Uno de los papeles más queridos y recordados del desaparecido Robin Williams tal vez sea el del carismático profesor Keating, en el clásico de 1989 El Club de los Poetas Muertos, dirigida por Peter Weir. Si lo recuerdan, se trataba del encuentro entre un profesor poco ortodoxo y un grupo de estudiantes a los que terminó influyendo en sus vidas de manera trascendental. Quizá por casualidad, quizá por buscado homenaje, la última producción de la respetada guionista Shonda Rhimes, Cómo defender a un asesino, también rescata el apellido Keating para su protagonista femenina, también la sitúa en el ámbito académico y también la perfila como mentora de un grupo de jóvenes estudiantes a los que, igual que en el clásico de Weir, les terminará influyendo de manera trascendental. Pero en el mal sentido.

Cómo defender a un asesino es un drama en el que varios estudiantes de derecho colaboran en el bufete de su profesora, interpretada con desparpajo por Viola Davis, quien es todo menos un dechado de virtudes. La falta de escrúpulos de la tutora-abogada a la hora de tratar sus casos llevará a los estudiantes por los senderos turbios de lo penal hasta desembocar incluso en el asesinato. En efecto, la serie comienza con un flashforward en el que vemos a los jóvenes tratando de decidir qué hacer con un cadáver, para inmediatamente llevarnos atrás en el tiempo hasta el instante en que conocen a su infausta profesora.

La serie, estrenada ayer en España a través del canal AXN es, en primer lugar, toda una oda al nepotismo y la explotación laboral. El grupo de jóvenes favoritos, escogidos a dedo de entre todos los alumnos de la Facultad por la propia profesora, se dedican básicamente a hacerle el trabajo sucio. Desde el instante en que entran en el despacho de la abogada —que está convenientemente situado en su propia casa— prácticamente parece que abandonan todas las demás asignaturas de la carrera para trabajar en los juicios reales y clientes reales que ella defiende: normalmente asesinos de dudosa moralidad. Para ello, reciben encargos tales como conseguir pruebas y manipular evidencias de manera ilícita, exponiéndose ellos mismos al riesgo o a la cárcel. Mi favorito, el gay que logra pruebas incriminatorias mediante juegos de cama.

La serie es toda una oda a la explotación laboral

En cierto sentido, casi podría recordar un poco a la dinámica de House M.D.: un erudito amoral y malencarado que se vale del talento de un grupo de subalternos asaltacasas. Claro, la diferencia es que, en el hospital de House, su equipo lo formaban doctores cuyo sueldo no dependía directamente del chiflado del bastón. En la universidad ficticia donde se desarrolla Cómo defender a un asesino el entorno laboral se cambia por el grado académico; los subalternos asaltacasas son ahora becarios sin sueldo, y la permanencia —el futuro— de todos ellos depende en parte de la calificación de la señora a quien tienen que, sencillamente, hacer la pelota. ¿Recuerdan la película El Diablo viste de Prada? Pues esto es algo así como «El Diablo defiende criminales», con la extraña salvedad de que los propios alumnos parecen estar conformes con ello. Como si fuera verdad. Como si ser un becario explotado fuera algo lógico o deseable.

Al menos con el auténtico Keating o con House terminaban aprendiendo algo de provecho. El personaje de Davis, en cambio, presenta muy poca didáctica además de falta de escrúpulos. Ya en el primer episodio, la abogada, además de alardear de adúltera, fuerza que un jefe de policía perjure en el estrado para sembrar una duda razonable, sorprender al tribunal y lograr la admiración de sus estudiantes protegidos que exclaman a viva voz cosas del tipo «quiero ser  ella». Ya se pueden imaginar cómo es el resto.

Pero es un procedimental, y de los que se sacan cosas de la manga a cada segundo

Los jóvenes, en los pocos episodios que he visto hasta ahora, no tienen todavía demasiado interés. Aunque han pasado por encima de todos más o menos, la producción, por el momento, sólo se ha centrado en el personaje interpretado por Alfred Enoch —reconocible por todos como exalumno de Hogwarts en la saga Harry Potter, y verdadero protagonista de la serie—, y el personaje gay, probablemente para lograr un poco de repercusión mediática por las escenas de sexo homosexual en abierto en la cadena ABC, filial de Disney —como de hecho ha sucedido—. En cualquier caso, está claro que la que capta toda la atención del asunto es ella, la jefa, y su duplicidad mentora-villana.

Porque no se puede negar que una antiheroína de esta calaña es, sin duda, un personaje interesante. Y no ya por el hecho de ser mujer, negra y llevar la sartén por el mango, que a estas alturas no debería ser en absoluto llamativo. Es interesante sencillamente por tener matices, dualidades y asertos contradictorios. ¿Merecerá la pena seguir adelante sólo por ella? Cómo defender a un asesino juega, a su vez, con una buena puesta en escena, el puntito de la atracción sexual no resuelta entre los estudiantes, y el salto y requetesalto temporal en la narración presente-futuro, así, con ritmo y música y montaje soviético, que tan interesante lo hace todo y tan buenos resultados ha dado en otras series. Pero es un procedimental, y de los que se sacan cosas de la manga a cada segundo. Ya se imaginan: testigos sorpresa, informes de última hora ante tribunal con giros imposibles… Además de la trama general de los chavales escondiendo el cadáver, cada día hay un caso diferente, un juicio diferente, un acusado diferente. Y eso ya se sabe a dónde va. House duró ocho temporadas, Anatomía de Grey —creación de la misma Shonda Rhimes— ya van por once. ¿Compran? Entretenida es, eso se lo aseguro.


 

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