[Descolgamos] Disculpe, sí, ¿es el dueño de este negocio? Sí, verá, es que, en su puerta, la carta pone que tienen caracoles, pero luego, cuando me he sentado a comer, me han puesto magdalenas. ¿Cómo? Ah, ya… vale. Entiendo. Que han dejado los caracoles para mañana, que hay fútbol y viene más gente. Sí, claro. Pero es que en su puerta pone… sí. Ya.. ya… Pero es que… Ya… El fútbol… Claro… Sí. Gracias, eh. Gracias. Adiós [Colgamos] Miramos un espejo y constatamos lo evidente: tenemos cara de tontos.

La semana pasada asistimos a un espectáculo lamentable de nuestra televisión generalista: pusieron un episodio repetido de Pesadilla en la cocina en vez de uno nuevo. Crisis mundial. Apocalíptico. La gente salió a la calle a manifestarse. Oí actos vandálicos, gritos… Los coches pasaban pitando de madrugada… Vale que también había ganado la Selección Española contra Italia, pero estoy convencido que el alboroto generalizado se debía a Pesadilla en la cocina más que al penalti que paró Casillas. [Silencio incómodo] Bueno, a lo mejor no.

Que una cadena de televisión haga contraprogramación no es nada nuevo. Estamos francamente acostumbrados. De hecho, tampoco nos importa demasiado que se salten a la torera la ley que obliga a las cadenas a anunciar con varios días de antelación los cambios en parrilla. Es la Selección Española, obvio. Está claro que si el partido se alarga en Telecinco no podemos poner nuestro episodio fresquito en la Sexta. No. Hay que echar mano de alguno repetido, que no vamos a tener audiencia, hombre, y eso no puede ser… Es bastante lógico. ¡Son los números! Todo el mundo lo entiende. No se hunde la economía mundial por eso. Tampoco pasa nada, a ver, vamos a poner Pesadilla en la cocina, como siempre. Por echar un episodio antiguo no nos saltamos del todo la programación…

Es cierto que el caso no reviste mayor trascendencia. Que yo sepa no hubo suicidios en masa ni nada por el estilo. Poner un episodio repetido en lugar de uno nuevo no es para tanto… Hemos aceptado que contraprogramar no es para tanto. Claro, el problema viene cuando se hace sin avisar, cuando se viene anunciado lo nuevo a bombo y platillo, y cuando se traiciona el interés de los espectadores. Porque eso ya no es contraprogramar, sino engañar al respetable pura y llanamente, convertir todas las parrillas de programación publicadas en webs y prensa en papel mojado —o publicidad engañosa, ¿quién sabe?—, y de paso reírse en la cara de la audiencia dejando claro que para lo que importa sólo representa un dato, un porcentaje en función del cual vender más o menos publicidad. ¡Son los números!

No podemos quejarnos. Al fin y al cabo no tenemos ni voz ni voto ni factura ni albarán. ¿Dónde está la hoja de reclamaciones en las cadenas de TV? Nada. El espectador engañado no puede hacer nada: cambiar de canal, apagar la televisión y ponerse a leer si acaso, pero poco más. A la mañana siguiente seguiremos presas del oligopolio de la televisión española: la pública, Atresmedia y Mediapro, y sus guerritas de audiencia. Nuestras tres cadenitas de país emergente; de nuestra pseudo economía de mercado; de nuestra hipócrita y supuesta libertad de información. ¿A quién hay que quejarse? ¿Sirve de algo?

Lo grave de la semana pasada no es el cambio de programación. Lo grave es la cara que se nos queda a todos frente a la tele con el mando en la mano. Incluso el propio Alberto Chicote estaba, el muy infeliz, promocionando el episodio nuevo en Twitter instantes antes de que empezara el repetido. Pobre. Un engañado más. Un espectador más, como todos, ninguneado, defraudado, y probablemente mirando la pantalla de la televisión igual que todos: con cara de tonto.