House of Cards es un drama político tan cargado de suciedad, corrupción, mezquindad y antihéroes que casi casi, a la vista de los últimos acontecimientos, se puede considerar realista como el mejor documental.

Con nada menos que David Fincher (Se7en) al timón, Kevin Spacey (Sospechosos habituales, American Beauty) y Robin Wright (La Princesa Prometida, Forrest Gump) en pantalla, House of Cards ha sido uno de mis grandes descubrimientos del año. Me gustan los guiones, me gustan los personajes, y me parece que tiene una factura soberbia, actual y en absoluto condescendiente: rupturas de cuarta pared, elementos sobreimpresos, exteriores grandilocuentes y un ritmo perfecto que además no se detiene en perífrasis explicativas. Es más, me parece uno de sus grandes logros: da por hecho que su audiencia es inteligente y que no necesita que le expliquen las situaciones, conflictos y miradas cómplices de los protagonistas.

No he tenido oportunidad de revisar la mini serie británica de la que bebe —lo han vuelto a hacer, los muy hijos de la Gran Bretaña—, pero a tenor de los resultados de la versión yankee parece que el planteamiento vende: algo tan simple como que el hombre es malo por naturaleza, avaricioso, déspota y cruel; y que el ámbito de la política y los medios de comunicación son el patio de recreo idóneo para el filibusterismo de primer nivel. Por supuesto mi personaje favorito es el de la periodista, interpretada por Kate Mara [sí, hermana de Rooney], más que nada por su defensa a ultranza del periodismo 2.0 ante el obsoleto medio tradicional aunque, ojo, la premisa del «renovarse o morir» está más o menos presente en todas las tramas. Para que se hagan una idea, al lado de House of Cards, West Wing es una ñoñez sentimentaloide como un piano de cola.

Se trata de un planteamiento valiente que no duda en poner sobre el tapete los resquicios del sistema en la democracia más antigua. Casi como una crítica, o quizá como una advertencia o tal vez como llamada de auxilio —la bandera de EEUU vuelta del revés en la cabecera es muy clarificadora—, se nos muestra una realidad corrupta y tendenciosa; un sistema gobernado o por ineptos o por tiburones que no dudan en manejar a su antojo la opinión pública para lograr sus propios beneficios y atender a sus particulares intereses.

Viendo esta serie uno no puede dejar de pensar en la situación política española y en las turbias entretelas que estamos descubriendo aunque, todo sea dicho, por alguna extraña razón da la impresión de que el maquiavélico e irónico Francis Underwood es más inteligente que toda nuestra caterva nacional. Pero la cuestión principal no es esa. La cuestión que de verdad me abruma y me quita el sueño es por qué una distribuidora de contenidos online como Netflix se lanza en un proyecto de la envergadura de una serie para adultos en HD con un doblemente oscarizado a la cabeza, mientras nuestras corporaciones televisivas asentadas y solventes no hacen más que producir realities y programitas de cotilleo, dejando una irrisoria partida para la ficción nacional que, por supuesto, se reduce a tres o cuatro sitcoms deformadas, culebrones variados y alguna que otra serie de época con más desnudos que veracidad histórica.