Después de una larga espera por fin ha llegado a nuestras pantallas The Knick, el drama médico de Steven Soderbergh.

El primer acercamiento a The Knick tiene un regustillo de lo más familiar. Fíjense: doctor eminente pero antipático, drogadicto y prepotente; equipo con un jovencito, un guapo, una enfermera y un afroamericano; un hospital con problemas económicos bajo el control, entre otros, de una mujer poderosa… ¿Les suena? Exacto. Es House, otra vez. Las similitudes son tantas que incluso ambas comparten el aire cosmopolita del estado de Nueva York. No obstante, las diferencias superan, con mucho, a las similitudes, comenzando por la más evidente: The Knick se ambienta a principios del siglo XX.

La premisa temporal no es tontería, influye en todas y cada una de las tramas que se desarrollan en la serie. Si en House tenían que bregar con los problemas médicos y andaban a expensas de los condicionantes tecnológicos, en The Knick directamente no tienen electricidad; si en House estaba siempre presente el conflicto racial, en The Knick sencillamente no quieren al negro, ni los doctores ni los pacientes; si en House la adicción del protagonista a las pastillas de Vicodina que tomaba para su dolor crónico era un punto fundamental de su idiosincrasia, en The Knick al doctor John W. Thackery apenas le queda una vena limpia en la que inyectarse la cocaína de la que ya es dependiente.

No estamos ante un procedimental, ni encontraremos guiños humorísticos por parte de un protagonista cachondo. Las tramas de los secundarios apuntan maneras: las religiosas que aplican métodos de parteras «tradicionales» y fuman en los jardines; los conductores de la ambulancia que roban pacientes acaudalados a los demás hospitales con bates de baseball como argumento; los oficiales del departamento de sanidad de la ciudad, que se llevan la correspondiente mordida por cada subsidiado que trasladan al quirófano, y la bancarrota del centro como paraguas de todas las historias de vida y muerte en las camillas. Conflictos de clase, de género, de raza, además de los sexuales y económicos de toda la vida, en el Nueva York de los inmigrantes tísicos y la mano de obra infantil.

Escriben todos los episodios los guionistas de telefilm Jack Amiel y Michael Begler, y dirige Soderbergh sin tregua. Sí. Sin tregua, y por dos motivos: primero porque firma él todos los episodios de la primera temporada y, en segundo lugar, porque su exhibicionismo morboso no deja margen para que el espectador resuelle. ¿Querían realidad? Pues dos tazas. Van a ver sangre, tripas, evisceraciones, contusiones y fluidos de todo tipo, textura y color; van a asistir a cruentas intervenciones sin más anestesia audiovisual que, en el mejor de los casos, un sutil desenfoque hacia la mirada de los cirujanos; van a acompañar hasta al quirófano a toda suerte de enfermos, entre esputos y sangrías. El arranque de la serie no puede ser más elocuente: del plano subjetivo de una prostituta desnuda pasamos, inyección de coca mediante, a una dramática cesárea por placenta previa veinte años antes de que el oscense doctor Pagés inventara la epidural.

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El ritmo es bueno, la ambientación y la fotografía interesantes, aunque con las consabidas digresiones musicales y el fetichismo estético por los detalles del vintage, por otra parte, más actual: desde los botines hasta las gafas de sol del novecento neoyorkino. El personaje interpretado por Clive Owen —inspirado libremente en el doctor William Stewart Halsted, uno de los fundadores del hospital Johns Hopkins— resulta un tanto amargo y prepotente, aunque no se termina de vislumbrar si su prepotencia deviene de cierto instinto profético —al comenzar el episodio diseña la herramienta específica que va a necesitar en la inesperada urgencia médica del final—, o si es simplemente la influencia de los estupefacientes en su torrente sanguíneo. La amargura, por otro lado, parece relacionada con la pérdida del que fuera su mentor en la ficción.

En resumidas cuentas, una propuesta que promete y de la que no me atrevo a decir mucho más habiendo visto solo el piloto. Este tipo de series de equipo fijo de guión y dirección suelen prestarse a engaño en sus primeros episodios. De hecho, hay que acercarse a ellas más como una película de diez horas que como una serie al uso. No nos vaya a pasar lo que nos pasó con True Detective.