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El Bar: locura fecal

En alguna entrevista, el propio Álex de la Iglesia ha comentado que un bar es como un microcosmos; como una representación terrenal del Universo. Por allí deambulan sin conocerse personajes…

Título original: El bar; Dirección: Álex de la Iglesia; Guión: Álex de la Iglesia, Jorge Guerricaechevarría; Música: Carlos Riera, Joan Valent; Fotografía: Ángel Amorós; Reparto: Blanca Suárez, Mario Casas, Secun de la Rosa, Carmen Machi, Jaime Ordóñez, Terele Pávez, Joaquín Climent, Alejandro Awada, Jordi Aguilar, Diego Braguinsky, Mamen García

En alguna entrevista, el propio Álex de la Iglesia ha comentado que un bar es como un microcosmos; como una representación terrenal del Universo. Por allí deambulan sin conocerse personajes de tan diverso ánima y cariz, que nadie sabe realmente si está compartiendo el café con un asesino, con un terrorista, o con su próxima historia de amor. Y ahí reside, en la metáfora, el verdadero potencial de la película. Representantes de distinto cuño y estrato social se ven obligados a arrastrarse literalmente por la mierda para poder salvarse de un incierto destino.

El argumento está bien presentado ya desde los trailers: un grupo de desconocidos se encuentra en un bar de barrio. Unos están desayunando, otros juegan a las tragaperras y otros sencillamente trabajan allí. De pronto, uno de los clientes muere de un disparo en la cabeza en el momento de abandonar el local. Un operario que acude en su ayuda corre la misma suerte. El pánico y la paranoia se apodera del resto de clientes, que ven atemorizados cómo la policía, en vez de ayudarles, monta barricadas frente al lugar. El agobio, el instinto de supervivencia y el miedo sacará lo peor de todos ellos.

Con una factura visual impecable, como es ya costumbre en la casa, el director Álex de la Iglesia comienza el relato —pergeñado junto a su guionista de cabecera— sosteniendo con trazo fino una historia que está a medio camino entre la comedia y el suspense, con un tono bien llevado a través de diversos «episodios» apuntalados por fundidos a negro. El diálogo restallante del plantel, así como la premisa del relato, traen a la memoria a clásicos del cine de enclaustramiento colectivo, desde La Niebla hasta Diez Negritos. Destacan una sensata Blanca Suárez, cada vez más versátil en distintos registros, y un elocuente Secun de la Rosa.

No obstante, la llegada del último tercio deriva la historia hacia un territorio tan alejado como escatológico. El filme termina rozando el disparate —lo cual bien podría ser, por otro lado, otra marca de la casa—, llevando hasta el extremo a algunos personajes que, en el afán de los narradores por desnudarlos y embadurnarlos con lo peor de ellos mismos, terminan por ser incongruentes al propio cliché que representan, incluyendo el homenaje final, con Suárez cual pija travestida en la Angelina Jolie de los videoclips de los Rolling.

Con todo, el gamberrismo narrativo de De la Iglesia sigue en plena forma. En esta ocasión, además, con cierto fondo crítico con la sociedad, con el sistema, con la humanidad en general… En definitiva, un ritmo apabullante con pirotecnia final para un filme que se deja disfrutar.

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Mi gran noche: pirueta de guión que se atropella en montaje

Las películas de Álex de la Iglesia suelen ser una cita inexcusable para todo cinéfilo español, y cuando además van de la mano del guionista Jorge Guerricaechevarría con más motivo….

Dirección: Álex de la Iglesia Guión: Álex de la Iglesia, Jorge Guerricaechevarría Fotografía: Joan Valent Música: Ángel Amorós Reparto: Mario Casas, Blanca Suárez, Santiago Segura, Raphael

Dirección: Álex de la Iglesia Guión: Álex de la Iglesia, Jorge Guerricaechevarría Fotografía: Joan Valent Música: Ángel Amorós Reparto: Mario Casas, Blanca Suárez, Santiago Segura, Raphael

Las películas de Álex de la Iglesia suelen ser una cita inexcusable para todo cinéfilo español, y cuando además van de la mano del guionista Jorge Guerricaechevarría con más motivo. La última gamberrada de ambos se llama Mi gran noche, y trae como plato fuerte, aparte de una interpretación colectiva y un torbellino visual, la primera colaboración del director con el cantante Raphael, algo que se soñaba desde Balada triste de trompeta.

El rodaje de una gala de fin de año sirve de contexto para el desarrollo de una obra coral donde se entrecruzan más de seis tramas. Por un lado, Alphonso, divo musical de otra época, ve cómo su primacía en el mundo del espectáculo está decayendo a causa del fulgurante éxito de Adanne, un joven latino que le ha robado la actuación principal. A su vez, Adanne tiene un encuentro sexual con una choni que guarda su semen en un bote y planea chantajearle. Mientras, en el patio de butacas, llaman a un figurante de última hora para que se siente al lado de una gafe de la que se termina enamorando. Los presentadores de la gala, matrimonio, no paran de hacerse la competencia el uno al otro. Las protestas por los despidos de la cadena de televisión convierten los alrededores del estudio en una batalla campal al tiempo que el director de la cadena trata de huir con el dinero; y el hijo de Alphonso, atormentado por su malvado padre, planea el asesinato del divo en plena gala, para lo que contrata a un sicario que resulta ser el mayor fan del artista. Todo, a la vez, y en un solo escenario. La locura está servida.

Con un guión que se mueve entre lo histriónico y lo pasado de vueltas, la factura visual de la nueva comedia de Álex de la Iglesia marca un ritmo tan acelerado que, por momentos, llega a ser su mayor problema. En algunos instantes el montaje alternado y el salto de plano se acelera tanto que aturde, confunde y enloquece al espectador. Las tramas se superponen unas a otras; los gags se interrumpen con otros gags y el resultado final, de tan trepidante que quiere ser, resulta un caos. El tono, a su vez, navega en aguas de lo estrambótico. La crítica social que subyace está embardunada de tanta capa de parodia que al final no queda más que en un leitmotiv para la locura, la exageración y el desparrame.

Lo más destacable, no obstante, recae sobre la interpretación. Con un plantel de caras conocidas que solventa la papeleta, llaman la atención sobre los demás —precisamente por salirse de sus roles habituales— una ingenua Blanca Suárez y un incombustible Raphael que no tiene reparos en encarnar, con mucha retranca, a su reverso tenebroso. El personaje de Alphonso es un Raphael en negativo, un reflejo autobiográfico y mordaz que el cantante sabe llevar en pantalla haciendo el sanísimo ejercicio de reírse de sí mismo.

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