Imbuido por tanta noticia de estreno y tanta serie nueva casi se me olvida que las películas siguen tardando una barbaridad en pasar de la gran sala al formado doméstico —de momento—. Recientemente he encontrado entre las opciones legales de VOD Serena, tercer film que realizan juntos Jennifer Lawrence y Bradley Cooper, y me ha dado por verla, fíjate. Mala hora.

Sí. Mala hora. La premisa de la película me atraía bastante. Se trata de la historia de una pareja que se traslada a las montañas de Carolina para sacar adelante una empresa maderera a finales de los años veinte. Él es un pusilánime; ella es una señora de armas tomar, y eso siempre resulta interesante. Shakespeare lo sabía. Como en la obra de El Bardo, la situación empieza a complicarse por culpa de una ambición desmedida y la falta de escrúpulos a la hora de perseguir los propios objetivos. Chanchullos con los senadores, conflicto con los que quieren hacer del bosque un parque natural, permisos, licencias, amenazas de denuncia y asesinatos camuflados de accidente.

Como se imaginarán, la historia no pinta mal del todo hasta el momento. Además del conflicto principal, tenemos otro conflicto secundario: ella descubre tarde que no puede tener hijos, al tiempo que él se encuentra con un descendiente ilegítimo que ha nacido de una relación con una sirvienta. La protagonista enloquece ante la situación y, presa de los celos, decide asesinar al bebé, en plan Medea. Interesante también, ¿verdad? Se preguntarán entonces ¿dónde está el problema? Con esos componentes la cosa promete ser un peliculón. Pues no. La verdad es que deja bastante que desear.

Chanchullos con los senadores, conflicto con los que quieren hacer del bosque un parque natural, permisos, licencias, amenazas de denuncia y asesinatos camuflados de accidente

Probablemente la mayor dificultad es que la producción no se aclara, de entrada, entre a cuál de los dos conflictos dar mayor relevancia, aunque en el fondo tampoco importa demasiado: ambas tramas son retratadas con absoluta y total desgana. Los crímenes que se cometen no son perseguidos por nadie; no hay huída, ni afán por escapar de nada. Por no haber, ni siquiera hay remordimiento. Ella va perdiendo la cabeza y punto. Sin más.

El tratamiento temporal, igualmente, también es muy irregular. Mientras que en el primer y segundo actos se toman tranquilas elipsis de meses, en el tercero todo se precipita en una sucesión de sangre sin demasiado sentido. Ella persiguiendo a la criada que ha dado a luz al hijo de su marido con la ayuda de un hombre taciturno que dice ser capaz de ver el porvenir, pero que no vio cómo le propinaban un hachazo en la mano.

No he leído el libro pero me da que gran parte de la introspección que se sugiere en pantalla está bien tratada en páginas y páginas y páginas de esas que no se pueden filmar

La interpretación es bastante vacua por ambas partes, y eso que son, a priori, buenos intérpretes —él se ha postulado en la pasada edición de los Oscars, y ella lo terminó ganando por El Lado Bueno de las Cosas, donde comparte pantalla, precisamente, con él—, pero quizá un guión mal estructurado o personajes apenas perfilados sean los responsables de la debacle.

El problema de todo me parece que está en tratar de adaptar una novela de relativo éxito como es de la que bebe la película, firmada por Ron Rash, cuando no siempre es posible. No he leído el libro pero, por cómo está pintado el resultado fílmico, me da que gran parte de la introspección que se sugiere en pantalla está bien tratada en páginas y páginas y páginas de esas que no se pueden filmar. Sí. Porque hay cosas que no se pueden filmar, sencillamente porque no se pueden ver: pensamientos, monólogos interiores, razonamientos… ¿Será ese el problema? ¿Seré yo, que no soy público objetivo de Serena?