Hay autores que a uno le gustan mucho, por el motivo que sea, y a los que sigues los pasos desde los inicios. Sean buenas o malas, lees todas sus obras y las analizas de un modo crítico, como harías con los pasos que da cualquier amigo al que aprecias. Con el paso de los años puedes seguir su trayectoria vital, al menos la parte de ella que deja traslucir en sus escritos —que siempre se cuela algo— y compruebas cómo evoluciona, a la par de sus libros. Cuando una de sus novelas te llena, te une a él/ella un íntimo sentimiento de agradecimiento y una secreta y sincera felicitación. Cuando da un patinazo… te decepciona, como si el libro «fallido» hubiera sido escrito sólo para ti.

A mí me une esta relación con Arturo Pérez-Reverte. Me cautivó para siempre como columnista hace años y he leído todas y cada una de sus incursiones en la ficción. Disfruté como un enano con La reina del Sur o El maestro de esgrima, comprobé sorprendido la incontestable brillantez de la saga de Alatriste —quizás un futuro referente en la Historia (con mayúsculas) de nuestra Literatura contemporánea— y maldije como un perro ante pestiños infumables como El Asedio, La carta esférica o El pintor de batallas, como si cometiese una ofensa personal contra mí, que ni lo conozco ni tengo el gusto de haberle estrechado la mano jamás, en agradecimiento por los buenos ratos pasados.

Por eso, al abrir su última novela, El tango de la Guardia Vieja, pasé las primeras páginas con expectación. «A ver qué tal te has portado esta vez, Arturo». Ante mí, el temor de que, tras cada línea, sólo pudiesen advertirse trazas de «revertianismo», si me permiten el palabro: lugares comunes, requiebros, tics y recursos que no dicen nada, más allá de dejar una impronta, que hace a cada libro identificable con una determinada firma. Vacuidades sin peso, que sólo verían quienes han leído todos y cada uno de sus libros, artículos y columnas… y otra novela más al baúl de los desengaños.

¿Conclusión? Don Arturo se hace mayor. Lejos de arriesgarse con planteamientos, temáticas innovadoras o dibujos complejos de personajes, recurre al terreno en el que más cómodo se encuentra: la figura del antihéroe en retirada, la nostalgia de tiempos pasados, la decadencia del hoy y la agridulce opulencia de la gente de la vieja escuela. En el tango, en el amor, en la vida… A favor, una trama doble, en tiempos y espacios separados, aunque paralelos en la presentación al lector. Sendas historias de aventuras de ladrón de guante blanco, de gente lujosamente vestida, de cruceros, sedas, pitilleras y pecheras almidonadas. Y, obvio, una historia de amor y pasión que resiste al paso del tiempo. Un pelín de olor a naftalina, quizás, pero pasable para olvidarse de urgencias y miserias presentes, para recordar los oropeles del pasado reciente y comprobar cómo se escribe de verdad, con defectos y todo, pero con la soltura que dan el talento y la experiencia. Como si no costara.

¿Entretiene? Sin lugar a dudas. Don Arturo ha escrito las palabras suficientes, con la suficiente delicadeza y conocimiento, como para dar a luz un ladrillo digno de la hoguera (aún no comprendo la rueda de molino que me hizo tragar con El Asedio) Pero temo que, Alatriste mediante, Pérez-Reverte no quiere mojarse más. Prefiere vivir cómodamente de las rentas y sacar una novelita «estándar» cuando la editorial se lo pide, para pagar las facturas. A pesar de la Academia de la Lengua, de la fama y el prestigio, de los éxitos de ventas y de todo lo demás, Reverte cada día se parece más al Reverte que sus obras han hecho de él. El «revertianismo» lo ha atrapado sin remedio y se está transformando en un señor maduro y gruñón que, en sus columnas y en sus libros, no hace más que contarse canas en la barba, mirar atrás y repetirse a sí mismo «Con lo que hemos sido, pardiez» ¿Calidad literaria? La suficiente, por llamarse Reverte, y muy por encima de la media de los mediocres. ¿Documentación, ambientación, descripción fidedigna de personas, sentimientos y lugares? Los que se necesiten. ¿Estremece? No ¿Pasará a la historia? El tiempo dirá, pero lo dudo. Aún lo tengo sobre la mesilla, decidiendo si guardarlo en la estantería de aciertos o relegarlo al baúl de los recuerdos, que es de lo que vive Don Arturo.

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