Anoche terminó la primera edición de Top Chef España.

Si recuerdan, hace varios meses hablaba del programa en este blog para quejarme con toda mi rabia y mala leche. Por aquél entonces Top Chef estaba empezando y mi queja iba más bien dirigida hacia la excesiva duración del programa en su versión española. Ahora que ha terminado puedo ratificarlo: un formato que en EEUU dura tres cuartos de hora aquí lo estiramos hasta la hora y media largas —anoche superó las dos—. Ya saben. La técnica de siempre para confundir a los anunciantes con un share ficticio. Anoche ganó Begoña, a eso de la una de la madrugada…

Una vez vista la temporada completa —sí, me la he tragado— puedo destacar otra serie de problemas, a mi parecer, que vienen derivados de lo anterior. También ha habido algunos aciertos, pero pocos, poquitos, y a menudo casuales. Iré por partes. Primero los palos.

Top Chef ha tenido un problema de identidad. Nacía con el sambenito de ser la versión profesional del Masterchef de TVE, y ello traía consigo la idea de que no iba a lograr que sus participantes conectasen tan bien con el público como los fabianes y maribeles del otro espacio. Esto parece que ha calado hondo en los productores del programa. Desde el comienzo ha habido un esfuerzo notorio por incidir y pinchar en la humanidad de los concursantes, en su lado personal más que el profesional, en su faceta emotiva. Pese a ser un talent show para profesionales de la cocina, ha habido llantos, lágrimas, abrazos, madres y demás familiares, así como primeros planos ralentizados y lágrimas, muchas lágrimas. Anoche, en la final, Chicote se acercaba a los concursantes y, en vez de preguntarles qué estaban cocinando, les preguntaba por sus hijos mientras de fondo sonaban pianos y violines. Ha habido discursitos por parte de todos y a cada momento. La emoción vende, ya saben.

Junto a eso, en ocasiones el programa no ha tenido claro si era un concurso o un espacio de cocina. Por un lado, presentaban platos, productos y elaboraciones vanguardistas de la mano de los propios creadores: Rodrigo de la Calle licuó una lechuga; Ángel León los hizo cocinar con plancton, y los reposteros Frédéric Bau, Paco Torreblanca y Jordi Roca hicieron respectivamente sus postres «Caverna de limón», «Ostra de plata» y «Viaje a la Habana» con humo de un puro de verdad —para lucirse, luego los concursantes tuvieron que hacer una tarta que no tenía nada que ver con estos postres—. Después de este despliegue didáctico, a la producción no le importaba dedicar cuartos y cuartos de hora a poner la secuencia de montaje con el trabajo a contrarreloj de los concursantes haciendo sus propios platos, con una música épica de fondo, con aceleraciones y otros efectos, pero luego sólo dedicaba varios segundos a la explicación de las elaboraciones. Si querías ver la receta, tenías que esperar a que la colgaran en internet. Ni explicación, ni los ingredientes, ni los tiempos… Un «qué has querido preparar», si acaso algún comentario mientras preparaban el plato y ya. Se acabó la cocina. Todo el tiempo se iba en las luchas contra el reloj, los totales de los de los concursantes contando a cámara lo nerviosos que estaban —y la emotividad, claro—. ¿No les parece un poco bipolar, tanta explicación por una parte y tan poca por la otra? ¿Es concurso hasta que se convierte en programa de cocina para luego olvidarse de la cocina y volver a ser concurso? Mucho Top y poco Chef, me parece.

Tampoco ha tenido claro si era Top Chef o Pesadilla en la cocina. En el formato original es normal que en algún momento los cocineros-presentadores se acerquen a los concursantes, también lo hacen en Masterchef y en el resto de programas del palo; el problema es que Chicote ha practicado su coaching patentado, su chicotismo habitual de Pesadilla en la cocina. Ha probado platos, ha hablado a la cámara, ha expresado opiniones hasta el punto de descolocar a algún que otro participante… es decir, ha intervenido. Casi se parecía a otro formato culinario: la Cocina del Infierno, con Gordon Ramsay dando por saco a los participantes. Claro, el problema es que Chicote eclipsa por completo al resto de cocineros-presentadores y, si me apuran, a todos los concursantes. Su acción en el programa ha sido dura, sin el punto de coach-psicólogo de la pesadilla, y además ha tenido la voz cantante del espacio por ser el presentador principal, y eso puede llegar a cansar si no hay una resolución del conflicto —como sí hay en Pesadilla—. Al menos ha dejado algún que otro momento divertido.

A pesar de todo esto, lo cierto es que el asunto ha tenido su audiencia. Ya saben que la audiencia depende mucho también de lo que estén echando en el resto de canales, pero bueno. Dejémoslo ahí. El programa ha tenido grandes aciertos a la hora de generar conflicto entre los propios concursantes, sobre todo con la intervención estelar de la cocinera Bárbara, una mujer capaz de sacar de quicio a todos sus compañeros y sin embargo enemigos. El paso de la valenciana por el concurso ha sido una fuente inagotable de tensión que le ha dejado al espacio, sin duda, sus mejores momentos. Especialmente interesante es el punto de inflexión cuando la cocinera, sin duda la más odiada, empieza a sufrir los ataques del resto de concursantes y se gana, por eso del rival más débil, el apoyo de buena parte de la audiencia. Tensión. Share subiendo. Tensión. Share subiendo.

Otro acierto ha sido la factura audiovisual. Por mucho que lo critique, la verdad es que poner en parrilla un programa que por exigencias de quién sabe quién tiene que durar el doble o el triple que la versión original necesita una buena dosis de creatividad. Creatividad y un afilado montaje para resistir los envites publicitarios de Antena 3, que son de los que invitan al zapping —lo sabemos todos: cuando no te avisan de los minutos que dura el corte publicitario es que puedes sacar a pasear al perro, fumarte un cigarro, volver, darte una ducha, hacer un sudoku y todavía ver dos actuaciones de La Voz—. Mi aplauso va para los editores. A fuerza de músicas, bandas sonoras, planos cortos y un ritmo rápido han conseguido lo que era casi imposible: que un programa con la misma duración que la película El expreso de medianoche se haga más o menos ameno.

¿Qué le hubiera cambiado? Sin duda, de entrada, la duración. Un concurso culinario, pero concurso al fin y al cabo; con sus cincuenta minutitos de programa moderno, con su tensión, su parte de plano detalle del plato giratorio y la dosis justa de lagrimeo. Fuera discursos; fuera discusiones de si te mereces el cuchillo verde o el rojo, de si me has quitado el aceite o si no comprenden mi cocina, y fuera lágrimas y colegueo y abrazos y Ángel León con la lagrimita. ¿Qué le hubiera dejado? La tensión. El conflicto entre los concursantes. Los bandos, la pugna, la lucha entre unos y otros —pero no la discusión chabacana y cateta, sino la lucha en los fogones, demostrando—, y a Chicote, claro. Sin él, no habría llegado ni a media tempura, tú.