La semana pasada se estrenó la que parece ser la gran apuesta de la HBO para esta temporada. True Detective se presenta como una serie sobria, con una trama compleja, bien realizada que trata… pues otra vez lo de siempre.

¡Esperen! No prendan la hoguera todavía. Sé que acusar a la sagrada HBO de hacer «lo de siempre» puede sonar a blasfemia, pero dejen que me explique.

True Detective narra la historia de una pareja de detectives que investiga un asesinato en los años noventa que es reabierto en la actualidad. La narración se estructura a partir de una serie de flashbacks que toman como hilo conductor las declaraciones actuales de los detectives, donde empezarán a aflorar las rencillas que hubo entre ambos. El planteamiento, sin duda, resulta atractivo. Los actores, Matthew McConaughey y Woody Harrelson, están excelentes —al menos en lo que hemos visto del piloto—; y la realización es un océano de sutilezas de esas que hacen del género negro un desapacible lugar que nos pirramos por transitar.

Hasta aquí todo bien. Los títulos de crédito introducen el universo onírico donde se desarrolla la trama; la banda sonora nos sumerge en una atmósfera que se hace cada vez más y más densa, y las llanuras de Luisiana nos prestan su misticismo, su amalgama de sabores, credos y etnias y, por supuesto, el ocultismo y la santería que parece ser tradicional en aquella tierra.

Y aquí comienzan los tópicos. Empecemos: pareja de detectives. ¿Lo adivinan? Exacto. Holmes y Watson una vez más. Por un lado tenemos al cerebro: frío, inteligente, atormentado, con dificultades a la hora de mantener relaciones sociales…, y por el otro tenemos al corazón: policía familiar, humano y campechano. Ya se lo saben, ¿verdad? Seguro que lo han visto mil veces en mil historias de detectives. La empatía contra el asperger de toda la vida, como en la saga Millenium. Recuerden The Bridge —la adaptación americana de la danesa Bron/Broen—. En True Detective, el personaje interpretado por McConaughey comparte con Sonya Cross o con Lisbeth Salander mucho más que los traumas del pasado… y con Sherlock Holmes mucho más que unas cuantas adicciones. De hecho, han querido hacerlo tan tan tan interesante, que han terminado por convertirlo en un bicho extravagante y raro que a la primera de cambio te suelta un parlamento del tipo:

Creo que la conciencia humana fue un paso en falso en la evolución. Nos hemos vuelto demasiado conscientes de nosotros mismos. La naturaleza creó un aspecto de ella separado de ella misma. Somos criaturas que no deberíamos existir por ley natural.

y se queda tan campante, oye, allí, en el coche, junto al camarero de Cheers, como si hubiera contado un chiste sin gracia.

Tengo que comprobarlo, pero estoy seguro de que en algún manual sobre escritura de guiones editado por cualquier gurú de estos que tanto venden debe de decirse, entre páginas y páginas de anécdotas, que los detectives tienen que ir en pareja, y que además uno tiene que ser el cerebro y el otro el corazón. Es que si no es así no me explico por qué una y otra vez el mismo tópico. Ay, si Agatha Christie, Dashiell Hammett o Raymond Chandler levantaran la cabeza y descubrieran lo mal que lo estaban haciendo al poner a sus Poirots, Spades y Marlowes como lobos solitarios… [#ironía, obviamente].

Por otro lado tenemos al psicokiller de turno. ¿Adivinan quiénes son las víctimas? Exacto: mujeres jóvenes. Y no solo se las carga, sino que además coloca los cadáveres de manera extraña y ritual, con coronas hechas con cuernos de venado y amuletos realizados con ramas. Estamos en el Estado de Luisiana, ya saben, no muy lejos de la Nueva Orleans de las brujas y el vudú. ¿Les sorprende? ¿No lo han visto ya? Desde Se7en los psicokillers han ido perdiendo la gracia al mismo ritmo que los rituales del sur profundo desde El corazón del ángel. Hasta Hannibal ha tonteado con las cornamentas de venado. Era de esperar. Supongo que por eso no pillaron a Dexter en ocho temporadas: al no ser un asesino ritual de mujeres jóvenes no cuadraba en el perfil, se salía de las tablas.

A todo esto, no podemos dejar de añadir los clásicos lugares comunes: comisaría a rebosar de orondos policías de pocas luces que no hacen otra cosa que chascarrillos a todo momento, entre donut y donut, y meterse con el detective raro, como es normal en lugares de trabajo y patios de colegio; bares de camioneros, con su explanada enfrente, sus neones de colores, su billar y su botellín de cerveza, repletos de atractivas prostitutas que siempre dicen no recordar nada pero que con el primer billete cantan la Traviata; puticlubs al estilo americano, con su barra, su escenario, su espectáculo, y su clientela habitual cien mil millones de veces vista; barrios marginales de los de toda la vida, con sus chamizos, sus paredes de chapa y las clásicas entrevistas con los detectives a través de la mosquitera de la puerta del porche. ¿A que saben de lo que hablo? ¿A que lo han visto ya?

Supongo que incidir en los lugares comunes debe ser cosa propia del género. Pasada la época de gansters, ahora toca lidiar con serial killers en los cenagosos campos del sur. El caso es que, a pesar de los pesares, la serie no es mala. Es cierto que redunda en lo que ya conocemos de otras propuestas, pero lo hace muy, pero que muy bien.

Y un buen plato bien hecho entra siempre, aunque sea lo de toda la vida.