No sé de ninguna serie que haya conseguido lo que ha hecho The Killing: volver a las pantallas después de haber sido cancelada dos veces. 

Debo confesar que no la había visto en su día. Sabía que era un remake de la danesa Forbrydelsen, pero poco más. El logro de la resurrección fue el primer causante de que me sumergiera en ella. Comencé con el piloto y, como quien cae presa de una buena novela, he ido viéndolos uno tras otro casi de forma maratoniana. Pero es que resulta inevitable no hacerlo así, sobre todo a lo largo de la primera temporada de la serie, sin duda la mejor de las cuatro que han resultado al final, a pesar de terminar de la manera en que terminó. Sería sencillo narrar las tramas de cada una de las temporadas en base a sus distintas investigaciones, pero desmerecería por completo la complejidad y riqueza que presentan todas y cada una de las capas de que se compone la propuesta y que rodean de manera permeable a la protagonista, la agente Linden. Sí. Como lo leen. Capas. No se asusten, que no es tan difícil.

En un primer nivel tenemos la que podríamos titular como «la trama del dibujo», que es común a las cuatro temporadas. Se trata de una historia que nace en el pasado de Linden y que se va narrando a retazos. Sabemos que tiene algo que ver con el asesinato de una prostituta; que guarda relación con el antiguo compañero de la detective; que la obsesionó de tal manera que terminó pasando una temporada en un psiquiátrico, y que todavía la atormenta a través de un dibujo bastante siniestro que siempre va con ella, obra del que fuera hijo de la víctima que hacía y hacía una y otra vez. Esta trama es realmente el nexo de unión entre todas las temporadas, y es la que realmente llevará al personaje a experimentar altibajos emocionales de enorme trascendencia. Sin embargo, las que les engancharán serán las tramas básicas de cada una.

The Killing

Hubo quejas generalizadas ante el final de la primera season de la serie, sencillamente porque no resolvía el crimen. Temporadas uno y dos siguen la misma historia: encontrar al asesino de Rosie, una adolescente que ha aparecido en el maletero de uno de los coches de la campaña electoral de un político local. Cuando por fin se reveló la clave, The Killing experimentó su primera cancelación y su primer resurgimiento. Volvió con una tercera temporada más emparentada que ninguna otra con la «trama del dibujo», regresando el antiguo compañero de la protagonista a escena e introduciendo elementos que van creciendo en complejidad dramática hasta terminar con Linden en un lugar muy profundo, muy siniestro y muy oscuro. El argumento: la pornografía infantil. Para desesperación de los fans, ahí cayó la segunda losa. Imagino la cara de pánico de algunos al ver dónde habían llevado los hechos a su protagonista y la sensación de que la historia iba a quedar inconclusa. Afortunadamente ha venido Netflix a remediarlo, financiando una cuarta temporada de temática diferente —varios asesinatos relacionado con una academia militar de jóvenes— pero que realmente no es sino el tercer acto de la «trama del dibujo». Cierre y, de nuevo, cancelación, esta vez final. ¿Me van siguiendo? Pues la cosa no termina aquí.

A todas estas investigaciones se unen las subtramas de relación que se dan entre todos y cada uno de los personajes, comenzando por la relación tosca, cruda y sincera de Linden con su nuevo compañero, el hiperactivo ex-toxicómano Holder. Condenados a entenderse, el vínculo entre la detective y el aspirante a sucederla se mezcla con otras subtramas entre otros miembros del reparto: la familia de las víctimas, las víctimas entre ellas, los condenados, los políticos, los asesores de la campaña de los políticos, los policías y, muy especialmente, la familia de la protagonista. En efecto, a diferencia de cualquier otra propuesta del género, The Killing no consiste sólo en resolver el crimen de una chica tal sin cara ni familia como sucede, por ejemplo, en True DetectiveNo. En The Killing las víctimas tienen cara, y nombre, y padre, y madre, y hermanos pequeños, y amigos, y sueños, y aspiraciones… y secretos. Esto quizá sea lo segundo que les enganche. La serie transpira realidad.

¿Suficiente? Pues aquí no termina la cosa. Además de todo esto, tenemos, cómo no, los arcos de transformación de los propios personajes. Linden, que vive con el trauma de su abandono por parte de su madre cuando era niña verá cómo su obsesión por el trabajo la hace abandonar a su vez a su propio hijo, fruto de una relación que no terminó bien —sí, digamos que Linden fue doblemente abandonada—. A esto se suman sus relaciones amorosas, tanto la que vivió con su antiguo compañero —a la sazón casado y con una hija— y la que está viviendo con su pareja actual, con quien está a punto de casarse. Holder, su compañero, no se queda atrás: al problema de su pasado en el departamento de narcóticos —que le granjeó alguna que otra adicción— hay que añadir su propio trauma familiar con su hermana y su sobrino. Para él, estar «limpio» y convertirse en un buen policía será una pieza importante para su estabilidad emocional. Pero ojo, que la cosa no se queda en los principales: los secundarios también evolucionan, desde el concejal que tiene que superar la muerte de su mujer para lograr triunfar en la campaña hasta la madre la víctima, que abandonará a su familia cuando la pérdida de su hija le cambie la existencia, o el padre de la pequeña, que abrirá la caja de los truenos de su pasado como matón del capo local.

¿Complicado? De alguna manera todo está organizado para que encaje. Y ahí reside el logro de toda la propuesta: no es un culebrón. La complejidad dramática denota una reflexión sobre la vida, la muerte, el poder y, por encima de todo, la feminidad. En efecto, The Killing es una historia de mujeres. Pero no de mujeres-objeto, víctimas de las disposiciones asesinas del killer de turno; también de mujeres-sujeto. En cierta forma guarda con The Fall algunos parecidos temáticos, aunque, si me lo permiten, The Killing los desarrolla de una forma un tanto menos obvia: Linden no viste blusas de seda ni aparece en escena con su ondulada melena perfectamente peinada, más bien es fan de la coleta de andar por casa, los jerséis de lana bajo el chubasquero y cero maquillaje. Porque, ante todo, Linden es una mujer real, con todo lo que eso implica.

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La producción es excelente. La fotografía captura el ambiente gris y agobiante de una ciudad constantemente bajo la lluvia. El ritmo atrae, con altibajos, si bien cada episodio tiene un cliffhanger  que justifica el visionado de las partes más tediosas. Cada temporada cuenta con un capítulo «contrareloj» —cuando la vean sabrán a qué me refiero—, y sus influencias navegan por todo el noir televisivo de los últimos años —se la ha comparado con Twin Peaks —, si bien, en mi opinión, tiene más de El Silencio de los Corderos que de cualquier otra cosa —no en vano su oscarizado director Jonathan Demme firma dos episodios, entre ellos la finale—.

El último resurgimiento auspiciado por Netflix viene a confirmar una estrategia excelente: si estás suscrito al videoclub no sólo puedes tragarte del tirón las tres primeras temporadas, sino que además tienes de regalo para ti, por ser tú, los seis episodios de la cuarta que introducen una nueva investigación, cierran las tramas precedentes y además tienen una mayor duración. ¿Buen plan, no les parece? Netflix ya ha anunciado que desembarcará en España en 2015. Los de siempre ya pueden ir temblando.