Mi pelea contra el doblaje viene de muy lejos. No sé si será por influencia de mis profesores, que siempre han defendido la versión original, o por mi propia cabezonería, pero recuerdo que desde antaño me he enzarzado en más de una discusión con firmes defensores del doblaje —algunos de los cuáles son ahora actores y actrices de doblaje, de hecho—.

El doblaje, de entrada, me parece algo antinatural. Y no sólo porque no deje de ser un pegote que la más de las veces contamina el trabajo de un actor profesional. Me parece antinatural, en primer lugar, porque por culpa del doblaje en nuestro país se da una de las mayores muestras de posesión demoníaca: que dos personas tengan la misma voz. Johnny Depp suena en castellano exactamente igual que Leonardo di Caprio o Jim Carrey, por poner solo un ejemplo. Esto pudiera parecer una tontería. ¿Quién se fija en las voces? Claro, el asunto se complica cuando los actores de doblaje son tan reconocibles que su voz fuerza al espectador a romper el pacto sagrado de suspensión de la incredulidad. Si ven ustedes la última edición de Superman (Donner, 1978) descubrirán que en el redoblaje le han puesto a Marlon Brando la voz de Robert de Niro —doblado por el siempre reconocible Ricardo Solans—. Esto provoca que en los momentos más míticos de la película, como cuando el padre celestial le dice a Súperman su famoso «no te inmiscuyas, Kal-El», te quedes esperando la muletilla del «abogado» que tan popular se hizo hace algunos años.

Por otro lado, el doblaje me parece una auténtica perturbación del sentido último de muchas escenas. Si ven ustedes un film reciente como Django (Tarantino, 2012) en versión original, descubrirán que los afroamericanos presentan un acento y una manera de expresarse muy diferente a los blancos en la misma película. El doblaje castellano impone una tabula rasa que destruye por completo esos matices. ¿Se imaginan a un andaluz y un bilbaíno hablando ambos con acento vallisoletano? ¿No creen que perderían de alguna forma parte de sus rasgos identitarios? El colmo de este tipo de perturbaciones se da cuando hay distintos idiomas dentro de la misma escena. En algunos momentos de la serie Dexter, que —sobre todo en su primera temporada— presenta diálogos en inglés y en español como es normal en la ciudad de Miami donde se desarrolla la trama, se da la extraña circunstancia de que en la versión doblada los policías hispanoparlantes ejerzan de traductores de testigos que hablan en el mismo idioma que todos los agentes del cuerpo.

Ahora bien, el punto más terrible con respecto al doblaje es cuando se empeñan en poner en castellano los títulos, rótulos y textos que aparecen sobreimpresos en pantalla. El último ejemplo que he visto de ello se da en la versión española de la serie de la BBC Sherlock. En esta serie, como sabrán los seguidores, se juega mucho con los rótulos en pantalla para reproducir los pensamientos del protagonista. En la versión original, estos rótulos están perfectamente integrados con la imagen, hasta el punto de formar casi parte del entorno diegético. En la versión emitida en España, en cambio, se han reemplazado los rótulos originales por un conjunto de palabras colocadas torticeramente y en varias tipografías a cual más ridícula, como la famosa Comic Sans, tan odiada por los diseñadores.

Para mí, el doblaje es como coger la Gioconda y pintarle encima un traje de fallera. No obstante, y a pesar de todo, lo cierto es que he terminado por aceptar el doblaje como un mal necesario. Al fin y al cabo, si no se doblasen series y películas estaríamos condenados a ver en televisión sólo series y películas españolas. Y eso, créanme, sería mucho peor.