Tristeza. Total y absoluta. No hay un sentimiento más acertado para describir lo que me provoca que TVE vuelva a reemitir la mítica Verano Azul. Tristeza, y por varios motivos.

El primer punto no deja de ser esa tristeza que se vincula con la añoranza. A lo tonto, aunque se bromee mucho con lo de que «la repiten todos los años», lo cierto es que no se emitía desde 1995. Los que más y los que menos tenemos asociado el recuerdo con aquellas tardes infinitas de verano de nuestra infancia, de bicicletas y pandillas de amigos, y pipas de girasol hasta la saciedad. Imposible no recordar con tristeza, yo que además recuerdo cuando dormían barcas boca abajo en la orilla de la playa… qué quieres que te diga.

Pero ojo, no me refiero a una añoranza por el pasado glorioso de aquella España de los ochenta que retrataba la serie, sino más que nada una añoranza hacia mí mismo. La infancia… ya saben. Lo otro, lo ochentero y noventero… pues bueno. Había cosas que sí y cosas que no; cosas que deberían volver y cosas que esperemos que no vuelvan jamás de los jamases. En todo caso era un acierto de Verano Azul retratar la sociedad de su tiempo. Ahora, que ya principalmente hacemos series en pretérito, casi nos parece un documento más que una ficción.

Ahora bien, la sensación no es sólo por el deje de nostalgia. La sensación de tristeza se produce también por lo que la emisión de Verano Azul pone de manifiesto: lo que teníamos, lo que tenemos.

Empezando por lo que teníamos, revisionando Verano Azul nos damos cuenta de que teníamos poco, muy poco que envidiar a lo que había por ahí. Teníamos planteles de actores de categoría, teníamos producciones cinematográficas que filmaban en celuloide, con sus extras, sus exteriores, su sonido directo y sus movimientos de cámara. Teníamos guionistas que escribían tramas infantiles que no por estar dirigidas a un público infantil dejaban de tener un hondo calado emocional —siento el spoiler para los que la estén viendo de primeras, pero Chanquete va a morir, y lo va a hacer sin paños calientes ni tonterías, va a ser una muerte de verdad—; y teníamos, por otra parte, programadores que se atrevían a emitir en un horario adecuado —siempre se emitió a las cuatro de la tarde, que es la hora en se deben emitir las series con tramas infantiles— y realizar una serie «cinematográfica» con todo lo que ese apellido significa.

No es casual que haya quedado en el recuerdo, ni que se haya emitido y vuelto a emitir durante tantos años. Verano Azul era —es— una buena serie y, si me apuran, algunos de sus planteamientos y sus temas no sólo son inmortales sino que además están de rabiosa actualidad. ¿O acaso el famoso «del barco de Chanquete no nos moverán» no es toda una oda contra la sobre-explotación urbanística de la costa?

Otros temas, en cambio, no tanto. Han pasado tres décadas desde que se realizó y, de una forma o de otra, no deja de haberse quedado anticuada en otros muchos ámbitos. Sobre todo, quizá, en los que atañen a los chavales y chavalas de 2014. Y ahí entramos en el terreno de lo que no tenemos. Porque, acaso, lo que menos tenemos es una producción propia realmente dirigida a un público de estas características. Perdón. Creo que me estoy pasando. Realmente lo que no tenemos es producción propia.

Si ahora mismo se le plantease a cualquier directivo de televisión, ya sea de la pública o de una privada, invertir dos años y pico de trabajo para rodar una serie eminentemente en exteriores, con un plantel eminentemente infantil o adolescente, y para ser emitida en horario protegido, probablemente la carcajada sería tronadora. Si, después de las risas, insistiéramos, inmediatamente nos pondrían la excusa de que no hay dinero. De que no se puede hacer. ¿Una cabecera con planos de helicóptero? Anda, anda, no diga tonterías. Y pasaría rápidamente al siguiente proyecto protagonizado por algún exmodelo convertido en actor, o en una reedición de Gandía Shore.

La emisión de Verano Azul pone de manifiesto no sólo que ya la televisión de todos no pueda hacer series como las de antes, sino que, sencillamente, las series que se hacen ahora, salvando honrosas excepciones, —y esto es extensible también a las privadas— son una pantomima de decorado de cartón piedra. Y da pena. Damos pena. Ahora que tenemos TDT, cámaras digitales, montaje no lineal, Final Cuts y DRSL bajo el brazo, resulta que no podemos, no llegamos al nivel de nuestros abuelos. ¡Qué digo! No llegamos al nivel de lo que se produce en las televisiones de otros pueblos vecinos, y no estoy hablando precisamente de la BBC…

¿Será cosa del mercado? ¿Será una cuestión de números? ¿Será, quizá, un tema de rentabilidad? ¿Rentabilidad, en una televisión pública? Siempre he pensado que la cosa es, más que nada, una cuestión de tomarse en serio a los espectadores, y de hacerlo también en julio y agosto. ¿Sabían que, además de Verano Azul, el plato fuerte de la programación de TVE para esta temporada estival —sin contar los concursos de pueblos— es la extinta Amar en tiempos revueltos? Baratito baratito, que tenemos una deuda muy gorda que cubrir y no podemos dejar de poner cámaras en tirolinas para San Fermín.

Al menos, en la parte del «tenemos», podemos decir con cierto orgullo que nos quedan las reposiciones. Ay.