematorio. Es muy curioso que tanto Crematorio como Qué fue de Jorge Sanz partieran de una nueva división de ficción de Canal +, que tristemente arrancó a las puertas de la crisis, abortando su continuidad. Ambas series constituyen las ficciones más originales y arriesgadas que ha producido nuestra televisión en la última década. Pero, lógicamente, no estaban concebidas para un público mayoritario. No se habían rodado para que las viesen juntos los padres, los abuelos y los nietos. Estar obligadas a captar ese perfil tan amplio de público ha hecho mucho daño a nuestras series.

¿Por qué cree usted que estamos tan lejos de obtener productos audiovisuales más dignos que los actuales? O, al menos, que no dé tanta vergüenza compararlos con los anglosajones
No estamos tan lejos. Con las dos series anteriormente citadas lo logramos. Crematorio era cine puro. Una película de seis horas. Y particularmente prefiero el humor de Qué fue de Jorge Sanz, sus guiños, su subtexto, que el de una serie británica, de la que me perderé muchas cosas.

Porque talento, en España, hay más que suficiente ¿No? Guionistas, directores, actores…
Talento hay de sobra. En los veteranos, pero también en los jóvenes. Como seguidor del formato corto me asombra ver la cantidad de nuevos realizadores que están llamando a la puerta. Pero corren malos tiempos para la lírica. Siempre se ha dicho, pero los de ahora son peores.

Si me he olvidado de algo y quiere usted decirlo… ahora es el momento
Me preocupa el futuro del periodismo cultural. Es injusto que no podamos vivir, ni siquiera sobrevivir, realizando una labor tan hermosa. Es un trabajo vocacional, de acuerdo, pero hay que pagarlo. Llevo en este mundo tres décadas, y nunca imaginé que iba a asistir a la demolición del sector.