Hoy se ha resuelto el campeonato del mundo de 2013 de Fórmula 1, el «gran circo».

Reconozco que es un espectáculo que me gusta, desde pequeño, con Niki Lauda o Alain Prost, el profesor. Ver hoy ganar a Vettel ha sido una gozada, a pesar de que servidor es más bien ferrarista. Porque ha pasado del “este chico promete”, a plantarse con cuatro coronas a los veintiséis años. Sobre todo cuando uno piensa en Patrese, Mansell o Brabhan, que ya peinaban canas cuando volaban sobre sus coches… ¡lo que le queda por delante! Se puede pensar que el mérito es sólo del coche, ese prodigio que es el Red Bull de este año. Pero el coche sin persona no funciona, y si algo le debe Vettel a la casualidad no es el hecho del coche en sí, sino de formar un trío con Christian Horner y con Adrian Newey, un jefe de equipo clarividente y uno de los mejores ingenieros de Fórmula 1 desde Colin Chapman. Eso recuerda a otra de las grandes conjunciones de todos los tiempos: Michael Schumacher, Jean Todt y Ross Brawn. Para mi fortuna, ¡estos sí coincidieron en Ferrari!

El caso es que quiero hablar de fotografía. Y hoy, viendo en la televisión acabar el Gran Premio de La India, uno, por defecto profesional, se fija en las cámaras, en los foteros, en el tiro que tienen, en las condiciones de luz, se imagina las portadas de los diarios de mañana… y vi la foto. Una de esas fotos que hacen épico este espectáculo. De esas que ojos experimentados como los Cahier, padre o hijo, por poner el ejemplo que más me gusta, o Miquel Liso, por citar a alguien de casa, son capaces de ver y de capturar. El campeón, en pie sobre el coche, puños al cielo, rodeado del humo gris que él mismo ha generado mientras hacía donuts en la recta de meta. O la siguiente foto, Vettel arrodillado frente al morro de su Red Bull, dándole las gracias. O una más: el austríaco, haciendo una gentil y perfecta reverencia al público frente a la línea de llegada. Esas tres fotos, momentos mágicos, míticos, épicos. He venido al ordenador a buscarlas, con una mala premonición… y se ha confirmado. No están aún en los medios. ¿Por qué?

Resulta que Vettel no tenía que haber hecho trompos ni derrapes prohibidos, ni tenía que haberse metido en la recta de meta, ni podía abandonar el coche en mitad de la pista… Los coches entran directamente a boxes y van a parar a un espacio reservado frente a la tribuna. Pero el chaval, consciente de lo que acababa de lograr, su cuarto campeonato del mundo, una cierta «¿me van a sancionar… ahora?»— decidió celebrarlo de otro modo, y cogió con el pie cambiado a todos, organización, comisarios… y fotógrafos. Todos ellos esperaban a Vettel bajo tribuna, no en la línea de llegada. Y el piloto lo celebró con el público, para el público… no para los fotógrafos. Casi todas las fotos, muy buenas por otra parte, que se ven esta tarde, son desde el otro lado del muro. Con Vettel de espaldas, o con la parte de atrás del coche. Me faltan esos tres momentos espectaculares, momentos dignos de mitificar. Esas fotos que son las que recuerdas.

Sin embargo, no pierdo la esperanza. Un fotógrafo de AFP estaba del lado bueno del asunto. La foto no es épica, pero estaba en el sitio y el momento. Y si no la tiene, y mañana o al otro no aparece, no me quedará más remedio que repetir  una y otra vez las escenas grabadas por televisión. O rezar para que algún aficionado haya decidido inmortalizar el momento… y le haya quedado bien! Ains.