NOSOPRANO

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Revista de crítica audiovisual, review de cine, series y libros

Etiqueta: Benjamin Wallfisch

Annabelle Creation: la muñeca diabólica

Precuela del spin-off de la original al tiempo que precuela del spin-off de la secuela. Un trabalenguas. No pintaba bien.

Título original: Annabelle: Creation; Dirección: David F. Sandberg Guión: Gary Dauberman; Música: Benjamin Wallfisch; Fotografía: Maxime Alexandre; Reparto: Stephanie Sigman, Talitha Bateman, Lulu Wilson, Anthony LaPaglia, Miranda Otto, Grace Fulton, Lou Lou Safran, Samara Lee, Tayler Buck, Mark Bramhall, Javier Botet, Brad Greenquist

No pintaba bien. La percepción que tiene un espectador que se adentra en una película subsidiaria de cualquier franquicia palomitera no suele ser, a priori, positiva y, en ese sentido, Annabelle Creation presentaba todos los visos en su contra. No solo se trata de una pieza llamada a explicar los antecedentes genealógicos de una saga de consumo rápido, sino que además su lugar en el exitoso canon del productor James Wan es el de confluencia de dos ramas del mismo tronco. Para entendernos, Expediente Warren: The Conjuring (2013) vivió un éxito de taquilla suficiente como para incentivar una secuela —Expediente Warren: el caso Enfield (2016)— y el spin-off Annabelle (2014). La obra que nos ocupa se ubica temporalmente antes de esta obra, pues narra los acontecimientos que dan origen al infame personaje homónimo. Pero es que, además, también sienta cierta base para un nuevo spin-off, esta vez basado en la secuela de 2016 y que llegará el año que viene con el título de La monja. Así pues, Annabelle Creation se articula como precuela del spin-off de la original al tiempo que precuela del spin-off de la secuela. Un trabalenguas. No pintaba bien.

Ambientada en los años cincuenta, Annabelle Creation narra la historia de un juguetero que pierde a su única hija en un accidente de tráfico. Apesadumbrados por la pérdida, el juguetero y su esposa deciden transformar la enorme casa familiar en un orfanato femenino, por lo que deciden acoger en ella a una monja y varias niñas a su cargo, entre las que está la pequeña Janice, coja por culpa de la polio. La única limitación que imponen los dueños del lugar es la de no entrar en la habitación que fue de su hija. Por supuesto, las niñas transgreden la norma, desatando un mal de proporciones demoníacas.

A pesar de tener un guion parco y bastante pueril, el filme sorprende por su ejecución y puesta en escena. Del manual de recursos encaminados a causar el sobresalto del espectador no queda uno solo por experimentar, desde el susto sonoro hasta la inquietante acción del mal en pleno día. Atmósfera, ambientación y ritmo logran su objetivo y, aunque intrascendente en el fondo, lo cierto es que la obra se eleva sobre sus predecesoras gracias a una buena dirección y un coherente planteamiento del relato. Las actrices aportan un realismo nada desdeñable y la historia, aunque predecible, está bien narrada y presentada.

En definitiva, una pieza más del retablo que no defraudará a quienes se adentren en la franquicia esperando la evasión y el golpe de adrenalina de una buena hornada de sustos.

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Blade Runner 2049: aprender de la pérdida

Blade Runner 2049 no defrauda ni a fanáticos ni a seglares, y solo el exceso de metraje pudiera suponer una traba para quien desee explorar, una vez más, los horizontes más allá de la puerta de Tannhäuser.

Título original: Blade Runner 2049; Dirección: Denis Villeneuve Guión: Hampton Fancher, Michael Green (Personajes: Philip K. Dick); Música: Hans Zimmer, Benjamin Wallfisch; Fotografía: Roger Deakins; Reparto: Ryan Gosling, Harrison Ford, Ana de Armas, Jared Leto, Sylvia Hoeks, Robin Wright

Nacida de la misma pluma que su antecesora y bajo el auspicio en producción del director que la convirtió —con sus sucesivos añadidos y unicornios— en una obra maestra, la continuación del clásico Blade Runner llega a las salas siendo perfectamente consciente de su precedente. Tanto es así que incluso la secuencia que abre el filme es en realidad la plasmación plano por plano de la escena original que se había planteado para la película de 1982 y que finalmente fue descartada. De hecho, la herencia recibida —e inevitable foco de comparación— está tan presente a lo largo del filme que no solo atmósferas, decorados, músicas y diálogos parecen tomados directamente del clásico. También lo está la trama.

Blade Runner 2049 es la evidente continuación del filme de 1982. Su argumento, en el que la discreción me impide entrar de momento, toma la referencia de la anterior y teje una nueva historia basada en la búsqueda de una verdad que atormenta en lo más profundo al protagonista. El trazo que impone Denis Villeneuve es conscientemente impostado y voluntariamente pletórico, casi como si quisiera avasallar al espectador ante lo impresionante de una cuidada puesta en escena.

La secuela enriquece a la original; expande su universo y sus formas. Da relieve, incluso, a los trazos que quedaban apenas dibujados en la antigua, y además recrea con buen tino una historia con fundamento, sentido y buena dicción. Los acordes de Vangelis vuelven a sonar entre lágrimas y aguanieve bajo la batuta de Hans Zimmer y de su socio Benjamin Wallfisch. Y, por supuesto, está Harrison Ford de nuevo en su enigmático papel, más enigmático si cabe tras esta nueva entrega.

Sin embargo, pese a todas las virtudes, el filme de Villeneuve también presenta flaquezas y, al contrario de lo que pueda parecer, no se trata de problemas derivados de la comparación. Lo casual de algunos preceptos, lo arbitrario de algunas decisiones… Jared Leto apenas casi dibujado en sus motivaciones como villano y, sobre todo, la excesiva verbalización que inunda en general toda la obra son puntos que molestan a la degustación de un plato elaborado, no cabe duda, con el tino y esmero que merecen los autos sacramentales —¿acaso el matiz «de culto» que desde los noventa acompaña el título no tiene un punto religioso?—.

En todo caso, se trata de transgresiones veniales. De hecho el propio filme original ya fue considerado tan críptico que fue estrenado con un voice over explicativo de la trama. Blade Runner 2049 no defrauda ni a fanáticos ni a seglares, y solo el exceso de metraje pudiera suponer una traba para quien desee explorar, una vez más, los horizontes más allá de la puerta de Tannhäuser.

Y a partir de aquí los spoilers.

Comenzaré por lo malo: Blade Runner 2049 se sostiene sobre una premisa que suena a casualidad. Si repasamos la trama, el personaje de K va a dar justo con los huesos de Rachael, la replicante experimental con la que huyó Deckard y que resulta que tenía la capacidad de tener hijos. Junto a los huesos, K se encuentra con una fecha que le resulta familiar: un número que recuerda de un viejo caballito de madera de cuando era niño. Pero K es un replicante, y es consciente de que sus recuerdos deben ser implantados. Por ello acude a la Dr. Ana Stelline, creadora de recuerdos, para preguntarle si el suyo es o no genuino. La doctora, que no deja de ser el oráculo de esta historia, hace dos afirmaciones entre lágrimas que trastocan por completo al pobre protagonista: el recuerdo es real, y es ilegal implantar recuerdos reales en replicantes. K, cariacontecido, empieza a creerse que es él mismo el primer replicante nacido por cesárea; que es él mismo el niño al que debe destruir para evitar males mayores, y que, quién sabe, lo mismo por eso de haber «nacido» quizá pudiera ser que tuviera alma.

Pero no. K no es el elegido. La elegida es, precisamente, la Dr. Ana Stelline.

Por ello, todo parece indicar que esta doctora ha transgredido la ley al implantar un recuerdo suyo real, y que precisamente de entre todos se lo ha ido a implantar al replicante que va a dar con la pista de su nacimiento. Por supuesto, esto es conjetura. Es igualmente posible que esta doctora se dedique sencillamente a implantar sus propios recuerdos a todos los replicantes con los que ha trabajado —y que por eso son «tan buenos»—, aunque suena complicado que lleve tiempo operando al margen de la ley.

Por seguir con lo malo: los tristes villanos. Aquí es inevitable realizar la comparación. Uno ve a Roy aplastando cráneos y cociendo huevos y siente que tiene una finalidad; que tiene un objetivo y que es, incluso, comprensible. Un ser con una inteligencia superior condenado a tan solo cuatro años de vida es normal que esté cabreado; el normal que quiera poner una hoja de reclamaciones y pedirle a su creador que amplíe el grifo —siguiendo el lema de su compañía— para que los replicantes puedan realmente ser «más humanos que los humanos». Jared Leto no tiene esta finalidad.

Leto interpreta a un villano «artista»; un malvado meticuloso y obsesivo que aspira a lograr aquello que, según parece, ya se había conseguido antes del «gran apagón» en la corporación Tyrell: que los replicantes engendren. Ahora bien, ¿qué pasa si no lo consigue? Probablemente nada. ¿Qué le motiva a alcanzar ese fin más allá que la mera voluntad? Realmente nada. Mientras que la desesperación de Roy deriva de una premisa de vida o muerte —y, consecuentemente, el miedo a morir, tema bastante humano—, lo que motiva al villano de Blade Runner 2049 no es más que su propia megalomanía, igual que a cualquier malo mediocre de cómic. Y su gerifalte obviamente no va más allá.

Habría que hacer mención aparte del «frente de liberación replicante» que aparece con descaro en escena de manera claramente instrumental: la tuerta y su cuadrilla rescatan a K cuando lo necesita; le cuentan sin que él lo pida lo que tiene que saber y, además, le enfocan hacia su siguiente misión. De hecho, casi casi le salvan la trama justo antes del tercer acto. Por las bravas. Porque sí.

Y ahora lo bueno. Lo realmente bueno. No ya la puesta en escena, factura visual, realización y demás detalles. Lo que realmente me ha hecho salir contento del cine: el personaje de K supera, en mi opinión, al personaje de Deckard. Perdonen la blasfemia.

Por muy Harrison Ford que sea, reconozcámoslo: Deckard en la película de 1982 no tiene ninguna motivación de peso para hacer lo que hace. Es reclutado por un jefecillo que le obliga a hacer un último trabajo que no quiere hacer y del que parece que se podría librar muy fácilmente. Nada le impulsa a ir por las calles disparando a replicantes por la espalda; nada le lleva a efectuar una investigación detallada sobre un caso que, de hecho, rechaza en primera instancia. Se podría considerar que lo mueve el afán de venganza por lo que le han hecho a su compañero Blade Runner al comienzo del filme, pero ni eso: no solo apenas lo menciona sino que además da la impresión de que no le cae demasiado bien. No. Ni siquiera Deckard sabe por qué está haciendo el «trabajo de hombres» que ha terminado haciendo. ¿Será que es él también un replicante y está programado para ello? Pues quizá. Eso lo explicaría todo al tiempo que reduciría al personaje a algo tan programado, tan frío y carente de voluntad como un reloj de muñeca.

K, en cambio, sí tiene una motivación que no es en absoluto baladí. Es cierto que comienza el filme cumpliendo órdenes, incluyendo la de destruir todas las pruebas que muestren la existencia de un niño—nacido-replicante y, muy especialmente, la de dar matarile a dicho infante si llega a topárselo. No obstante, pronto la cuestión adquiere un matiz personal. Desde el segundo en que la fecha de su nacimiento resuena en su mente, K ya no trata de buscar al niño perdido: trata de buscar la verdad sobre sí mismo; trata de descubrir si finalmente es un replicante-vivípero, trata, en definitiva, de comprender si cabe la posibilidad de que pudiera, como él dice, «tener alma». Y en esta búsqueda entra Joi, el personaje interpretado por Ana de Armas.

Joi no es más que un divertimento. Una asistenta virtual. La Siri de mediados del siglo XXI que se manifiesta en forma de holograma construido a partir de inteligencia artificial. Pero K la ama. Vamos si la ama. La ama tanto que de hecho es lo único que veamos en el filme que le importe lo suficiente como para llevar siempre consigo. El caballito de madera —esto es, su identidad— y el instrumento donde almacena a Joi. Su confidente, su ayuda… y un claro ejemplo de amor romántico: una figura inasible solo alcanzable a través de la suplantación vicaria de alguna prostituta probablemente también artificial. Una entelequia.

Cuando llegamos al revés del segundo acto, el protagonista ha perdido todo cuanto le motivaba. Ha perdido su encontrada identidad, pues la tuerta le ha espetado que es un pellejo como cualquier otro, ni más ni menos; y ha perdido a su amada —la villana le ha roto el juguete—. Por ello, el encuentro con ella en la calle con la peluca rosa, a tamaño gigante, desnuda y objetificada sexualmente, no es sino el acicate que precisa para emprender por fin algo bueno y desinteresado. En el momento en que K experimenta realmente la pérdida y es expuesto ante ella —igual que George en Qué bello es vivir— es capaz de comprender finalmente al personaje de Deckard y el sacrificio que ha realizado durante toda su vida. Y decide ayudarle, claro, de la mejor forma que se le ocurre.

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It: los payasos asesinos son para el verano

Una pandilla de niños experimenta sin ser consciente instantes de pura felicidad; la felicidad de los niños en los veranos de pueblo. Pero hay un problema: el horror.

It

Título original: It; Dirección: Andrés Muschietti Guión: Chase Palmer, Cary Fukunaga, Gary Dauberman (Novela: Stephen King); Música: Benjamin Wallfisch; Fotografía: Chung-Hoon Chung; Reparto: Bill Skarsgård, Jaeden Lieberher, Sophia Lillis, Finn Wolfhard, Wyatt Oleff,Jeremy Ray Taylor, Jack Dylan Grazer, Chosen Jacobs, Nicholas Hamilton,Jake Sim

Bill vive obsesionado con la desaparición de su hermano. Ocurrió una tarde de tormenta. Él estaba en cama, enfermo. El pequeño Georgie salió a jugar en los charcos con un barquito de papel. No volvió. Ha llegado el verano y ahora Bill quiere aprovechar para explorar las cloacas con la ayuda de sus amigos. Pronto se les une Beberly, que está tan marginada como ellos. Y Ben, el novato. Y luego llega Mike, también de su edad pero que no va al colegio. Entre todos forman una pandilla pintoresca, siempre de arriba a abajo con sus bicicletas, tratando de evitar a los gamberros de Henry y sus matones. De vez en cuando van a bañarse a la cantera, y experimentan sin ser conscientes instantes de pura felicidad; la felicidad de los niños en los veranos de pueblo. Pero hay un problema: el horror.

Todos lo han experimentado de algún modo. Algunos han visto un payaso siniestro; otros han percibido la presencia de fantasmas; los más descreídos se han encontrado con zombies e incluso Beberly, que es la más madura, ha tenido visiones. Bill todavía no lo sabe, pero el payaso infernal que los aterra es quien se llevó a su hermano; es, de hecho, quien asesina impunemente a niños una vez cada veintisiete veranos. Y ahora les ha tocado a ellos. El horror irracional que les causa el monstruo hace por un momento que olviden sus horrores cotidianos: la marginación, el insulto, la opresión de unos padres abusadores… Juntos tendrán que ponerle fin a la pesadilla y, si vuelve, deberán hacerle frente de nuevo. Siempre juntos.

Nacida de la pluma de Stephen King, esta versión de It presenta dos cambios estratégicos con respecto a su antecesora, la TV Movie de los noventa. El primero de ellos es haber sabido aprovechar la ola de nostalgia ochentera para trasladar la historia original del grupo de amigos nada menos que dos décadas en el tiempo. La pandilla de los «Perdedores» ha pasado de los sesenta a finales de los ochenta, compartiendo así el imaginario de Super 8, Stranger Things o de Los Goonies —cuyo remake está al caer—. El segundo acierto ha sido dividirla en dos partes, dedicando la primera a la historia de los niños y reservando para la siguiente —prevista en 2019— los hechos actuales.

Los fallos son los que cabrían esperar: una trama predecible; una sucesión redundante de sustos solo propiciados por el sobresalto sonoro, y una falta real de sensación de peligro durante todo el metraje. No obstante, el casting transpira naturalidad; la historia interior de cada uno se teje con interés y, en definitiva, más por la parte del drama que por el terror, el resultado es positivo.

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