galeriasvelvet

Sería absurdo tener un blog sobre crítica de series y no dedicar un post a la ficción que está poniendo ante las pantallas a cinco millones de espectadores.

Galerías Velvet es un melodrama, y un melodrama no tiene por qué ser, en mi opinión, un género menor que cualquier otro. Partiendo de esta premisa, el producto que nos trae la factoría Bambú (Gran Hotel, Gran Reserva, Hispania…) es, de entrada, muy digno. Pudiera recordar un poco a Gran Hotel…, pudiera recordar un poco a El tiempo entre costuras… pero no. Hay que reconocer que la ficción tiene, en este caso, una idiosincrasia propia.

La fotografía es buena. Ya saben que me pongo muy nervioso en cuanto empiezan a aparecer luces de relleno que no sé de dónde vienen, pero en este caso las tienen bastante controladitas: marca de la casa. No se percibe el olor a pegamento y masilla de otras series con decorados de cartón-piedra. La puesta en escena es excelente: los vestidos, la ambientación, la escenografía y todo pinta bien… hasta que algún personaje sale a la calle.

El primer fallo que le veo a la serie es la desmedida digitalización de la Gran Vía madrileña. Lo siento, Ramón, María José, pero lo digital me saca de la ficción y me lleva a otra parte. Una parte muy lejana. ¿Eran necesarios esos planos de situación de una Gran Vía de videojuego? ¿Hacía falta sacar esos coches de época animados a trompicones? El resto de la serie tiene una imagen fantástica, con escenarios que parecen auténticos… ¿Era necesario?

Hombre, entiendo que la alternativa hubiera sido, o bien dejarse de esas panorámicas de situación, o bien hacer la de Amar… y utilizar imágenes reales. Pero no funcionaría. Hubiera quedado folletinesco, por un lado, y demasiado real, por el otro. Y es que otra de las cuestiones que se le pueden achacar a la serie es la de mostrar una Gran Vía —y un Madrid, y una España, si me apuran— idílica e irreal para el tiempo que retrata la ficción, al menos, en lo que a exclusividad y alto standing se refiere, sobre todo teniendo en cuenta que una de las tramas responde al relevo generacional de la clientela, como si las señoras de los treinta y cuarenta, y en el Madrid de posguerra, vistieran alta costura —ya saben, plena autarquía, con media España malviviendo en Alemania y más lejos—.

En cualquier caso, se trata de cuestiones menores. En mi opinión, el mal fundamental que tiene la serie es también su gran virtud: los secundarios. Frente a la pareja protagonista de Miguel Ángel Silvestre y Paula Echeverría tenemos un plantel de segundos de lujo: Aitana Sánchez-Gijón, Tito Valverde y un soberbio José Sacristán encabezan un elenco que ya quisieran para sí el resto de series. ¿El mal? Precisamente ese: al Duque y a la Echevarría se los meriendan cada vez que les toca interactuar con los de la vieja escuela. Ojo, y no digo que sea culpa de ellos, ni de los otros, ni de dirección, ni siquiera de cásting… Es, imagino, cuestión de tablas. Y de texto.

Sí, de texto. Y aquí sí que me voy a poner fino. Encuentro en Velvet dos motivos de guión que me ponen nervioso. A mí, digo. En lo particular de mi propia percepción. Lo primero es que las tramas que han apuntado de los secundarios me parecen muchísimo más interesantes y con muchísima más carga dramática que la trama que mueve a los protagonistas. Lo segundo: la trama de los protagonistas me parece tan ausente de conflicto que hasta me ha dado la impresión de que han cambiado personajes así, sobre la marcha, para forzarlo un poco. A partir de aquí van los spoilers.

TRAILER GALERÍAS VELVET compartido desde Bambú Producciones vía Vimeo.

Por resumir lo primero: un Tito Valverde dueño de unas prestigiosas galerías con un pasado turbio que termina suicidándose en el primer episodio; un José Sacristán adusto que tiene que hacerse cargo de una sobrina huérfana, al tiempo que guarda los misteriosos secretos de sus patronos; una Aitana Sánchez-Gijón que a saber qué oculta… son, sencillamente, mucho más interesantes que el amor de la pareja protagonista por imposible que nos los quieran plantear.

Y ahí está lo segundo: un amor imposible que de imposible no tiene realmente nada. A ver, él la quiere ella desde que era un crío, y ella le corresponde desde más o menos la misma época. Primer reencuentro y se fugan. ¿Dónde está el problema? Na. Luego cae sobre él el peso de llevar adelante el negocio y sacarlo de la ruina, para lo cual acepta un matrimonio de conveniencia con la hija de un potente patrocinador, despreciando a su amor de juventud ya declarado y después de medio fugado. ¿No les parece raro? ¿Por qué no vende? O mejor, ¿por qué no alquila? Vivir con su amor de juventud de las rentas de un solar en plena Gran Vía justo al comienzo del Desarrollismo no te creas que era una tontá. Vamos, digo, si es tan fuerte el amor… O será que no estaba tan enamorado al fin y al cabo; o será que nos lo han cambiado de golpe y porrazo: de niño de papá enamoradizo a empresario carcomido por la culpa. Y el Duque. Pues no, lo siento, Ramón, María José, pero no me llega.

Quizá porque la trama amorosa ha quedado verbalizada desde muy pronto —tanto para mí como para el resto de los personajes, ojo—; quizá porque el carácter de chulapo del muchacho no me lo ponía muy de cuidar responsablemente los negocios familiares o la memoria del padre… No sé. Hubiera preferido un protagonista un poco menos voluble, una historia de amor un poco más clandestina, y una trama empresarial con un poquito más de turbiedad. Sí, un poco más Gran Hotel, para qué engañarnos.

En todo caso, que yo esté a estas alturas del post hablando sobre el guión es, para mí, una buena señal. Al menos, en algún lugar recóndito, han conseguido despertarme un pensamiento crítico que va más allá del clásico «se me hacen largas las series españolas». Y eso es bueno. Veremos si me terminan de convencer.