La llegada del frío me ha impulsado a retomar algunos asuntos seriéfilos que tenía pendiente. He comenzado por Transparent, la serie de Amazon que tan buenas críticas ha cosechado desde su estreno en febrero. Llovía fuera y se antojaba una tarde de serie y café al calor del sofá. No podía imaginarme que iba a dejarme helado.

Bueno, de entrada habría que destacar la procedencia de la serie. Amazon, la tienda de libros —y muchas más cosas— que nos trajo el Kindle de pronto va un mediodía y se pone a producir sus propios contenidos. No contentos con eso, van los muy osados y se dedican a emitirlos por su sistema digital, siguiendo la estela de Netflix, y además se atreven a revivir productos muertos nada menos que de la BBC —pronto hablaremos de la tercera temporada de Ripper St.— ¿No ven el tema? ¿No notan el aire de la revolución soplando a lo lejos? ¿No perciben un cambio sustancial en los poderes tradicionales cuando una tienda online de libros es capaz de emular a la BBC? Bueno, tal vez soy yo, que me paso de integrado. El caso es que, a lo tonto, van y ponen sobre la mesa una ficción con una valentía, un buen hacer y una modernidad que resulta apabullante en todos los sentidos.

Transparent es un juego de palabras. Por un lado hace alusión a la tan mentada transparencia; al compartir la información sin tapujos, al no esconderse nada. La verdad expuesta a la luz en toda su hermosura o su crudeza. La propuesta nos mete en una familia de clase media más o menos normal: padre ya jubilado, divorciado hace años, con tres hijos que han superado la treintena y tratan de encontrar su hueco en el mundo henchidos de autosuficiencia. Bueno, al menos eso es lo que aparentan. Tras el primer cuarto de hora el montaje empieza a revelarnos las entretelas y los vacíos. Las fachadas se desmoronan y, al final del episodio, el espectador ha cruzado definitivamente el espejo. Y quiere saber más.

Por otro lado, el título de la serie hace alusión directa a su trama principal y el eje motor que provocará, o a eso apunta, la caída de las piezas del dominó. El padre, después de muchos años, ha decidido mostrarse ante sus hijos como lo que siempre se ha sentido: mujer. Trans-parent. ¿Lo pillan? La revelación paterna es el tema en torno al cual gira todo el piloto y que, magistralmente, no se produce de la forma esperada: antes de desnudar la realidad, el narrador nos desvela los secretos que esconden todos los implicados.

Le han puesto forma de comedia, con duración de comedia, pero no lo es. Es una realidad de lo más cruda y dramática. Aunque quizá ese sea el sentido de las buenas comedias, vehicular dramas existenciales. Porque, sin duda, Transparent pone a unos personajes perdidos ante un abismo existencial donde se ven obligados a replantearse no sólo sus modelos sino el propio concepto de identidad. ¿Se imaginan que su padre de pronto pasase a ser su madre?

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Pero lo que me ha gustado de Transparent no es sólo el tema, ni el conflicto. Ni siquiera es, fíjense, que cada personaje tenga perfectamente trazada su perspectiva épica, lírica y dramática, ni que el conflicto principal nazca precisamente del choque entre ellas. Lo que me ha gustado mucho, muchísimo, ha sido la narración inteligente. Corrijo: la narración que toma al espectador por inteligente.

Acostumbrados como nos tienen por aquí a series que se pueden ver sin levantar la mirada del plato de macarrones; a la verbalización sin ton ni son; al diálogo como panacea de la comedia y del drama y del sainete y de todo, encontrar de pronto una obra que parte de la base de que sus espectadores pueden leer entre líneas es reconfortante. ¿Que si no tiene diálogos? Claro que sí, pero los tiene para lo que realmente están los diálogos en la ficción: para ocultar la verdad. Estén atentos a la metáfora de los personajes cuando se quitan la ropa. Estén atentos a las miradas, a los guiños, a los gestos. A los hechos. Las palabras sólo importan cuando no se tiene ya nada que esconder. Y ni eso.

Quizá esta sea una tercera acepción del juego que propone el título. Transparencia, y cómo esquivarla. De momento está claro que el piloto me ha engatusado. Son diez episodios y ya está en marcha una segunda temporada. Ojalá decidieran acompañarme y verla junto a mí. Eso sí, por favor, si no se la quieren perder no se distraigan con los macarrones.