No lo hagas. No leas Twitter, que ahí opina la gente. ¿Para qué lo vas a leer? Solo vas a sufrir. Twitter está lleno de gente tóxica. De gente mala. ¿Qué vas a sacar con eso, guionista? Es cierto que al final los tuiteros son tu público activo; son los que, además de ver tu trabajo, se toman el tiempo de comentarlo y criticarlo. Es verdad. Pero son malos y maleducados. Son troles. No saben.

No lo hagas. No leas Twitter, que ahí opina la gente

Los tuiteros son como el comensal tocacojones que le devuelve al cocinero el filete porque está poco hecho. ¡Qué sabrán ellos lo que está bien! ¡Qué sabrán ellos lo que les gusta! Si acaso escribieran… Nada. Es cierto que al final son el público más fiel, el que de verdad sigue la serie; el que mira con más atención tu trabajo. El público que es exigente porque espera algo de ti. Es verdad que, en última instancia, escribes para ellos. Pero son malvados. Y crueles. Son criticones. No los leas.

Van a minar tu moral sacándote los colores de los errores que dicen que has cometido. Nunca los aciertos. Los aciertos se los regalan a Los Misterios de Laura, al Ministerio del Tiempo, a Sin Identidad y a otras series que nunca son la tuya. Porque además de ser malos la tienen tomada contigo. Vale que alguno te valora bien, pero los tóxicos son más. O duelen más. No los leas. No sufras.

Vale más un espectador con audímetro dormido frente a la tele que catorce mil tuiteros cabreados

Además, tampoco sirven para nada. Al final el dato que es bueno es el del share, aunque esté mal medido y mediado por la programación de la competencia. Es el que importa. Vale más un espectador con audímetro dormido frente a la tele que catorce mil tuiteros cabreados opinando sobre los diálogos que tú has escrito. Piénsalo, es por el que de verdad te pagan. Los tuiteos, ruido. ¿Qué más te da a ti lo que opine el público de tu trabajo? Na. El público está para mirar y punto; para ser contado al peso, no para opinar. El feedback está sobrevalorado.

Leer los tuiteos solo podría servirle a los guionistas —a los mediocres, a ti no, por supuesto— para detectar errores; para tener un enfoque cualitativo de por qué no se está conectando con la audiencia; para encontrar los fallos y valorar qué quiere de verdad la gente que de verdad te ve. Podría ser, pero para eso hace falta capacidad autocrítica y da pereza. Mejor nos quedamos con el share. Ese es el feedback bueno: silente, cuantitativo y pata negra. El numerito que te hunde, pero que no se queja; que no te saca los colores. El número aséptico que no te insulta ni vierte improperios viscerales como los tuiteros maleducados. Quédate mejor con eso, que es balsámico.

No leas el Twitter o, si lo lees, finge total desconocimiento. Así nadie puede recriminarte que sabías lo que estaba mal —si eso pudiera darse—; serás impermeable a las críticas de los errores —si pudiera haber alguno—, y podrás seguir echándole la culpa del fracaso al programador, a la cadena, a la hora, al fútbol o a los realities de la competencia.