Efectivamente, «eso» es el engaño; la traición que ha supuesto romper el código normativo que nos habían presentado al comienzo, con el falso nuevo reencuentro en el XIX, para llevarnos luego por los derroteros de la ensoñación, la droga y la fantasía. Todo estaba sucediendo en el Palacio Mental y, a la vez, estaba sucediendo en la realidad. Sherlock se imagina el pasado al tiempo que su alternativo pasado se imagina el futuro, y nosotros en medio, llevados de una sacudida a otra, de un hemisferio a otro, como simples peleles en manos de un Moffat tramposo. Sherlock Holmes y el Doctor Who.

El resultado, desigual. Por un lado se antoja ridículamente vacua la resolución de un caso que prometía mucha más enjundia; por otro lado, se cae en un relato en espiral cuya máxima pretensión parece ser el mero divertimento; el sorprender por sorprender; el obligar al espectador a plantearse en qué época se está narrando esto y qué demonios está investigando este muchacho si no ha salido del avión. El resultado, un absurdo que termina sin resolución: Moriarty está muerto, cuidémonos de lo próximo que haga.

Se oyen los acordes que conformaban la sintonía de la serie de Sherlock de los ochenta, cuando lo encarnaba Jeremy Brett.

Sin embargo, las cosas como son. Estamos ante un especial navideño de una serie que ha pretendido rendir pleitesía a sus orígenes sin perder, al tiempo, los rasgos inherentes a su propia franquicia. El Strand, la alusión a los relatos, el lenguaje, la adaptación… incluso en el instante en que la cámara hace una panorámica desde el cartel con el nombre de la calle se oyen los acordes que conformaban la sintonía de la serie de Sherlock de los ochenta, cuando lo encarnaba Jeremy Brett.

Hemos asistido a un capítulo-homenaje que ha intentado hacer, por un lado, una respetuosa reverencia hacia el pasado ejecutada con la elegancia y maestría de los buenos orfebres y, por otro lado, un capítulo-nexo, mitad epílogo de la tercera mitad prólogo de la cuarta temporada, que se empezará a rodar en abril y de la que no han hecho más que abrir boca.

Nos han llevado como peleles para, después de todo, reafirmar una misma realidad: Sherlock pertenece a su tiempo. Y su tiempo es, y siempre será, el ahora.

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