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Etiqueta: Robin Wright

Blade Runner 2049: aprender de la pérdida

Blade Runner 2049 no defrauda ni a fanáticos ni a seglares, y solo el exceso de metraje pudiera suponer una traba para quien desee explorar, una vez más, los horizontes más allá de la puerta de Tannhäuser.

Título original: Blade Runner 2049; Dirección: Denis Villeneuve Guión: Hampton Fancher, Michael Green (Personajes: Philip K. Dick); Música: Hans Zimmer, Benjamin Wallfisch; Fotografía: Roger Deakins; Reparto: Ryan Gosling, Harrison Ford, Ana de Armas, Jared Leto, Sylvia Hoeks, Robin Wright

Nacida de la misma pluma que su antecesora y bajo el auspicio en producción del director que la convirtió —con sus sucesivos añadidos y unicornios— en una obra maestra, la continuación del clásico Blade Runner llega a las salas siendo perfectamente consciente de su precedente. Tanto es así que incluso la secuencia que abre el filme es en realidad la plasmación plano por plano de la escena original que se había planteado para la película de 1982 y que finalmente fue descartada. De hecho, la herencia recibida —e inevitable foco de comparación— está tan presente a lo largo del filme que no solo atmósferas, decorados, músicas y diálogos parecen tomados directamente del clásico. También lo está la trama.

Blade Runner 2049 es la evidente continuación del filme de 1982. Su argumento, en el que la discreción me impide entrar de momento, toma la referencia de la anterior y teje una nueva historia basada en la búsqueda de una verdad que atormenta en lo más profundo al protagonista. El trazo que impone Denis Villeneuve es conscientemente impostado y voluntariamente pletórico, casi como si quisiera avasallar al espectador ante lo impresionante de una cuidada puesta en escena.

La secuela enriquece a la original; expande su universo y sus formas. Da relieve, incluso, a los trazos que quedaban apenas dibujados en la antigua, y además recrea con buen tino una historia con fundamento, sentido y buena dicción. Los acordes de Vangelis vuelven a sonar entre lágrimas y aguanieve bajo la batuta de Hans Zimmer y de su socio Benjamin Wallfisch. Y, por supuesto, está Harrison Ford de nuevo en su enigmático papel, más enigmático si cabe tras esta nueva entrega.

Sin embargo, pese a todas las virtudes, el filme de Villeneuve también presenta flaquezas y, al contrario de lo que pueda parecer, no se trata de problemas derivados de la comparación. Lo casual de algunos preceptos, lo arbitrario de algunas decisiones… Jared Leto apenas casi dibujado en sus motivaciones como villano y, sobre todo, la excesiva verbalización que inunda en general toda la obra son puntos que molestan a la degustación de un plato elaborado, no cabe duda, con el tino y esmero que merecen los autos sacramentales —¿acaso el matiz «de culto» que desde los noventa acompaña el título no tiene un punto religioso?—.

En todo caso, se trata de transgresiones veniales. De hecho el propio filme original ya fue considerado tan críptico que fue estrenado con un voice over explicativo de la trama. Blade Runner 2049 no defrauda ni a fanáticos ni a seglares, y solo el exceso de metraje pudiera suponer una traba para quien desee explorar, una vez más, los horizontes más allá de la puerta de Tannhäuser.

Y a partir de aquí los spoilers.

Comenzaré por lo malo: Blade Runner 2049 se sostiene sobre una premisa que suena a casualidad. Si repasamos la trama, el personaje de K va a dar justo con los huesos de Rachael, la replicante experimental con la que huyó Deckard y que resulta que tenía la capacidad de tener hijos. Junto a los huesos, K se encuentra con una fecha que le resulta familiar: un número que recuerda de un viejo caballito de madera de cuando era niño. Pero K es un replicante, y es consciente de que sus recuerdos deben ser implantados. Por ello acude a la Dr. Ana Stelline, creadora de recuerdos, para preguntarle si el suyo es o no genuino. La doctora, que no deja de ser el oráculo de esta historia, hace dos afirmaciones entre lágrimas que trastocan por completo al pobre protagonista: el recuerdo es real, y es ilegal implantar recuerdos reales en replicantes. K, cariacontecido, empieza a creerse que es él mismo el primer replicante nacido por cesárea; que es él mismo el niño al que debe destruir para evitar males mayores, y que, quién sabe, lo mismo por eso de haber «nacido» quizá pudiera ser que tuviera alma.

Pero no. K no es el elegido. La elegida es, precisamente, la Dr. Ana Stelline.

Por ello, todo parece indicar que esta doctora ha transgredido la ley al implantar un recuerdo suyo real, y que precisamente de entre todos se lo ha ido a implantar al replicante que va a dar con la pista de su nacimiento. Por supuesto, esto es conjetura. Es igualmente posible que esta doctora se dedique sencillamente a implantar sus propios recuerdos a todos los replicantes con los que ha trabajado —y que por eso son «tan buenos»—, aunque suena complicado que lleve tiempo operando al margen de la ley.

Por seguir con lo malo: los tristes villanos. Aquí es inevitable realizar la comparación. Uno ve a Roy aplastando cráneos y cociendo huevos y siente que tiene una finalidad; que tiene un objetivo y que es, incluso, comprensible. Un ser con una inteligencia superior condenado a tan solo cuatro años de vida es normal que esté cabreado; el normal que quiera poner una hoja de reclamaciones y pedirle a su creador que amplíe el grifo —siguiendo el lema de su compañía— para que los replicantes puedan realmente ser «más humanos que los humanos». Jared Leto no tiene esta finalidad.

Leto interpreta a un villano «artista»; un malvado meticuloso y obsesivo que aspira a lograr aquello que, según parece, ya se había conseguido antes del «gran apagón» en la corporación Tyrell: que los replicantes engendren. Ahora bien, ¿qué pasa si no lo consigue? Probablemente nada. ¿Qué le motiva a alcanzar ese fin más allá que la mera voluntad? Realmente nada. Mientras que la desesperación de Roy deriva de una premisa de vida o muerte —y, consecuentemente, el miedo a morir, tema bastante humano—, lo que motiva al villano de Blade Runner 2049 no es más que su propia megalomanía, igual que a cualquier malo mediocre de cómic. Y su gerifalte obviamente no va más allá.

Habría que hacer mención aparte del «frente de liberación replicante» que aparece con descaro en escena de manera claramente instrumental: la tuerta y su cuadrilla rescatan a K cuando lo necesita; le cuentan sin que él lo pida lo que tiene que saber y, además, le enfocan hacia su siguiente misión. De hecho, casi casi le salvan la trama justo antes del tercer acto. Por las bravas. Porque sí.

Y ahora lo bueno. Lo realmente bueno. No ya la puesta en escena, factura visual, realización y demás detalles. Lo que realmente me ha hecho salir contento del cine: el personaje de K supera, en mi opinión, al personaje de Deckard. Perdonen la blasfemia.

Por muy Harrison Ford que sea, reconozcámoslo: Deckard en la película de 1982 no tiene ninguna motivación de peso para hacer lo que hace. Es reclutado por un jefecillo que le obliga a hacer un último trabajo que no quiere hacer y del que parece que se podría librar muy fácilmente. Nada le impulsa a ir por las calles disparando a replicantes por la espalda; nada le lleva a efectuar una investigación detallada sobre un caso que, de hecho, rechaza en primera instancia. Se podría considerar que lo mueve el afán de venganza por lo que le han hecho a su compañero Blade Runner al comienzo del filme, pero ni eso: no solo apenas lo menciona sino que además da la impresión de que no le cae demasiado bien. No. Ni siquiera Deckard sabe por qué está haciendo el «trabajo de hombres» que ha terminado haciendo. ¿Será que es él también un replicante y está programado para ello? Pues quizá. Eso lo explicaría todo al tiempo que reduciría al personaje a algo tan programado, tan frío y carente de voluntad como un reloj de muñeca.

K, en cambio, sí tiene una motivación que no es en absoluto baladí. Es cierto que comienza el filme cumpliendo órdenes, incluyendo la de destruir todas las pruebas que muestren la existencia de un niño—nacido-replicante y, muy especialmente, la de dar matarile a dicho infante si llega a topárselo. No obstante, pronto la cuestión adquiere un matiz personal. Desde el segundo en que la fecha de su nacimiento resuena en su mente, K ya no trata de buscar al niño perdido: trata de buscar la verdad sobre sí mismo; trata de descubrir si finalmente es un replicante-vivípero, trata, en definitiva, de comprender si cabe la posibilidad de que pudiera, como él dice, «tener alma». Y en esta búsqueda entra Joi, el personaje interpretado por Ana de Armas.

Joi no es más que un divertimento. Una asistenta virtual. La Siri de mediados del siglo XXI que se manifiesta en forma de holograma construido a partir de inteligencia artificial. Pero K la ama. Vamos si la ama. La ama tanto que de hecho es lo único que veamos en el filme que le importe lo suficiente como para llevar siempre consigo. El caballito de madera —esto es, su identidad— y el instrumento donde almacena a Joi. Su confidente, su ayuda… y un claro ejemplo de amor romántico: una figura inasible solo alcanzable a través de la suplantación vicaria de alguna prostituta probablemente también artificial. Una entelequia.

Cuando llegamos al revés del segundo acto, el protagonista ha perdido todo cuanto le motivaba. Ha perdido su encontrada identidad, pues la tuerta le ha espetado que es un pellejo como cualquier otro, ni más ni menos; y ha perdido a su amada —la villana le ha roto el juguete—. Por ello, el encuentro con ella en la calle con la peluca rosa, a tamaño gigante, desnuda y objetificada sexualmente, no es sino el acicate que precisa para emprender por fin algo bueno y desinteresado. En el momento en que K experimenta realmente la pérdida y es expuesto ante ella —igual que George en Qué bello es vivir— es capaz de comprender finalmente al personaje de Deckard y el sacrificio que ha realizado durante toda su vida. Y decide ayudarle, claro, de la mejor forma que se le ocurre.

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Wonder Woman no es mujer

Mucho se ha hablado y se ha escrito sobre la importancia que tiene el filme Wonder Woman, especialmente por el hecho de estar dirigido y protagonizado por mujeres y por…

Wonder Woman

Título original: Wonder Woman; Dirección:Patty Jenkins Guión: Allan Heinberg (Historia: Zack Snyder, Allan Heinberg, Jason Fuchs; Personajes: William M. Marston); Música: Rupert Gregson-Williams; Fotografía: Matthew Jensen; Reparto: Gal Gadot, Chris Pine, Robin Wright, Connie Nielsen, David Thewlis, Danny Huston, Elena Anaya

Mucho se ha hablado y se ha escrito sobre la importancia que tiene el filme Wonder Woman, especialmente por el hecho de estar dirigido y protagonizado por mujeres y por presentar un rol activo, protagónico y autosuficiente del género en la gran pantalla; algo cuya excepcionalidad, no cabe duda, ha sido y es una insoslayable injusticia. No obstante, en lo narrativo creo que la película no supone realmente ningún avance en este sentido más allá de mejorar la media del resto de producciones de la nueva hornada de la factoría DC —lo cual no era difícil—.

Ojo, no quiero decir con esto no sea loable que un filme de superhéroes se centre en una mujer y la muestre capaz, independiente y heroica; no quiero decir que no sea positivo que el rol de la mujer aparezca en la pantalla en un plano de igualdad —incluso superioridad— con respecto al hombre; ni quiero decir que no sean necesarios más papeles de mujeres protagonistas con este calado, éxito de taquilla y aceptación social. Todo esto me parece sin duda un enorme acierto, y sería digno de alabanza en la película. Pero me temo que no puedo reconocérselo por un motivo muy sencillo: Wonder Woman no es una mujer.

De hecho, no es siquiera una de las Amazonas con las que se ha criado. Wonder Woman es una semidiosa esculpida del barro y dotada de vida por Zeus para cumplir un determinado fin, y esto la sitúa en un rol diferenciado de todas las demás mortales —ya sean Amazonas o mujeres terrenales—, por encima de las que se posiciona de forma gravosa en el filme. La película, con guión de Allan Heinberg, parece que se esfuerza incluso en remarcar la diferencia contraponiendo a la heroína con las mujeres de verdad, siendo estas últimas apenas representadas por las víctimas de la guerra, la villana enmascarada o la desdibujada Etta Candy, personaje que carga sobre sus espaldas la única representación de su género con diálogo y que es más bien torpe, más bien cobarde y en todo caso doblegada a los designios de sus jefes varones.

Sentado en la sala me llegó a parecer el tema incluso insultante. Mientras que la villana es tildada abiertamente de «bruja» y es a la par temida y odiada por todos —incluidos sus secuaces—, la hercúlea protagonista causa admiración esquivando las balas en las trincheras sin más apero que su escudo —regalo de Zeus— y el atuendo de guerra de su pueblo que, según decidió un dibujante —varón— de cómics en los años cuarenta, consiste en una coraza-corsé palabra de honor con minifalda. El resto de soldados la miran embobados y se preguntan de dónde ha salido semejante criatura, como repudiando en el subtexto a todas las mujeres reales; como si la única mujer merecedora de su admiración, su respeto y camaradería —y de formar parte de la Liga de la Justicia— tuviera que ser, por lo menos, una diosa guerrera venida a la Tierra con el cuerpo de una concursante de Miss Universo.

En lo narrativo tampoco hay mucha mejoría. Wonder Woman viene al mundo con una misión y, simplemente, va caminando a cumplirla. Apenas se encuentra en su camino ningún obstáculo; apenas se tiene que enfrentar a ninguna decisión trascendental, y apenas se topa con nada que pueda retenerla toda vez que, como es sabido, es prácticamente invulnerable. El arco dramático de su personaje es plano como el horizonte: al terminar es exactamente la misma que al comenzar, sencillamente alguien que cree que hay bondad en el corazón de los hombres, y ya.

Mucho más interesante resulta la trama olvidada de su madre, la reina amazona Hippolyta, que sabe que su hija está predestinada a luchar contra el dios de la guerra para salvar a los hombres y no la quiere exponer a eso; más interesante resulta la trama del coprotagonista, espía durante la guerra que logra escapar in extremis para llevar un secreto a sus comandantes y que se ofrece para cumplir la misión que pondrá fin a la contienda, aun sabiendo que va a morir en ella; mucho más interesante resulta la trama de la general amazona Antiope, que adiestra a su sobrina en secreto en el combate a sabiendas de que su independencia y libertad dependerá en gran medida de ello…

Pese a todo, la película es correcta en su ejecución y su éxito es motivo de alegría. No sólo rompe el techo de cristal que condenaba a las féminas guerreras al fracaso taquillero, sino que además ha permitido sembrar un debate en las calles necesario. Y, oye, lo mismo a alguien le da por seguir la filmografía de la directora y descubre The Killing o Monster, mucho mejores que esta y con mucho más fundamento feminista.

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