Según se desgrana de los archivos, cuando se estrenó en 1971 la película de Pedro Lazaga Vente a Alemania, Pepe, con Alfredo Landa y José Sacristán, tuvo más de dos millones de espectadores en salas. El argumento, por aquel entonces, estaba de actualidad: a un pueblo rural de Aragón regresa Angelino (Sacristán), emigrante en Alemania, montado en un Mercedes y presumiendo de calidad de vida. Seducido por las ínfulas de prosperidad que narra su amigo, Pepe (Landa) decide emprender igualmente el viaje para buscar fortuna, pero al llegar descubre que no era todo tan bonito como se lo habían pintado. Con la misma premisa y casi el mismo escenario nos llega, cuarenta y cuatro años después, Perdiendo el Norte, una historia de emigrantes del siglo XXI que parece repetir paso por paso los ripios de su antecesora —a la que homenajea sin disimulo— y que, de forma trágica, también está de rabiosa actualidad.

A diferencia del Pepe rural de 1971, Hugo es un joven hipertitulado que, junto con su amigo Braulio, atesora en su haber una formación a base de carreras y másters que de nada les sirven en el país teutón al no hablar palabra de alemán. Por ello, en Berlín se verán obligados a compartir vida con Carla (Blanca Suárez) y su hermano, así como con un avejentado Sacristán —que bien podría ser el mismo personaje que llevara a la vida en la década de los setenta— mientras pasan penurias como pinches en un restaurante turco y hacen creer a los suyos que la vida les está sonriendo.

Una película que no llega al nivel de obras anteriores del director y guionista

Pecando del chiste fácil, y jugando con el enredo idiomático, el choque cultural y la crisis económica, la película de Nacho G. Velilla es un comedia paródica eminentemente dialogada donde no falta, como es de esperar, la historia de amor imposible. Aunque la premisa resulte interesante y la producción esté bien realizada, lo cierto es que nos encontramos con una película sin más humor que el de algunas gracias contadas en voz alta y un final tan predecible como esperpéntico; una película, en resumidas cuentas, que no llega al nivel de obras anteriores del director y guionista como Fuera de carta o Que se mueran los feos.

No obstante, brillando entre las líneas de la comedia gamberra surgen en ocasiones pequeños instantes de verdad y de crítica social que elevan la propuesta y la alejan del patetismo. En efecto, parece que se repite la historia de los emigrantes españoles del 71, pero en esta ocasión se trata de jóvenes sobradamente preparados. Se atisba una crítica descarnada, no tanto contra la crisis económica y los perjuicios del sistema, como hacia la actitud de quienes han estado viviendo por encima de sus posibilidades, y quienes siguen haciéndolo.