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Etiqueta: D.B. Weiss

Juego de Tronos: la desvergüenza

Lo insultante que resulta descubrir que alguien te toma por imbécil; que consideren que se te puede engañar con efectos especiales y aleteos de dragón; que partan del hecho de que vas a aceptar lo que te pongan delante porque te tienen «comiendo de su mano» o porque, simplemente, consideran que tu nivel de exigencia es inexistente.

Juego de Tronos, Game of Thrones, GOT

HBO. 7ª Temporada. 16 de julio – 27 agosto, 2017.

Anoche llegó a su fin la temporada más impresionante de todas las que ha habido de Juego de Tronos. De ello hay que dar las gracias a sus batallas terrestres y navales, así como a su empacho de vuelos de dragón. Sin embargo, esta séptima también se ha tratado, en lo narrativo, de la peor de todas. No han sido pocos los que han mostrado su malestar con la sarta de incongruencias que ha plagado esta entrega. Ha habido tantas quejas que incluso los directores han tenido que salir al paso con justificaciones y disculpas y, ante eso, a los adeptos de pura cepa no les ha quedado otra que echar mano de la petición de principio: es una serie de fantasía con dragones y magia, ¿qué coherencia esperabais?

Y tienen su lógica. ¿De qué nos quejamos? Nos tragamos que la reina de los siete reinos anduviese fornicando por los suelos de los torreones abandonados; nos tragamos que el hombre más legalista del imperio —el que dicta la sentencia debe empuñar la espada y tal— cambiase la última voluntad del rey en su lecho de muerte en base a una sospecha inspirada por el color del pelo de un chaval; aceptamos sin pensar que una sacerdotisa pariera un hombre-nube que asesinó a una trama entera, o que el ejército de zombies al otro lado del muro se dedicase a esperar pacientemente a que todos los westeronienses solucionasen sus problemas antes de invadir.

No. Juego de Tronos nunca ha sido coherente. A la sucesión de personajes desechables puestos en el camino simple y llanamente para alargar la peripecia —llámense Bolton, Martell o Gorrión Supremo— hay que sumar las maravillas que han hecho en off los personajes principales —como Arya asesinando a los señores en sus castillos a saber cómo—, las resurrecciones a la carta o la extraña combinación que surge del cóctel de lógica medieval, magia, banca y ahora también ley del divorcio.

Al final es eso: lo insultante que resulta descubrir que alguien te toma por imbécil

El problema es que, mientras que en temporadas anteriores las incongruencias podían ser justificadas bien por malas decisiones de los personajes, bien por licencias creativas del escritor bajo el amparo de la fantasía y el abracadabra, en esta ocasión se les ha ido la mano en lo incoherente hasta el punto de tener al espectador frente a la pantalla preguntándose con quién se han creído Benioff y Weiss que están tratando.

Porque al final es eso: lo insultante que resulta descubrir que alguien te toma por imbécil; que consideren que se te puede engañar con efectos especiales y aleteos de dragón; que partan del hecho de que vas a aceptar lo que te pongan delante porque te tienen «comiendo de su mano» o porque, simplemente, consideran que tu nivel de exigencia es inexistente.

El proceso de creación de una serie es lento y complicado. Hay escrituras, reescrituras, escaletas, mapas, presupuestos, informes técnicos… y normalmente muchas cabezas pensando y dándole vueltas a lo que se va a filmar. Cada segundo de emisión cuesta un dineral, y nada se deja a la improvisación o la casualidad. Por eso resulta más que ominoso que hayan dado por hecho que íbamos a aceptar que TODAS las batallas terminasen con deux ex machinas en el menú; que fuéramos a tragarnos que Jamie, los cuervos y los dragones plegaran la curvatura del universo haciendo viajes instantáneos; que guerreros ya con los huevos pelaos —con perdón— se lanzaran a conquistar al enemigo sin más alforja que una bota de vino para compartir y con los cinco primeros mequetrefes que se han encontrado en una mazmorra —también a saber cómo llegaron allí—; o que el septón supremo ese que ofició nulidades y matrimonios se fuera a la tumba sin dar cuenta de ello a la nueva dinastía reinante.

Bajo la premisa de que cualquiera podía morir, esta serie planteaba una sorpresa sangrienta tras otra. Ahora no.

Pero lo peor de todo es que todas esas cabecitas hayan decidido en algún despacho que lo mejor para satisfacer a los fans era disponer una temporada tan predecible que hasta yo en el anterior post dedicado a la serie en este blog —escrito hace más de un año— ya adivinaba el porvenir. Había una época en que esta serie, bajo la premisa de que cualquiera podía morir, planteaba una sorpresa sangrienta tras otra. Ahora no. Sabíamos desde el minuto uno lo que Sam iba a descubrir en aquella biblioteca perdida; sabíamos desde el primer instante lo que iba a pasar cuando Jon Snow y su tía se mirasen a los ojos; y sabíamos lo que iba a suceder con el Muro desde el momento en que el Rey de la Noche agarró esa jabalina de hielo.

Y ahora la séptima temporada ha llegado a su vergonzoso fin prometiendo, como siempre, el oro y el moro, y dejando tras de sí más cadáveres que nunca entre los que habrá que contar, me temo, con la ilusión de no pocos adeptos desencantados por lo torticero del orgasmo. Que sí, que llegamos a donde todos queríamos; que sí, que ha habido beso, y muerte, y dragones… Pero, para una serie entre cuyas fortalezas estaba el disfrute del viaje, en esta ocasión la sensación es, nunca mejor dicho, la de que nos han teletransportado. Y así no, oye. Así no.

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Juego de Tronos: carros y carretas

La verdad es que, en retrospectiva, la última ha sido una temporada de lo más completa. Jon Snow ha muerto y resucitado; hemos conocido sus verdaderos orígenes; Melissandre nos ha…

La verdad es que, en retrospectiva, la última ha sido una temporada de lo más completa. Jon Snow ha muerto y resucitado; hemos conocido sus verdaderos orígenes; Melissandre nos ha desvelado su verdadera identidad, y parece que las guerras empiezan a presentar ya sus facciones de forma más clara de cara a la batalla final —esa que todos esperamos—. Muchos han escrito por ahí que hemos contemplado la mejor temporada hasta el momento de la serie, si bien hay que tomar esta aseveración con diversos matices. En primer lugar me ha parecido que, a pesar de todos los avances, la temporada sencillamente ha retomado el camino en que estaba predispuesta probablemente desde sus orígenes. En segundo lugar, muchos de los llamados «logros» de esta remesa, entre el que está lógicamente el mayor empoderamiento femenino, hay que tomarlos igualmente con perspetiva.

Con todo, me siguen irritando los retruécanos de última hora; las dádivas al espectáculo en detrimento de la causalidad; el subterfugio del fuera de campo para justificar los carros y las carretas. Ya. Ya sé que probablemente, como me achacaba un guionista hace poco, los creadores de la serie han pensado todo esto y han determinado que esa es la mejor de las soluciones en base a sus intereses. Ya lo sé. No les estoy descubriendo nada. Y por eso estos «resquicios» me irritan, de hecho, más si cabe. En una serie con la potencia y el presupuesto de Juego de Tronos no hay excusa de producción posible; no hay falta de respaldo de audiencia ni problemas de renovación ni cuestiones de presupuesto —sólo faltaba—. Las pequeñas traiciones que todos experimentamos como espectadores están ahí porque los guionistas han querido que estén ahí. Y eso molesta todavía más, tú. Pero vamos por partes.

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Todo era una distracción

Terminábamos la pírrica temporada anterior con Cersei sometida a escarnio público por la injerencia de una secta de fanáticos; con Daenerys presa de una horda de caballeros melenudos parecidos a los que una vez llamó «su pueblo»; con Arya perdiendo la visión de forma traumática, y con Jon Snow muerto sobre la nieve a machetazos de sus congéneres. Todo explosivo, todo sorprendente y todo en el episodio final, a lo grande. El problema es que se ha demostrado que era todo mentira. Bueno, tal vez no mentira-mentira, pero sí una evidente distracción sin otra pretensión más que alargarnos el cuento lo más posible.

Terminada la sexta temporada las consecuencias evidencian el chiste: la secta de fanáticos le ha durado a Cersei dos copas de vino; la turba de melenudos le ha costado a Daenerys tres vuelcos de lámparas candentes; la ceguera de Arya era sólo una reprimenda temporal que formaba parte de su entrenamiento, y la muerte de Jon Snow tenía cura, según parece, simplemente recortándole la barba y limpiándole las heridas. Por resumir: era todo una trola, un cachondeo para que levantases las cejas y ya. Una engañifa.

Hubo un tiempo en que Juego de Tronos, a pesar de todas las críticas que se le podía hacer, todavía respetaba la máxima de no transgredir el pacto con el espectador y apechugaba con la propia causalidad de sus propuestas. A Ned Stark le cortaron la cabeza y la serie siguió adelante con esa falta; a las víctimas de la Boda Roja se las quitaron del medio y la serie —al menos hasta el momento no ha caído en la broma de los libros— continuó adelante con ese evento en su haber. Jaime sigue sin mano, Theon sigue sin pene… Las cosas que pasaban, pasaban. No había vuelta atrás. Ahora, en cambio, parece que todo es prostético, artificial, vacuo. Y esto me lleva a la siguiente reflexión.

Empoderamiento femenino, ¿seguro?

Cersei es la que corta el bacalao. Siempre lo ha sido. Desde el instante en que se le antojó yacer incestuosamente en un torreón polvoriento de Invernalia en vez de en la comodidad de su alcoba a puerta cerrada. En la primerísima temporada de hecho lo dice abiertamente, en el diálogo que da nombre a la serie, cuando le espeta a Ned Stark eso de «si juegas el juego de tronos o ganas o mueres». Él, demostrando una vez más su torpeza y falta de miras, se atreve a recomendarle en el patio a Cersei que coja a sus hijos y huya de la ira de Robert. Ella simplemente esboza una media sonrisa y dice: «¿Y qué hay de mi ira, Lord Stark?». El tiempo ha demostrado que, en efecto, ella es la boss; la única que no ha tenido que cambiar de cama en cinco temporadas. El problema es que es malvada —de hecho es la causa de todos los males—. Y de ahí la gran contradicción de la quinta: ¿cómo es posible que una mujer con semejante poder terminase llorando desnuda por las calles después de haber pasado las penurias de la prisión? ¿no había ningún guardia fiel que evitara su encarcelamiento? ¿no había ningún secuaz —de esos que luego ha demostrado tener— dispuesto a liberarla a fuego?

Cersei es la boss; la única que no ha tenido que cambiar de cama en cinco temporadas

Daenerys tiene la sartén por el mango desde que condenase a todo el pueblo dothraky con sus ínfulas de grandeza. El pobre Drogo fue el primero en caer, víctima del enamoramiento. La llamaba «mi luna y mis estrellas» y estaba dispuesto a conquistar los siete reinos a pecho descubierto por ella. Cuando se le han presentado dificultades ella simplemente ha soltado a sus dragones y listo, problema resuelto y enemigo chambuscado. No tiene rival. Nunca ha tenido rival. Por eso, al igual que en el caso de Cersei, la súbita caída en desgracia en plena huída no hace más que azuzar mi vena de desconfianza. ¿Un pueblo primo del suyo propio que, sabiendo quién es ella, no le otorga el menor respeto? ¿Acaso no han oído lo que ha pasado en todos los pueblos vecinos «liberados» por la acción de la rubia oxigenada? ¿Acaso no son conscientes de que la muchacha tiene recursos, algunos de hecho con colmillos y que escupen fuego? ¿Cómo es posible que la veamos polvorienta y encadenada? ¿Nos están tomando el pelo o qué?

A diferencia de las anteriores, la deriva de Sansa sí ha seguido una evolución más o menos lógica: era la sufridora de la familia y lo sigue siendo. Su sufrimiento desembocaba en huída, como es lógico, y la huída ha terminado con su medio hermano el muerto, que ya no está muerto por gracia de la magia. En ella, como en las anteriores, se sostiene el argumento de que esta temporada es la que por fin ha dado a las mujeres el lugar que se merecen; el empowerment que dicen los horteras. No sólo han protagonizado prácticamente toda la temporada sino que además han logrado sus objetivos humillando o sobreponiéndose a sus enemigos varones. Sansa ha convertido a Bolton en comida para perros; Daenerys ha horneado a sus enemigos en una pira descomunal y Cersei ha cumplido ya por fin —llevaba temporadas enteras diciéndolo— su plan de volar a todos sus enemigos por los aires. Y yo que me alegro, oye, de que por fin les hayan dejado romper el techo de cristal de los Siete Reinos. No obstante, hay un detallito que me escama de todo esto: no lo han conseguido por ellas mismas.

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En el momento en que Cersei entró en palacio después del paseo de la vergüenza, con los pies ensangrentados y peinada a lo garçon, trazó su plan de venganza. Pero no lo hizo ante la posibilidad de recuperar su hueco en la Corte o ante la perspectiva de poder comandar un ejército. Cersei trazó su plan en el instante en que fue aupada en brazos por un maromo de dos metros por dos metros. Sir Gregor Clegane, ya medio zombificado, ha sido para ella más que una tabla de salvación. Él ha mantenido lejos a los sectarios mientras su otro secuaz, el nigromante Qyburn, preparaba el pastel de veneno verde explosivo.

Mucho empowerment femenino, pero a la hora de la verdad todas han conseguido sus objetivos con la ayuda de al menos dos hombres

Daenerys tiene el lujo de poseer tres dragones y dos pagafantas. Los primeros, además, son independientes. A veces la ayudan y a veces la dejan a su suerte. Porque son dragones. Los segundos, en cambio, no la dejan ni a sol ni a sombra. Por eso desde el momento en que su amada se va por los cielos ellos no tardan ni un instante en emprender su búsqueda. Da igual que ella realmente no sienta por ellos más que apego; da lo mismo que uno sea un medio-mentor y el otro sencillamente un revolcón. Ellos van a rescatarla pase lo que pase. Y lo logran. ¿Quién si no mata a los guardianes de la tienda donde ella organiza la pira? ¿Quién si no bloquea las puertas para que la khalessi haga su truco ignífugo y salga de allí renacida? Luego despacha a sus amores cada uno por su lado, pero ellos bien que le han venido para salir del trance.

Sansa, por su parte, a pesar de contar con la espada de Brienne cuando le haga falta, ha logrado sus objetivos más por la inesperada ayuda de Theon, la acción de su no-hermano no-muerto Jon, y el ofrecimiento del Meñique, que nunca da puntada sin hilo. A la muchacha realmente le va viniendo todo rodado. Ella en realidad no tiene demasiado que hacer, simplemente aconsejar a Jon cómo se hace un asedio en condiciones —él no se entera mucho de estas cosas— y aceptar los ofrecimientos del otro, que directamente se presenta allí con un ejército completo. Ella no ha tenido ni que mandar una lechuza mensajera.

¿Cuál es la conclusión de todo esto? Que sí, que mucho empowerment femenino, pero a la hora de la verdad todas han conseguido sus objetivos con la ayuda de al menos dos hombres. Ninguna parece valerse por sí misma salvo Arya, de la que hablaré más adelante, y alguna secundaria como Yara Greyjoy, que ocupa el puesto que ocupa sencilla y abiertamente porque su hermano no tiene pene y no es «apto para gobernar» —según sus propias palabras en audiencia con Daenerys—.

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Y todo lo demás lo hizo un mago

Sin embargo, lo que más me molesta del asunto es la falta de escrúpulos —puesto que estamos de acuerdo en que han debido de darle mil vueltas a cómo presentar esto, aceptemos entonces que se debe a la intención y no el accidente de los guionistas— que hay que tener para transgredir por completo el pacto con el espectador y plantear sencillamente los hechos consumados, los logros obtenidos.

Llegamos al último capítulo intrigados por el devenir de Cersei, que ha perdido la posibilidad de su juicio por combate, y de pronto descubrimos que está todo organizado para un espectáculo de fuego valyrio. Sin que sepamos nada, sencillamente los niños asesinan al maestre —también, qué necesidad, podía haber muerto en el templo como todos los demás— y luego todo explota. Bum, y fin de la trama. Se acabó la distracción; fin del paréntesis de los gorriones y ya podemos seguir adelante. Dejamos a la imaginación del espectador a Sir Gregor Clegane acarreando barriles de pólvora verde por las noches, para que nadie se entere, y disponiéndolos en su sitio correcto para volar el templo y sólo el templo; dejamos a la imaginación del espectador el juego de los niños, que parecen ser parte importante de la trama, con su red de informadores y espías; y dejamos a la imaginación del espectador —esto es, en off— la forma en que Cersei ha ganado de nuevo el favor de la misma guardia que no dio un duro por ella cuando estaba presa entre fanáticos.

Dejamos a la imaginación del espectador cómo, en definitiva, ha pasado de ser pedigüeña de buen corazón a la Ninja Asesina del Velo Púrpura

Llegamos al último capítulo con Arya venciendo en la oscuridad a su robótica compañera de reparto y emancipándose a lo salvaje de la Hermandad de los Asesinos de la Casa de las Pelucas —nombre inventado—. Pero luego no sabemos qué ha sido de ella hasta los instantes finales del último episodio cuando, en un giro explosivo y sorprendente de los acontecimientos, de pronto una sirvienta de metro ochenta se quita la cara y resulta ser nuestra menuda heroína que le corta sin miramientos, y con una sonrisa sádica, la garganta al viejo Walder Frey. Dejamos a la imaginación del espectador las vicisitudes de la pequeña —y conocida en los Siete Reinos— Arya Stark para cruzar el mar y medio continente; dejamos a la imaginación del espectador las penurias y vericuetos que habrá sorteado para colarse en una fortaleza inexpugnable justo cuando dos ejércitos de hombres libidinosos festejaban un pacto en su interior; dejamos a la imaginación del espectador los quebrantos que habrá pasado la menor de las hermanas de Invernalia para asesinar a dos hombres hechos y derechos y además trocearlos, aderezarlos y cocinarlos en secreto en las cocinas del castillo… y dejamos a la imaginación del espectador —echándole mucho morro al tema— cómo, en definitiva, ha pasado de ser pedigüeña de buen corazón a la Ninja Asesina del Velo Púrpura —nombre inventado, de nuevo—. A mí me suena a tomadura de pelo, pero voy a darle un voto de confianza a los escritores y la oportunidad de que me cuenten en un flashback toda esta película que me han robado —hay una, de hecho, que narra lo mismo: se llama Hero, es de Zhang Yimou y dura una hora y tres cuartos—.

Porque, en general, si algo destaca de esta temporada es la facilidad de los creadores para «dejar cosas a la imaginación del espectador». Sin duda gana la palma la gran incógnita desvelada acerca del origen de Jon Snow, que tantos y de forma tan cacareada habían descubierto ya sencillamente sumando dos más dos. Ahora queda para los foros y los blogs frikizoides —como el presente— especular sobre las consecuencias que traerá consigo este esperado descubrimiento y si, como ya vaticinan algunos, terminará emparentado con el viaje del pobre Jorah enamorado o con la inclusión de Sam en la biblioteca de la Ciudadela. ¿Encontrará Mormont en su viaje a Aegon Targaryen, hijo perdido de Rahegar y legítimo heredero de TODO? ¿Encontrará Sam en la biblioteca algún edicto polvoriento que nombre a Jon Snow heredero universal de su padre biológico en detrimento del linaje de sangre? ¿Será Tyrion realmente un Targaryen de tapadillo? ¿A quién obedecerán finalmente los dragones cuando todos los Targaryen enseñen la patita? Todo está por ver… salvo que decidan obviarlo para ponernos más explosiones y finales sorprendentes, claro.

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Juego de Trileros

Normalmente, es mi compañero Jean Cité quien solía hablar de la serie Juego de Tronos. No le culpo: al fin y al cabo, la serie tiene sus fallas y hay gente que…

Normalmente, es mi compañero Jean Cité quien solía hablar de la serie Juego de Tronos. No le culpo: al fin y al cabo, la serie tiene sus fallas y hay gente que no soporta verlas en pantalla. Sin embargo, creo que es la primera vez que escribiré sobre la última temporada del producto de estrella. Siento decirlo, me sabe mal, pero si tuviéramos que titular esa temporada en concreto la respuesta sería sencilla: Juego de Trileros.

¿Por qué ese título? Bueno, quien haya visto la temporada y leído los libros sabrá el encaje de bolillos que han tenido que hacer el dúo formado por David Benioff y D. B. Weiss. Y, pese a ello, el resultado no ha podido ser más decepcionante. La temporada, que apuntaba momentos muy álgidos, ha contado con un reparto muy desigual. De hecho, los seis primeros episodios han sido, como ha mencionado antes Jean Cité en otros artículos, el aburrimiento hecho diálogo. Sin embargo, repasémoslo todo con la calma.

El primer problema de la quinta temporada de Juego de Tronos es que el significado de diálogos como acción en algunas tramas ha sido inexistente. O peor: algunas de esas historias corales no avanzaba. Un ejemplo claro es la trama de Arya, la cual apenas ha tenido alguna clase de evolución en seis capítulos. Solo los dos primeros y los dos últimos han sido realmente relevantes. ¿El resto? Bueno, pues aprendiendo el oficio, siendo sutiles, pasando el rato entre tortazo y tortazo… En resumen, un desastre durante la parte intermedia de la temporada.

Si bien el guion está construido de perlas en términos de estructura dramática, la estrategia emocional empleada ha sido insuficiente o incluso pobre

Otra trama sin sentido ha sido la de Brienne. De hecho, el personaje —uno de mis favoritos— solo ha servido para los dos últimos capítulos. ¿Qué más hace? Visita a Sansa, búsqueda de esta y conversar con Podrick. El plano de Brienne observando un castillo a lo lejos debe de ser uno de los mayores momentos de vergüenza ajena en toda la serie.

Otro asunto en el que han sido unos trileros es en términos de producción y ejecución de escenas, y ahí podemos mirar los escenarios de Dorne y el campamento de Stannis. Dorne ha pecado de ambas cosas, de hecho; el I am Obara Sand, who do you fight for? quedará para la historia como uno de los peores momentos de la serie. Bueno, toda la escena de pelea, de hecho. Además, y hablando de peleas mal resueltas, podemos incluir a medias la subtrama de Meereen, la cual ha pecado también del mismo defecto. Por suerte, y pese a su irregularidad, hay bastante trama y toda bien configurada en un apogeo final fantástico.

La parte del campamento de Stannis es otra prueba de que no se ha sabido encajar la historia al metraje acordado. Si bien el guion está construido de perlas en términos de estructura dramática, la estrategia emocional empleada ha sido insuficiente o incluso pobre, y la escena de la pira, que debería habernos helado la sangre y sacado una lagrimilla, ha quedado a medio gas. Pregunta: ¿alguien ha visto a Stannis dudas y sufrir con el dilema después de decirle a su hija lo mucho que la quiere?

En definitiva, tenemos ante nosotros la peor temporada de la historia de Juego de Tronos

Esos, sin duda, son los puntos flojos de la serie. Podríamos hablar también de Sansa, pero al menos ha habido evolución —fingida— y algo de acción dramática por su parte. Y ni hablar mal, por supuesto, de Desembarco del Rey y del Muro, que son de largo las mejores subtramas de toda la temporada.

Ahora pasemos a los buenos puntos. Pese al efectismo de trileros de los últimos tres episodios y el aburrimiento casi establecido en el acto intermedio de la temporada, hay que decir que la serie sigue teniendo la misma esencia y algunos personajes no solo han ganado carisma sino también profundidad e incluso cambios de muy buen calado como Melissandre, Stannis o Theon/Hediondo. También cabe decir que las muertes efectistas al menos no son un vacío insustancial para abrir la boca del espectador, sino que saben cuándo y cómo usarse.

Y, sobre todo, hemos visto que el grupo de guionistas no se ha perdido por los cerros de Úbeda o han dirigido la serie hacia donde querían sin respetar a sus personajes. Ahí está, ante vosotros, el tremendo despliegue realizado en Casa Austera, preludio de una de las declaraciones de intención de la serie: los elementos fantásticos están ahí. ¿Qué por qué lo digo? Bueno, yo creo en la siguiente temporada.

En definitiva, tenemos ante nosotros la peor temporada de la historia de Juego de Tronos. Son unos diez capítulos decepcionantes en su mayoría con el espíritu inicial de la serie, pero siguen siendo, se quiera o no, la misma serie, con el mismo trasfondo y con muchas, pero que muchas tramas abiertas para dos temporadas que, de estar bien manejadas, prometen mucho. Esperemos —y crucemos los dedos— para que esta sea la única temporada de Juego de Trileros.

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Aburrimiento de tronos

Si no está ocurriendo ya, probablemente en pocas horas se desatará la fiebre y twitter empezará a revolucionarse con el último episodio de Juego de Tronos. No es raro. Al…

Si no está ocurriendo ya, probablemente en pocas horas se desatará la fiebre y twitter empezará a revolucionarse con el último episodio de Juego de Tronos. No es raro. Al fin y al cabo es el noveno de esta temporada y, tradicionalmente, los novenos capítulos suelen ser un punto de inflexión dramático en el desarrollo de la serie. La decapitación de Ned Stark fue al final de un noveno capítulo, igual que la «Boda roja» o las dos batallas importantes que hemos tenido en estas cinco temporadas. Por eso, aun sin haberlo visto, me atrevo a aventurar que el último emitido será de los que causan estragos en la audiencia. Y más les vale.

Todos saben que he gastado muchos bits en poner a caldo la serie. Tengo toda una colección de posts al respecto. No obstante, a nadie se le escapa que, pese a mis críticas, la he seguido viendo con fidelidad. El motivo principal, además de terminar lo empezado, es que, a pesar de todo, la serie me parecía fantásticamente producida y enormemente entretenida. Hasta ahora.

Esta última temporada me está resultando tan triste y tediosa que a veces me descubro a mí mismo haciendo un esfuerzo por terminar cada episodio. ¡Es un auténtico aburrimiento! Prácticamente no pasa absolutamente nada de interés, o lo poco de interés que pasa es tan predecible que ya ni siquiera sorprende a los que no han leído los libros. Vale que en el de la semana pasada el ejército de los Caminantes Blancos por fin llega a un campamento y hay un instante de sorpresa pero, aparte de eso, no recuerdo en toda la temporada algo que realmente me hiciera levantar una ceja. ¿Qué ha pasado con esta serie?

Juego de Tronos no solía ser así. ¿Recuerdan el comienzo?

Juego de Tronos no solía ser así. ¿Recuerdan el comienzo? La serie empezaba con una cuadrilla que se adentraba en un bosque helado y que era masacrada a los cinco minutos. Sólo uno de ellos lograba escapar de la escabechina, pero de poco le servía porque, tan sólo dos escenas después, el noble señor de sus tierras y protagonista del drama le rebanaba la cabeza con un espadón. Después nos enterábamos de un contubernio en la corte del rey para, de inmediato, trasladarnos a otro lugar donde una niña rubita, virginal y recién bañada era vendida como esposa a un garrulo montado a caballo. Si lo recuerdan, en el episodio terminaban empujando a un niño de lo alto de un torreón. ¿Y ahora?

Ahora hay poco más que diálogo. Diálogo y diálogo y más diálogo. La trama de Cersei: puro diálogo. La trama de Ayra: toda contada en diálogo mientras barre el templo. Jon Snow ha viajado hasta el otro lado del muro ¿adivinan para qué? Exacto, para dialogar con los salvajes. Incluso el momento de mayor tensión, cuando Daenerys se encuentra frente a frente con uno de sus archienemigos, terminamos viendo a los dos charlando con un vinito. La trama de Sansa, salvo el instante de la violación, se resume en diálogo en la cena, diálogo en el baño, diálogo en las torres y diálogo en la habitación. Poco más.

Parece que en algún despacho de algún departamento de la HBO algún directivo ha decidido echar el freno y empezar a marear la perdiz, que por ir tan rápido estamos alcanzando el ritmo de las novelas, y el señor Martín no escribe rápido, que digamos.

Así pues, lo que nos toca a los fans y fans-detractores es aguantar los aburridos preliminares que nos llevan al clímax del noveno capítulo de esta temporada. Esperemos que tenga algo más que diálogo.

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El machismo y los siete reinos (Juego de Trolas XI)

Hace varios meses algunas actrices de Juego de Tronos salieron en defensa de la serie que les da de comer y argumentaron que no era sexista. No me lo creo….

Hace varios meses algunas actrices de Juego de Tronos salieron en defensa de la serie que les da de comer y argumentaron que no era sexista. No me lo creo.

Juego de Tronos es machista. Lo siento. Sé que a los fans —y, sobre todo, a las fans— les puede resultar desagradable de reconocer. De hecho puede que les duela en lo más profundo. Su serie favorita, una magnífica superproducción de la HBO, discriminatoria hacia las mujeres. ¡Pero si hay mujeres «fuertes»! ¡Pero si hay tramas femeninas! argumentan. Pero no. Sorry. Lo es.

Juego de Tronos es machista, en primer lugar, por la propia ambientación de la serie. Podría parecer lo natural, por otra parte, que una serie ambientada al estilo medieval sea sexista. Al fin y al cabo, así era la lógica medieval… Pero, por otro lado, Juego de Tronos no es ex-tric-ta-men-te medieval, ya que se desarrolla en un entorno y un tiempo ficticios. Series como Outlander o Vikings están más pegadas a la lógica medieval de verdad —a la auténtica— y, oye, no son series sexistas. ¿Es lo medieval excusa o pretexto para que Juego de Tronos sí lo sea?

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Juego de Tronos es machista, en segundo lugar, porque la mujer es generalmente la causante de todos los males, desde el envenenamiento de Jon Arryn hasta el envenenamiento de Joffrey Baratheon. La caída en desgracia de la casa Stark la provoca una mujer, decapitación incluida; igual que la locura de Stannis, presa de los hechizos de Melissandre. Daenerys llevó a la desgracia al pueblo Dothraky —el original, el que gobernaba con orgullo el Khal Drogo—, y Cersei Lannister vive y reina acariciando a sus vasallos con mano de hierro gracias al hombretón de dos por dos que le salva la papeleta, tanto amedrentando en la distancia corta como trasladando barriles de pólvora verde bajo las iglesias.

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Juego de Tronos es machista porque la mujer no es protagonista prácticamente de ninguna de las tramas y, en las tramas en las que sí lo es, no suele valerse por sí misma para resolver los conflictos. ¿Qué ha hecho Daenerys aparte de comerse un corazón de caballo? Llevó a su pueblo a la ruina y, cuando ya estaba todo perdido, se lanzó a la pira funeraria de su marido —ais…— con la fortuna de sobrevivir a las llamas y renacer de sus cenizas con tres dragones y un ejército de enamorados dispuestos a hacer todo por ella. Ahora no mueve un dedo la muchacha, sólo se dedica a mirar por el balcón y darse baños calientes. Todo se lo resuelven otros: los hombres, los guerreros… o los dichosos dragones. ¿Qué ha hecho Arya Stark durante cinco o seis temporadas? Absolutamente nada. Las clases de esgrima no le han servido de mucho porque en todo momento es rescatada una y otra vez por algún hombre que la saca del apuro: Syrio, Yoren, Jaqen, el Perro… ¿Piensan que es por su corta edad? No se equivoquen. Su hermano Bran es menor que ella, está paralítico, y aun así suele ser él quien salva a sus compañeros de viaje. Eso sí, hay que reconocerle que posteriormente sí ha hecho alguna cosa de relevancia, aunque sea sacada de la manga. 

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De hecho, las pocas mujeres que escapan de la lógica medieval de guerreros y doncellas —Brienne, Ygritte…—, que sí se valen por sí mismas y sí suelen solventar sus propios problemas, sólo están en la trama como interés romántico de algún protagonista masculino —Jamie y Jon, respectivamente—. De su trayectoria guerrera sólo se nos cuenta el episodio en que ambas conocen a sus respectivos amores y las consecuencias derivadas de ello. ¿Creen que existirían sin sus queridos y atormentados mozalbetes? ¿Acaso tienen sentido en la historia de no estar ligadas a ellos? Bueno, puede que Brienne en las últimas temporadas. Si no saben a quién me refiero la reconocerán al instante: es la que va vestida de hombre.

Juego de Tronos es machista porque abundan las mujeres cuya única justificación en escena es el reclamo erótico. De la capital de los Siete Reinos, Desembarco del Rey, conocemos el palacio, el templo y el burdel. No nos han enseñado ni el mercado ni el hospital. Eso no hace falta. Lo otro sí. Porque, otra cosa no, pero mujeres dedicadas al placer ajeno hay cuantas sean necesarias. De hecho, hay prostitutas que no están en los libros y que son, además, brutalmente asesinadas en pantalla por hombres de todo pelaje —recuerden los juegos de Joffrey con su ballesta—. Incluso han contratado actrices porno para que tengan mayor soltura en ese tipo de papeles. Porque cacha hay toda la que quieran y más. Pero, eso sí, cacha a lo contemporáneo: lógica medieval, pero ingles brasileñas.

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Juego de Tronos es machista. No me cabe la menor duda al respecto. Lo que cabría preguntarse es si eso le resta en algo su calidad. ¿Puede ser algo sexista y al tiempo ser una producción bien hecha, bien interpretada, bien escrita y que merezca la pena? Lo dejo a su buen criterio. Lo que me parece insostenible es tratar de negar la mayor. Porque tal vez el problema de los modelos y referentes sexistas no es que estén en nuestro día a día, sino que nos neguemos sistemáticamente a reconocerlos o a reconocerles algún valor más allá de eso.

—Texto revisado en 2018

3 comentarios en El machismo y los siete reinos (Juego de Trolas XI)

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