The Player

2015, NBC. Creada por John Rogers y John Fox. Reparto: Philip Winchester, Wesley Snipes, Charity Wakefield .

Advierto, para ser honesto con los lectores de esta página, que 1) escribo esta reseña en mitad un calentón-cabreo de proporciones bastante curiosas 2) que, a pesar de no ser especialista en estas lides, me considero lo suficientemente dotado en intelecto para no hacérmelo encima —al menos en condiciones normales— por lo que soy capaz de distinguir un producto malo de uno digno. En ocasiones hasta sé diferenciar las buenas apuestas de ficción y entretenimiento televisivo de las ventosidades mentales de algunas productoras y 3) no pretendo insultar ni ofender a nadie, a pesar de las líneas precedentes y de las que siguen.

Es cierto que la ociosidad navideña, el exceso de tiempo libre y la patética oferta televisiva generalista en estos días son ingredientes que suele cargar el diablo, ataviado con cornamenta de reno. Y también es cierto que no hay que ser un amante de Søren Kierkegaard o del cine de arte y ensayo para saber, de antemano, lo que es The Player: una serie de acción, sociedades secretas, misterios misteriosos y clichés en línea y en batería como si no hubiera un mañana.

Con su protagonista dotado de habilidades que nadie sabe de dónde salen, con su tecnología que hace «magia», su inteligencia artificial cuasi omnisciente, sus chicas guapas, sus estereotipos machistas, sus malos muy malos, sus tramas delirantes y toda la pesca. Hay hasta sudorosos torsos masculinos al viento cálido del desierto de Nevada, no se me quejen de paridades. ¡Y sale Wesley Snipes! —uno de mis brutos de acción descerebrada favoritos—. En teoría, ni se puede esperar mucho ni se puede ser demasiado exigente con The Player. Pero con determinados límites, que es a lo que voy.

Les pongo en antecedentes: la trama se centra en Alex Cane (Phillip Winchester), un ex-operativo militar de los duros como el turrón de almendra, de los de tener más cadáveres en el armario que Belén Esteban en un día malo. Un antihéroe pillado con pinzas, que es como Heidi de buenazo pero con un pasado (muy) oscuro, que se redime de sus pecados gracias a su mujer, quien lo trae por el «buen camino». A pesar de su evidente lozanía, Cane ya ha pasado por el ejercito, el FBI y cuanta agencia de inteligencia se imaginen. Joven pero con más experiencia que un legionario en su trigésimo reenganche ¿Incongruente? Esperen, que estamos empezando.

Joven pero con más experiencia que un legionario en su trigésimo reenganche

Cane se gana la vida como consultor de seguridad en la ciudad de Las Vegas, trabajando para famosos, casinos, jugadores y tal. De buenas a primeras —tan de sopetón como suena— la mujer de Alex es asesinada y nuestro pobre exmilitar convertido a segurata VIP se ve inmerso en los tejemanejes de una sociedad súper secreta —¿seriously?—. Esta sociedad, que responde al original nombre de «La Casa» está financiada por las fortunas más indecentemente inmensas del planeta. Los ricos, como son muy ricos, controlan TODAS las tecnologías de comunicaciones del mundo desde que éstas se implantaron y, gracias a una inteligencia artificial que sólo ellos poseen —contengan la risa, que no he terminado, no sean impacientes— pueden infiltrarse en cada cámara de seguridad, ordenador, teléfono, satélite, televisor, videoconsola, tamagotchi y chisme electrónico o red que quieran.

Con este inmenso poder y esta «inteligencia» equiparable casi a una deidad ¿salvan el planeta? ¿lo dominan? ¿infiltran vídeos de Falete en tanga en el YouTube? No. Lo que hacen es —ahora, ahora viene— PREDECIR delitos y crímenes horribles y, sin intervenir ni influir para nada en ellos, apostarse las inmensas fortunas que poseen —o parte de ellas—, porque se aburren del tute y el cinquillo de siempre, comprobando en tiempo real si nuestro «Jugador» (el amigo Cane) es capaz de evitar esos crímenes o no.

Las «partidas» son propuestas por un «Supervisor» (Wesley Snipes) que vela porque se sigan las reglas: no desvelar la existencia del juego a nadie y contar únicamente con los recursos, habilidades y entendederas del «Jugador» recurriendo a la asistencia puntual de la «Crupier» (Charity Wakefield). Esta muchacha no es que reparta cartas, precisamente. Además de haber pasado también por dos o tres fuerzas especiales diferentes es experta en tecnología y lo mismo te abre una puerta blindada en Pernambuco desde Las Vegas que te hackea un teléfono tecleando sobre una mesa inteligente de cristal líquido o manoteando en un holograma —tal cual—.

No todo es malo, ojo. Se han dejado una pasta y el asunto encargado por NBC no es de serie B, precisamente. Las secuencias de violencia no escatiman en crudeza, en ocasiones; las coreografías de lucha están bien llevadas, cuando Snipes entra en escena la cosa remonta un poco y tiene sus exteriores, sus localizaciones molonas, su post producción y tal y cual. Vamos, que hay medios. Pero es una pena que algo que podría ser hasta medio digno —a pesar de su sospechoso parecido con «Person of interest»— se vaya al traste por bizarradas como todas las descritas más arriba y por auténticos insultos a la inteligencia del espectador medio.

Total… los espectadores son imbéciles

¿Exagero? A ver, no sé. Hagan como yo: véanse los tres primeros capítulos, aguantando las ganas de ciscarse en todo con estas memeces que les he contado. Y, mientras se repiten a sí mismos «no puede ser tan mala, no puede ser tan mala,…» comprueben cómo en el minuto 9:06 del capítulo cuatro, en una de estas tramas marcianas, a un desgraciado le descerrajan un tiro entre ceja y ceja y el finado, ante la compungida cara de circunstancias del protagonista… ¡¡Respira!! Sí, amigos. Con una bala de 9 mm. en el cerebro y la pancita se le mueve arriba y abajo con cada inspiración, como a mí las tripas al ver semejante mamarrachada. No un microsegundo, de refilón en un plano largo. No. En un par de primeros planos y en una secuencia de varios segundos. Total… los espectadores son imbéciles.