NBC, 2016. Escrita por Eric Kripke y Shawn Ryan. Producen: MiddKid Productions, Kripke Enterprises, Davis Entertainment, Universal Television & Sony Pictures Television

NBC, 2016. Escrita por Eric Kripke y Shawn Ryan. Producen: MiddKid Productions, Kripke Enterprises, Davis Entertainment, Universal Television & Sony Pictures Television

Que Timeless plagia sin conmiseración a El Ministerio del Tiempo es una evidencia que se pone de manifiesto en menos de un párrafo: trata de una cuadrilla vinculada al gobierno que viaja en el tiempo para evitar que los villanos lo cambien a su antojo y que se compone de una universitaria sabelotodo, un hombre que estará siempre fuera de lugar excepto en su época y un muchacho que ansía recuperar a su esposa muerta. Por si las similitudes dramáticas parecieran pocas, la productora estuvo en contacto con los creadores españoles con intención de comprar la serie; se les mandaron DVDs y demás material, y el parecido salta a la vista con sólo echar un vistazo a la sinopsis, su señoría. Teniendo eso claro, vamos a analizar a continuación por qué, además de una copia, parece una copia de las cutres, con perdón.

Ya de entrada suena raro que una ficción cuya premisa fundamental es que hay villanos que quieren cambiar la Historia pueda desarrollarse en un país como Estados Unidos. ¿En serio alguien en la primera potencia mundial y primera economía del Mundo —hasta que China la «sorpasse»— tendría interés en cambiar el curso de los acontecimientos? No me entiendan mal, hay muchas cosas negativas en su Historia pero, así vista en conjunto, parece que no les ha ido mal del todo. Al menos ellos no tuvieron nunca un imperio donde no se ponía el Sol, ni vieron perder uno por uno todos sus logros para terminar en una sucesión de gobiernos sin rumbo, guerras fraticidas, dictaduras y descalabros bajo palio de tarjeta black. Que me disculpen pero, ¿por qué iba a querer nadie reescribir la Historia del país de la Coca Cola? Y, aparte, ¿qué Historia? El recorrido del Ministerio americano sólo puede circunscribirse por lógica apenas a doscientos añitos desde que George Washington cruzó el Potomac hasta que Donald Trump ganó en el Supermartes. Aquí teníamos alcantarillado cuando todavía no había pisado un inglés la tierra del Nuevo Mundo, ¿en serio se atreven siquiera a plantearlo?

El piloto de Timeless comienza situando la acción en el accidente del Hindenburg, el conocido dirigible alemán que se incendió al aterrizar en Nueva Jersey allá por 1937. Presenta la historia pasada a modo de prólogo, sentando la premisa que posteriormente desarrollarán en el capítulo, exactamente como ha venido haciendo el Ministerio del Tiempo español en la mayoría de sus episodios emitidos. A continuación saltamos a la época actual. Nos llevan a un entorno universitario donde nos presentan a la que será protagonista de la serie: Lucy Preston, una profesora que parece tener bastante éxito en sus clases: tiene a sus alumnos en el bolsillo, le ríen las gracias y, por lo que dice, parece que enseña Historia desde un planteamiento crítico y poco ortodoxo. No obstante, después de una conversación en mitad de una escalera, no va a lograr la estabilidad laboral en el puesto que ansía —en el departamento que creó su madre, para más inri—.

Se introduce así el personaje principal y la que parece que va a ser su motivación —luego veremos que no—, emulando claramente la presentación de nuestra Amelia. No se han esforzado demasiado en cambiarlo. No obstante, si Amelia personificaba en sí misma su conflicto —una mujer adelantada a su tiempo—, Timeless nace con el hándicap de querer que todos sus personajes pertenezcan al presente, lo que lastra sin duda cualquier conflicto potencial que pudiera arrastrar consigo la protagonista —pues, a pesar de todo, ser mujer hoy día no es tan complicado como serlo hace un siglo—. Tanto es así que para remarcar la problemática de la protagonista en Timeless se ven obligados a recurrir a una segunda escena donde ella va a visitar a su madre, que está en coma. Allí, en un diálogo con su hermana, se remarcará de nuevo la cuestión laboral.

Saltamos al segundo personaje. Guiados por un misterioso cuaderno, una banda criminal entra a golpe de pistola en una instalación supermoderna y, según se descubre después, completamente secreta. El espectador inteligente inmediatamente se pregunta cómo una instalación supersecreta sólo tiene a dos guardias en la puerta principal y una verja que parecen abrir sin pedir la más mínima identificación, pero bueno, va, venga, dale, compremos. La banda accede a la máquina del tiempo —el espectador avezado ya sabe de qué va esto, es obvio que el huevo gigante no puede ser otra cosa— secuestra al que parece el jefe del complejo y se evapora para sorpresa de los trabajadores, entre los que está el bueno de Rufus, que es un programador del que sólo sabemos que está enamorado de la muchacha que trabaja a su lado y que es negro —algo que se encargarán de remarcar durante todo el episodio—. Vamos a créditos.

Lucy sigue en casa de su madre en coma mirando una foto antigua mientras suena música emocional para recordarnos lo importante que es ese tema para el personaje cuando de pronto Seguridad Nacional llama a su puerta. Lo siguiente es un tanto confuso para cualquier persona con un mínimo de escepticismo. Por resumir:

—Señora Preston, somos Seguridad Nacional, necesitamos su ayuda. Venga conmigo.

—Ah, muy bien.

—Este es el malo, bla bla bla, Europa del Este, bla bla bla, mató a su mujer y a su hija, bla bla bla, aquí le ven en el vídeo de seguridad.

—Ah, muy bien.

—El artefacto donde se ha subido es una máquina del tiempo bla bla bla curva temporal bla bla bla miren cómo doblo este folio bla bla bla los terroristas la han robado bla bla bla también dijeron que el viaje a la Luna era imposible bla bla bla…

—Ah, muy bien.

—Me alegra que lo comprenda todo tan rápido. Ande, suba a la máquina que tenemos de repuesto y acabe con los malos.

—Ah, muy bien.

Y ya. Ni una prueba, ni una duda. Incluso la propia Preston, todavía con el bolso al hombro y el jersey de andar por casa, acepta el juego en el segundo tres, reconoce la fecha a la que se supone que han viajado los malvados y lo acepta así, como hechos consumados. Han viajado al pasado, ¿qué podría tener eso de raro? Nada de paseíllo por las instalaciones; nada de un test previo para demostrar todo lo que han presentado en diálogo; nada de llevar al protagonista a que contemple la construcción del Acueducto de Segovia… Nada. Se lo dicen de pasada, ella se lo cree y listo. Adelante. Una señora profesora de universidad que supuestamente es una eminencia en lo suyo dando por válido que se pueda viajar en el tiempo porque un desconocido ha enrollado un folio enfrente de ella. Sólo tiene un instante de duda cuando le dicen que tiene que viajar personalmente para solucionar el entuerto —lo que se llama el «rechazo a la llamada de la aventura» siguiendo la lógica narrativa de Joseph Campbell— pero se le pasa en cuanto la jefa de Seguridad Nacional le dice que en vez de alguien entrenado para una misión así prefieren a alguien «que ame tanto la historia como para salvarla». En serio. No tiene mayor motivación que esa. Nada más. Ni la curiosidad profesional de Amelia, ni el instinto de supervivencia de Alonso, ni siquiera la casualidad que metió a Julián en el tinglado en la versión original española. Lucy está dispuesta a arriesgar su vida en un viaje temporal sobrevenido de madrugada sin previo aviso y sin más preparación que un café de cinco minutitos antes de salir porque los profesores universitarios somos así: AUDACES.

Como parece que a nadie se le ha ocurrido emplear la máquina del tiempo para ir diez minutos antes de que entren los villanos y, sencillamente, no abrirles la verja, tienen que optar por viajar hasta 1937

Sin embargo, lo realmente inquietante de este fragmento es que, durante toda la apresurada explicación del funcionamiento del relato, Lucy está acompañada por un muchacho guapo y silente que está llamado a ser su compañero de viaje. No nos han brindado la oportunidad de conocerle; no sabemos quién es ni cómo ha terminado allí, ni tampoco se molestan en indicarnos más que su adscripción a un cuerpo de élite del ejército y que, por su proxémica, se maneja bien en la situación. Incluso esboza alguna sonrisilla al ver el nerviosismo de Lucy. El mozo no abre la boca salvo para soltar algún chascarrillo, pero se trata del tercero de la discordia junto con el programador negro que hemos conocido al comienzo y que parece guardar algún secreto para la organización creadora de la máquina del tiempo. Juntos los tres, apenas diez minutos después del comienzo, ya están viajando en el tiempo como si no hubieran hecho otra cosa en su vida. Y además son superamigos aunque se acaban de conocer.

Como parece que a nadie se le ha ocurrido emplear la máquina del tiempo para ir diez minutos antes de que entren los villanos y, sencillamente, no abrirles la verja, tienen que optar por viajar hasta 1937, la época en que los esbirros están tramando sus planes, y pararles los pies en el momento. Claro, en este sentido nuestro Ministerio es mucho más consecuente con su lógica interna: no hay una máquina, por lo que no pueden viajar a placer a donde quieren. Precisan de puertas que se abren o se cierran; que ocupan lugares fijos de difícil acceso y que en ocasiones tienen comportamientos erráticos. Estas limitaciones, más que enrarecer la trama la dotan de mayor enjundia —porque suponen trabas y ayudan a la peripecia— y además sostienen el argumento lógico de todo el tinglado: no tienen otra opción que ir allá donde (cuando) se ha perturbado la estabilidad del continuo espacio-tiempo. En Timeless van al pasado porque les da la gana. O porque son idiotas, que puede ser.

Eso sí, el viaje en el tiempo a la americana es de lo más cómodo. Aparcan la máquina en un descampado en 1937 —o cae allí, supuestamente— y ellos se van haciendo autoestop hasta la ciudad con la tranquilidad de que sus disfraces de época darán el pego; que llegarán sobrados de tiempo al sitio que tienen que ir pese a no tener medios de transporte ni conocer la geografía del sitio, y que nadie se extrañará de ver un huevo del futuro de dos pisos de altura abandonado en medio de un campo. Llegan sin problemas a la taberna que buscaban; dan sin problema con la información que necesitan; acceden sin problemas a la lógica que motiva a los villanos —quieren que el Hindenburg explote en otro momento con gente más importante dentro— y, a pesar de todo, fracasan estrepitosamente en su misión. El Hindenburg aterriza sin problemas siguiendo el plan de los villanos. Claro, hay que entender que es su primera misión, que se acaban de conocer, que están en otro tiempo y demás, pero sorprende que al ver que la cosa no prendía no hubieran ellos tratado de forzarlo en pos del equilibrio histórico —que es para lo que están allí—. De hecho sorprende que el guapo del grupo se haya ido al pasado cargado con un pistolón del futuro y ni se le pase por la cabeza arrearle un disparo fatal al globo del combustible hidrógeno que movía el dirigible.

No obstante, sí utilizará el arma posteriormente para descargar cuatro disparos en el pecho de uno de los villanos —no sabemos de qué manera pretenden que empaticemos con eso, pues no era siquiera un peligroso jefecillo sino un subalterno de poca monta—, por lo que serán los tres metidos en la prisión de la comisaría de donde logran escapar cinco minutos después aprovechando una distracción que causa el programador —básicamente se encarga de recalcar otra vez más que es negro— y empleando como ganzúa los aros del sujetador de la protagonista.

TIMELESS -- "Pilot" -- Pictured: (l-r) Malcolm Barrett as Rufus Carlin, Matt Lanter as Wyatt Logan, Abigail Spencer as Lucy Preston -- (Photo by: Joe Lederer/NBC)

TIMELESS — “Pilot” — Pictured: (l-r) Malcolm Barrett as Rufus Carlin, Matt Lanter as Wyatt Logan, Abigail Spencer as Lucy Preston — (Photo by: Joe Lederer/NBC)

Así la cosa, llegamos casi sin darnos cuenta al segundo y milimétrico punto de giro de la historia. Los estadounidenses en esto de las series son muy de seguir el manual. Ahora las tornas han cambiado: el objetivo de los protagonistas es evitar que los villanos vuelen el Hindenburg con gente importante dentro, sencillamente para evitar que la historia, que ya ha sido alterada, no lo sea todavía más y de peor manera. Casi sin tiempo logran subir a bordo —esta serie parece que se fundamenta sobre los sistemas de seguridad chapuceros—; logran llevar el dirigible de vuelta al aeródromo para evacuarlo; logran desactivar el explosivo que los villanos han logrado plantar dentro y, ¿adivinan? Exacto: VUELVEN A FRACASAR. El Hindenburg explota en otro tiempo y lugar distinto al que debería. Salvarán los muebles diciendo que no hay víctimas, pero como es obvio la Historia cambia dejando secuelas en las vidas de nuestros protagonistas —especialmente en la vida futura de Lucy— y sembrando así, de entrada, la primera paradoja temporal de la serie.

Lo inquietante de todo es que en el momento en que el dirigible está ya en llamas y su tripulación ha logrado salvarse, el villano se acercará a Lucy —con quien guarda un enorme parecido, por cierto…(guiño, guiño)— y le dejará caer algo así como lo que Lola Mendieta le espeta a Amelia en el tercer episodio de nuestra ficción, con una intención casi calcada como ya se ha encargado de manifestar el propio Javier Olivares. El malo entonces hace una cosa muy rara: le dice a Lucy que conoce todos los datos y todas las estratagemas para cambiar el tiempo precisamente porque está siguiendo ¡el diario de la propia Lucy! Claro, ahí está el verdadero cliffhanger: si no han desaparecido del aeródromo en ese instante quiere decir que Lucy efectivamente termina escribiendo ese diario que los villanos usan de guía, por tanto ¿significa eso que Lucy se ha terminado pasando al enemigo? ¿será el enemigo un familiar directo de Lucy? ¡Huy qué intriga! —NO—.