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El Puente de los Espías: descorriendo el Telón

Si se vieran con un determinado orden todas las películas de Steven Spielberg, se podría tener una determinada idea de la historia del siglo XIX y XX casi en su…

EE.UU. 2015. Dirección: Steven Spielberg. Guión: Matt Charman, Ethan Coen, Joel Coen. Música: Thomas Newman. Fotografía: Janusz Kaminski. Reparto: Tom Hanks, Mark Rylance, Amy Ryan, Scott Shepherd, Sebastian Koch, Billy Magnussen, Alan Alda, Jesse Plemons, Eve Hewson, Peter McRobbie, Austin Stowell, Domenick Lombardozzi, Michael Gaston

EE.UU. 2015. Dirección: Steven Spielberg. Guión: Matt Charman, Ethan Coen, Joel Coen. Música: Thomas Newman. Fotografía: Janusz Kaminski. Reparto: Tom Hanks, Mark Rylance, Amy Ryan, Scott Shepherd, Sebastian Koch, Billy Magnussen, Alan Alda, Jesse Plemons, Eve Hewson, Peter McRobbie, Austin Stowell, Domenick Lombardozzi, Michael Gaston

Si se vieran con un determinado orden todas las películas de Steven Spielberg, se podría tener una determinada idea de la historia del siglo XIX y XX casi en su plenitud, y parte del porvenir. Desde los discursos de Lincoln hasta los precog de Minority Report; desde las pugnas de El Color Púrpura hasta los resortes infantiles de Inteligencia Artificial. De todo el periodo histórico, no obstante, la época a la que ha dedicado más esfuerzos es a la Europa en guerra, en especial en lo que refiere a la intervención estadounidense en el conflicto. Ahora completa su visión americanizada del relato contando, de la mano de los Coen, una historia de la Guerra Fría con un héroe que, como es habitual, encarna el norteamericano medio.

Y no hay otro actor que encarne mejor al norteamericano medio que Tom Hanks. Hubo una época en que era James Stewart, otro momento en que fue Jack Lemmon… y, desde hace años, es Tom Hanks. Por supuesto, quien dice norteamericano medio, gracias entre otras cosas al doblaje, está diciendo ciudadano normal. Da igual que defienda un sistema judicial y un ordenamiento jurídico diametralmente distinto al que tenemos en España, de alguna forma que sería digna de estudio, cuando vemos a Hanks defendiendo las garantías constitucionales de los Estados Unidos en los sesenta en cuanto al trato que debían recibir los espías enemigos sentimos como propio su discurso; aceptamos como propia su pugna aunque, ni en el fondo ni en las formas, tengamos nada que ver.

Donovan, un abogado de seguros, es encomendado por sus superiores para defender a un enemigo de la nación como si fuera un delincuente cualquiera. El juicio, según se dice a las claras, no es más que mero postureo; una farsa organizada para dar apariencia de estado de derecho cuando realmente el juez ha dictado sentencia desde mucho antes de que se celebre la vista. El acusado, un caballero inglés de ascendencia rusa acusado —con razón, según nos han contado— de espionaje para los soviéticos.

Donovan, consciente de que no tiene nada que hacer en una pugna contra la farsa del sistema político que retrata Spielberg, decide salvar al menos la vida de su cliente con la excusa de que puede ser de utilidad en caso de que, en algún momento de la guerra fantasma, hubiera que hacer algún intercambio. Situación que, efectivamente, termina sucediendo.

A pesar de haber leído buenas críticas, lo cierto es que El Puente de los Espías me ha terminado aburriendo

A pesar de haber leído buenas críticas, lo cierto es que El Puente de los Espías me ha terminado aburriendo. Resulta predecible, ortopédica y arrítmica, en mi opinión. El guión de los Coen podría firmarlo, realmente, cualquier otro pues no les vemos apenas en ningún elemento; igual que Spielberg, que plantea una historia patriótica donde el momento de mayor tensión se diluye en medio de todo el metraje. Abundan los diálogos llamados a remarcar el conflicto verbalmente, y es cierto que el resulta en ocasiones, si no naive, sí al menos muy edulcorada.

Pero es Spielberg, y eso siempre son palabras mayores. La factura visual, salvando el odioso contraluz resplandeciente de factura digital, es significativa, igual que la puesta en escena y la recreación histórica de un Berlín en plena construcción del muro. No yerra el pulso en lo formal, si bien se echa en falta el cuidado y el cariño de otros tiempos cuando, quizá por la escasez de medios, era capaz de contar mucho más con menos.

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El tiempo pasará

El tiempo pasará era el título de la melodía que Ilsa pedía al bueno de Sam cuando la casualidad la lleva al Café Americano. El pianista no quiere. En cierta…

El tiempo pasará era el título de la melodía que Ilsa pedía al bueno de Sam cuando la casualidad la lleva al Café Americano. El pianista no quiere. En cierta forma, sabe que sólo la melodía tiene la capacidad de abrir las heridas más profundas. Pero ella insiste, y él no puede negarse a la vidriosa mirada de Ingrid Bergman. Al minuto aparece Rick y en una sola frase resume el significado que encierra la canción: «te dije que nunca volvieras a tocarla». Suite francesa, como Casablanca, se ambienta en el periodo más triste del siglo pasado para narrar una historia de amor imposible que sólo encuentra redención en su propio sacrificio.

1940, los nazis ocupan Francia. En la pequeña población de Bussy, no demasiado lejos de París, una señora de clase acomodada y su nuera aprietan los dientes cuando son obligadas a acoger a un oficial del enemigo en su casa. La hierática señora, interpretada por Kristin Scott Thomas, se niega a dirigirle la palabra al huésped forzoso, pero su nuera no hace lo mismo. Interesada por la sensibilidad del alemán, que toca el piano por las noches, Lucille (Michelle Williams) iniciará un acercamiento que irá poco a poco transformándose en romance. Pronto empezará a atisbar los cuchicheos de sus vecinos en un ambiente donde la presencia del enemigo hace aflorar las rencillas por mucho tiempo enterradas entre los propios habitantes del pueblo.

Con una ambientación y fotografía esmeradas, la última obra de Saul Dibb después de La Duquesa retrata una situación que se dio en la realidad: las relaciones prohibidas entre las jóvenes francesas y los soldados alemanes de ocupación que dejó, según se ha calculado recientemente, nada menos que doscientos mil hijos de la guerra sólo en Francia. Señaladas por su escarceo con el enemigo, a las mujeres acusadas de colaboracionismo en brazos de algún soldado se les rapaba la cabeza y eran víctimas de todo tipo de insultos y vejaciones después de la contienda. Sin embargo, la película no llega a este extremo.

El manuscrito quedó inacabado a su muerte en Auschwitz y permaneció en manos de su hija, que no se atrevió a leerlo hasta los años noventa

El exceso de contención interpretativo en ocasiones sugiere más desgana que intensidad. Abordados desde una perspectiva que podría tacharse de superficial, la narración, aunque correcta, apenas pasa por encima de los conflictos sin realmente incidir en las emociones profundas de unos personajes poco expresivos. No obstante, esto no quita que merezca el visionado, especialmente conociendo de antemano la metahistoria del relato: escrito por Irène Némirovsky precisamente durante la II Guerra Mundial, el manuscrito quedó inacabado a su muerte en Auschwitz y permaneció en manos de su hija, que no se atrevió a leerlo hasta los años noventa. La obra se publicó por primera vez en 2004, con gran éxito de ventas.

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