Bueno, pues vamos a entrar en materia. Que llevo semanas deseando hablar de un hombre por el que muchas mujeres jóvenes, no tan jóvenes, amas de casa y MILF’s suspiran denodadamente: Christian Grey, ese hombre al que —casi— todas parecen desear tener entre sus sábanas, para albores sexuales, fantasías frustradas y desahogos más o menos tórridos. Y tengo ganas también de hablar de ese afán que les ha entrado a muchas señoras por ser dominadas en la cama.

La trilogía 50 Sombras de Grey, de E.L. James ha incendiado los anaqueles de las librerías, sus cajas registradoras y las mentes —no siempre calenturientas— de muchas lectoras y lectores. Y me ha sorprendido mucho el leerla, la verdad. Porque, sencillamente, no he podido más que decirme a mí mismo «¿Y para esto tanta historia?»

Seamos honestos, la calidad literaria de las obras de James es francamente discutible. No es que sea un bodrio intragable. Las tres son obras muy aseaditas estilísticamente, aunque no brillantes ni excesivamente rompedoras. La saga está planteada, como muchas trilogías y como la gran mayoría de los best-sellers: un producto de consumo masivo, estructurado para enganchar e incitar a la lectura del siguiente volumen, conforme se cierran las tapas del primero. No sé si el éxito de ventas de las 50 Sombras se debe al talento planificador de la autora, al olfato comercial de su editorial o al reguero de cuchicheos acalorados de millones de lectoras. O si todas las anteriores son correctas.

Probablemente, el factor determinante haya sido este último. También porque se trata de un producto literario creado por una mujer y pensado mayoritariamente para el público femenino, gran olvidado de la industria, más allá de creaciones estereotipadas, edulcoradas y engañosamente concebidas como «material sensible»

Tópico ¿Verdad? Pues paren el carro, que no es oro todo lo que reluce. ¿Creen que el Sr. Grey no se zambulle en estereotipos? ¿Lugares comunes que, lejos de ensalzar la femineidad, convierten a la mujer en objeto, en un juguete condicionado al caprichoso albedrío del macho dominante? Craso error. La trilogía de James —con permiso de su esclarecedor tercer volumen— no es más que una sucesión de situaciones en las que una pánfila, recién graduada, despierta a los lados más salvajes y oscuros del sexo de la mano de un enigmático millonario, experto en prácticas de  BDSM. La mujer es un pretexto y la fascinación que siente por su amo —con matices, obvio— no es más que una forma de disfrazar los roles de superioridad/inferioridad de género, inamovibles desde tiempo inmemorial.

Para ser del todo sinceros, la trilogía de Grey no es más que un Crepúsculo para adultos, trufado de episodios explícitos de sexo. De hecho, la saga de E. L. James fue concebida, en origen, como un fanfiction de la trilogía de Stephenie Meyer —más estereotipos sexistas, por cierto—. De revolución literaria y eclosión sexual global de mujeres maduras y de mediana edad… nada de nada. La literatura erótica es difícil de trabajar en extremo, y resulta difícil encontrar productos que no sean pornografía con ropajes de literatura seria. Que ni de lejos, en la mayoría de los casos.

¿Por qué gusta tanto Grey, pues? Básicamente, por morbo. Y porque, en los países donde ha triunfado mayoritariamente en ventas —Reino Unido y U.S.A.— el tema del sexo en el mundo de la cultura no deja de adolecer de una mojigatería y doble rasero espeluznantes. Quiero decir, que hablar de libertad sexual, de sexo y de autoafirmación de identidad en el catre… todo lo que quieran. Pero a la hora de follar, poquito y malamente.

Y sí, también en España. Porque, de lo contrario, no se entiende que semejante cohorte de lectoras de todo tipo y condición hayan descubierto el sexo de manera tardía, cayéndose de un guindo como la Sagrada Familia de grande. Probablemente, tanto los españolitos de a a pie como sus legítimas sean tan bocachanclas como sus vecinos angloparlantes: que se comen el mundo y tal y cual pero, a la hora de la verdad… «el misionero»… y con la luz apagada. Y claro, luego vienen los desengaños y los «Esto a mí, mi Manolo… en la vida». Menos literatura basura y más educación sexual en los centros educativos. Y en el tálamo marital, damas y caballeros. Que el sexo está para experimentar, descubrir y divertirse, no para seguir las indicaciones de un libro, como si fuera un catálogo de IKEA. Que luego pasa lo que pasa.

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