Una vez se me ocurrió decir ante un grupo de chavales que el verdadero villano de la saga Harry Potter era Dumbledore. Todo terminó mal. Indignación colectiva. Heridos en lo más profundo de sus corazones, los chavales se me echaron encima como si hubiera insultado a sus abuelos. Algunos dejaron de hablarme, otros me miraban mal por los pasillos, incluso un grupo se coligó en Facebook como «El ejército de Dumbledore». Pero en el fondo sabían que tengo razón.

La saga de Harry Potter, que bebe de los clásicos de Chris Columbus se ponga J.K. como se ponga, no respeta en lo más mínimo la ortodoxia de la trama del maestro-aprendiz a la que pretende pertenecer. O eso, o simplemente Dumbledore es un villano con todas las letras. Argumentaré:

En la trama del maestro-aprendiz lo fundamental es el aprendizaje. Como su propio nombre indica, hay una figura paternal que ejerce de mentor o maestro del protagonista, al que adiestra y prepara durante gran parte de la obra. En este periodo, el maestro respalda, apoya y protege al aprendiz, dando su vida por él si es necesario. Pero llega un momento en que el maestro desaparece, se retira o se echa a un lado para que el aprendiz afronte la prueba final para la que ha sido adiestrado. Simple. Recurrente. La recordarán de clásicos como Karate Kid, Star Wars o Carros de Fuego.

Harry Potter parece que tiene todas las trazas de estar inmersa en esta trama: tenemos un evidente aprendiz de brujo; una escuela de magia dirigida por su mentor y protector; un mago anciano de barba blanca y puntiaguda como Merlín… —otra trama maestro-aprendiz—. Sin embargo, nada más comenzar la saga empezamos a encontrarnos cosas raras: Dumbledore, a diferencia de los maestros decentes, no se preocupa lo más mínimo por los problemas y peligros de Harry Potter. Es más, parece que los alienta. Da igual si tiene que enfrentarse a un troll en las mazmorras, un ajedrez asesino, una competición de un deporte ilógico y peligroso o sencillamente hacerle frente al mismísimo Voldemort. Le da igual. Él se pasa toda la película paseando en círculos en su despacho.

¿Siguen sin creerlo? El colmo de la joputez de Dumbledore se da en la segunda, al final. Por si no la han visto les resumo la situación: Harry Potter en las cloacas de la escuela peleando contra un basilisco, que es algo así como una bicha del tamaño de un tren de mercancías que si te mira te convierte en piedra y si te muerde pues estás aviado. Terrible situación para un niño de su edad, ¿no les parece? Lo más lógico, dado que eres Dumbledore, el mago más anciano, el más poderoso y el decano del colegio, es que bajes a las cloacas y, con tu varita de saúco, le metas al bicho un chinguetazo de vipera evanesca y fin del asunto; que luego le escribas una carta a los padres o tutores legales, amonestes al muchacho por meterse en las cloacas sin permiso y, si lo consideras grave, lleves el tema ante el consejo escolar y discutas con el APA si procede expulsar al niño tres días para que recapacite sobre lo que ha hecho —en mi colegio expulsaban a la gente por mucho menos que suplantar la identidad de un compañero, abrir la Cámara Secreta hablando la lengua de las serpientes y enfrentarse a un basilisco—. Además convendría contratar un servicio de fumigación, no sea que haya más basiliscos en las tuberías. ¿Saben qué hace en realidad? Nada. Pasea en círculos. Fíjense cómo será el asunto que es el pájaro fénix que tiene Dumbledore en su mesilla de noche el que decide ir a ayudar a Harry Potter. ¡El pájaro! ¿Cómo es posible que hasta un pájaro sepa lo que está ocurriendo y el decano de la escuela no se haya enterado?

Obviamente lo hace adrede. Después de no sé cuantos libros y más películas haciéndole a Potter el curso imposible es obvio que el chaval le cae mal. Y no solo eso: Dumbledore es mezquino. En comparación, los malos de la saga son una pandilla de gamberrillos de barrio: Snape, un romántico; Quirrell, un pusilánime; Pettigrew, un roedor; Crouch, un descastado; Umbridge, una señora «a la antigua»; Bellatrix, acomplejada, y Voldemort… Voldemort simplemente le tiene miedo a la muerte, igual que todo el mundo.