Si algo me llama la atención de la producción televisiva en general es el tema recurrente y el concepto de «familia».

Parece que hay una norma establecida en los productos estadounidenses que indica, de manera casi imperativa, que la familia es sagrada e inviolable. Fíjense un instante. En la mayoría de comedias de situación se fomentan los lazos familiares y la unidad familiar, mientras que la mayoría de los dramas el ámbito familiar suele estar roto por alguna parte: Bones recela de su padre y perdió a su madre, casi igual que lo que sucede con su partenaire Booth, que de pequeño sufrió los abusos de un padre alcohólico; Castle vive como padre divorciado con su madre, lo que aporta cierta estabilidad, pero Beckett en vez de familia tiene un turbulento pasado, casi como House: recuerden la única visita que recibe de sus padres; recuerden los problemas derivados de su anterior matrimonio. El Mentalista pierde a su familia de manera traumática y ese es el motor de su existencia; Dexter, más de lo mismo: un trauma tras otro consecuencia fundamentalmente de una familia destrozada con una motosierra; y por supuesto igual que en todas las telenovelas de corte dinástico, desde Dallas hasta Revenge.

Frente a eso, el piélago de comedias de corte familiar se caracterizan precisamente por lo contrario: la familia es lo primero. Por muchos conflictos que hubiera en El Príncipe de Bel Air o en Cosas de Casa, capítulo tras capítulo terminaban desayunando juntos. Frasier, si la recuerdan, comienza con la reunión y termina con la separación familiar. Modern Family es un claro ejemplo de apología familiar, casi tanto como Los Simpsons, que llevan más de veinte años celebrando el concepto de familia media americana. Igualmente, la misma idea puede aplicarse a series como Cheers, Friends, How I Met Your Mother, o incluso Big Bang Theory, ya que, aunque la familia formal aparezca en ocasiones distorsionada, estamos ante familias putativas que han terminado por sustituir a la propia. De hecho las mismas series terminan con la formación de alguna nueva familia canónica: la madre en HIMYM, las uniones de Chandler/Monica o Rachel/Ross, el mismo spin off de Frasier, o las uniones que se están dando poco a poco en el seno del grupo de nerds de Big Bang…

Si se fijan, la familia suele ser, en las comedias que nos vienen de por ahí, la solución a los conflictos cuando está unida, y su causa en los dramas cuando está rota. Es un tema que tiene presencia en casi todas las producciones, bien de manera tangencial o bien de forma evidente: Los Soprano abordan el asunto familiar, igual que Breaking Bad Mujeres desesperadas. Cada una en su estilo, cada una en su género. En nuestra querida producción nacional, en cambio, la cosa se complica. Y se complica en primer lugar porque no tenemos claros, de entrada, los conceptos de comedia y drama.

En la soleada piel de toro somos grandes cultivadores de un género híbrido que han dado en llamar «dramedia», pero lo llevamos a extremos que rozan la deformación. Es decir, convertimos el término en un invento esquizofrénico que sirve de contenedor tanto para las peores tragedias personales como para los más prosaicos chistes de guión, y que tiene en la familia su tema más recurrente, tanto para lo uno como para lo otro. Pero intentemos aislar los géneros para hacer una comparativa cabal: piensen en nuestras comedias de situación más o menos canónicas como Aída, La que se avecina, Aquí no hay quien viva o la clásica Farmacia de Guardia. El caso de La familia Mata es paradigmático. ¿Unión familiar? Ninguna. En nuestras comedias la familia no soluciona los problemas sino que los causa —de hecho la solución viene, muchas veces, al separar a la familia—. Semejante cosa sucede con nuestros dramas. Recuerden el caso extremo de Compañeros —dramón indiscutible—, en el que no había una sola trama que no tuviera como causa la desunión familiar: Quimi dejó de vivir con su problemático padre en un desguace para mudarse con su hermano, que padecía SIDA; Valle no deja de discutir con sus padres, que tienen problemas económicos; César no tiene madre y vive con su padre alcohólico que le pega…

El núcleo familiar es, en las tragicomedias españolas, la causa de todos los males aun estando unido, pero nunca su solución. Para las soluciones en nuestros productos preferimos la muerte, tan socorrida —recuerden La Señora—, o bien el despertar de un sueño, que vale para todo —reconozcámoslo: no sabemos cerrar las tramas—. Piensen en productos actuales como Amar es para siempre, Gran Reserva o Vive Cantando, donde formar parte de una familia es, de hecho, parte del problema; piensen en productos más clásicos, como Médico de Familia —que tenía rodados dos finales, uno de enlace y otro de separación— o Los Serrano, donde los lazos familiares son, de facto, el principal impedimento que se encuentran sus protagonistas.

La culpa, quizá, del asunto, puede que sea la manía tan nuestra de hacer multitramas «para toda la familia». Al estar obligados los guionistas por algún Real Decreto que no conozco —no puede haber otra explicación razonable— a meter tramas para todos, lo lógico que terminan haciendo son historias sobre familias, donde la propia familia es la causa del conflicto. Por eso Los hombres de Paco, que se perfilaba como una comedia policiaca al estilo de películas como Dos policías rebeldes, terminó siendo un drama familiar como una casa mezclado con escenas de acción, persecuciones a terroristas y otras barrabasadas; por eso El Internado, thriller de misterio, terminó siendo un culebrón familiar mezclado con romances, apadrinamientos secretos, madres que vuelven de la tumba, pasados fascistas, niñas criogénicas, pandemias víricas, GEOS y, por supuesto, reunión familiar.

Claro, el caso es que, queramos o no, terminamos cayendo una y otra vez en el manido culebrón sin final del que no sabemos salir. La familia como sujeto y objeto de la serie. El alfa y el omega de todas nuestras producciones. En la serie 24 también había familia, pero no lo copaba todo. La causa era otra, el conflicto de la serie era otro. Igual que en Shield, que en The Wire, que en Sons of Anarchy, que en House of Cards y que, en definitiva, casi todas las series bien hechas que nos vienen de por ahí. Algunos quizá piensen que lo nuestro es signo de originalidad, marca de la casa. Particularmente, una vez más, debo discrepar.