Parece que existe alguna norma escrita en algún lugar que indica que las emisiones de una televisión pública deben cotizar en audiencia. Por algún motivo que se me escapa, de cara a los medios parecen jugar en la misma liga que los productos televisivos de las televisiones comerciales, esas que tienen que encontrar el equilibrio entre producir barato y llegar a muchos para vender cocacolas.

Mañana es muy probable que se compare el dato del episodio de hoy de El Ministerio del Tiempo con el de Supervivientes, como si fueran lo mismo, como si tuvieran la misma finalidad, y como si puestos en la parrilla se tratasen de productos equiparables, como las longanizas o los choricitos de la barbacoa del cuñado. Y es probable que algunos medios igualmente pongan en entredicho la viabilidad de la serie precisamente por el dato, dando por descontado que a TVE le interesaría mucho más producir un reality directo de cuatro horas en Honduras (la Lempira, moneda oficial de allí, está a 0,04 euros) que un producto que obliga en cada episodio a recrear una época distinta. Rentabilidad creo que lo llaman.

Obviamente, siguiendo esta lógica, el haber postergado la emisión hasta mediados de junio; el obligar al ya famoso parón veraniego —algo habitual, por otro lado, en otras mil ficciones—, y el lógico desconcierto que ha causado en el mapa de tramas eliminar a uno de los personajes principales no ayuda a la ficción en ese objetivo tan de televisión privada de los noventa de recabar shares y audímetros.

Parece que existe alguna norma escrita en algún lugar que indica que las emisiones de una televisión pública deben cotizar en audiencia

Pero no hay que culpar a los analistas. Al fin y al cabo conocen los precedentes de la cadena de todos y el miedo que parecen dar las estadísticas. El maltrato es tónica habitual de muchas de las series que financiamos con nuestro sudor e IRPF. Ni siquiera la sacrosanta Cuéntame ha estado exenta de duda —acuérdate de cuando Atresmedia pujaba por quedársela—, y en el caso de El Ministerio ha tenido que venir Netflix con su acento de gringo, con su guacamaya en el hombro, con su arcabuz de matar caníbales —como diría García Márquez— y su saca de 190 países para llevársela a su VOD rescatarla. Curioso, cuanto menos, que precisamente quienes no fundamentan su negocio en la venta de publicidad sí que hayan decidido apostar por esta ficción. ¿Será por los premios? ¿Será por la calidad? ¿Será por el INCUESTIONABLE protagonismo femenino? Lo mismo incluso es por la audiencia, tú, que aunque no tenga medidas de Miss Mundo resulta que es educada, inteligente y de buen nicho.

Sea como fuere, esta noche ponemos un punto y seguido a la serie para retomarla en algún momento después del verano, ya sea en la tele de nuestros abuelos o en Netflix. Quedaremos a la espera.