Hace una semana escribí acerca de Vis a Vis y, salvando tres pequeños puntos que me chirriaban, mi opinión sobre la serie había sido bastante positiva. Quitando aquello de que se abusara del desnudo y que la cárcel fuera inverosímil a todas luces, en líneas generales estaba contento con lo que me había ido encontrando. Pero todo cambió anoche.

Me dejó con la sensación de indignación de quien ha sido estafado por un amigo

El último episodio de Vis a Vis no me dejó frío, más bien todo lo contrario. Me dejó con la sensación de indignación de quien ha sido estafado por un amigo. No sólo me resultó un episodio lento y tedioso sino que, por un momento, sentí que estaba ante una narración onírica; ante un sueño de la protagonista donde en cualquier instante aparecería Drácula o Terminator para solventar el asunto. Pero no quiero ser visceral, que luego los guionistas que leen esto me tachan de trol. Por eso voy a ir desgranando por qué no me ha gustado nada el último episodio de manera tranquila y argumentada. Omitiré, eso sí, las escenas demasiado intrascendentes y los planos tipo documental que tan bien venían para presentar a los personajes en el primer episodio y que tan poquito aportan a estas alturas.

El episodio arrancaba anoche donde había terminado el anterior. Macarena, presionada por Zulema, la villana del penal, fuerza una pelea con su amiga Rizos que termina con ésta en la celda de aislamiento. Antes de eso, en plena trifulca, Rizos ha gritado a los cuatro vientos que la protagonista sabe dónde está el escondite del botín millonario de una compañera asesinada en anteriores episodios. Aunque Zulema y Macarena han sido vistas como enemigas irreconciliables en otros capítulos, el de anoche no tiene problema en comenzar la trama con las dos juntitas charlando alegremente en el patio a la vista de todos. Son amigas, parece, y Zulema le propone un acuerdo para repartirse el botín escondido. En ese momento los guardias mandan a todas las reclusas abandonar el patio pero, como es habitual, no les hacen ni puñetero caso. Siguen todas las presas haciendo sus chanchullos de intercambio de dinero y drogas allí, a la vista, porque supongo que los realizadores habrán considerado que el patio al mediodía es el momento y lugar más discreto para hacer negocios ilegales —en una cárcel donde las presas no tienen la obligación de permanecer en sus celdas, téngase en cuenta—. En ese momento llaman por teléfono a Macarena. Es Rizos.

—Pero, ¿cómo puede ser Rizos? ¿No estaba en aislamiento?
—Sí, pero tiene el teléfono móvil que robaron en el capítulo anterior.
—¿Cómo? ¿No registran a las reclusas antes de entrar en aislamiento?
—No preguntes tanto, Cité.

La llama Rizos para preguntar qué tal se encuentra tras la pelea y recordarnos a todos los espectadores que Macarena está embarazada —no hace falta, el resumen del episodio anterior y la misma protagonista lo ha dicho ya varias veces verbalmente—. Rizos y Macarena están haciendo las paces por teléfono hasta que a la primera, por fin, le quitan el móvil. Por su parte, Zulema llama desde la cabina a su novio El Egipcio, que retiene al hermano pusilánime de Macarena en el interior de un maletero. Van dos conversaciones telefónicas en lo que llevamos de capítulo, ambas recordatorias de la trama. Empezamos mal.

La acción se traslada al polígono industrial donde El Egipcio retiene al hermano de Macarena. El villano, que actúa por orden directa de Zulema desde la cárcel, parece no ser un secuestrador muy diestro: el hermano de Macarena se escapa del maletero en menos de lo que se dice Vis. Sí. El secuestrador de pacotilla, que no lleva ni pistola ni ningún tipo de arma a la vista, es reducido con dos palazos y se queda en el suelo gritando «te cogeré, cabrón» mientras el otro corre. Ni el amago de seguirle, vaya. Como si la cosa no fuera con él.

El que parecía un hermano triste y tonto, sombrío registrador de la propiedad sin luces, parece querer tomar cartas en el asunto con diligencia

Volvemos a la cárcel, donde la historia continúa con la aburrida subtrama de la presa drogadicta que creen que está embarazada. Por si no lo recuerdan, la drogadicta pidió a Macarena que orinase por ella para pasar un test. A pesar de que el control en la prisión brilla por su ausencia y que las presas campan a sus anchas, la posibilidad de que el análisis de orina pertenezca a otra reclusa no se ha pasado por la cabeza de la jefa del centro ni del médico, que creen que la drogadicta está efectivamente embarazada de un funcionario. Es curioso que no le extrañe a nadie que en los análisis no aparezca siquiera ningún rastro de la metadona que toma abiertamente la reclusa. Mierda, perdón, perdón, ya estoy pensando demasiado otra vez. La cosa es que la drogadicta dice que Palacios, el funcionario más rechoncho, es el padre. ¿Por qué lo dice? Porque al guionista le da la gana. Podía haber dicho cualquier otro hombre, incluso el médico, pero ella señala a Palacios quien, casualmente, es el dueño del teléfono que le han incautado a Rizos —ay, guionistas…— Sin solución de continuidad saltamos al susodicho en su interrogatorio ante la jefa de la prisión, intentando responder acerca del teléfono robado y la sospecha de que anda por ahí acostándose con las reclusas. Le abren expediente, le suspenden de empleo y él no dice nada. Nada.

Macarena, por su parte, va al doctor del centro y le confiesa, como siempre sin ningún tipo de enfermera presente, que está embarazada. Éste entonces ata cabos, recuerda que tiene un análisis de orina de una paciente adicta a la metadona que hace meses que no está con un hombre sin rastro de metadona y con pruebas de embarazo, y una reclusa recién llegada que nunca se ha drogado y afirma estar embarazada. Dos más dos, ¿no? Pues no, era broma. El médico no ata absolutamente nada. En vez de eso decide hacerle una ecografía a Macarena para comprobar que efectivamente está embarazada, no sea que ella no lo supiera seguro.

—¿Y la traslada a un hospital con seguridad penal para hacerle la prueba?
—¡Qué va, Cité! Si en esta consulta tienen de todo: máquinas de radiografías, ecografías, análisis de orina, desfibriladores… todo. Todo.

El pulso final de la escena llega cuando ella le dice que quiere abortar y el médico le pide a cambio una felación. La reclusa se niega y la escena acaba igual que empezó. Un diálogo sin ningún tipo de avance dramático más allá de decirnos que el doctor es un depravado —cosa que ya sabíamos—.

Por su parte, el hermano pusilánime habla por teléfono con Macarena —tercera conversación telefónica del episodio— y se ponen ambos al día del embarazo, el intento de violación, el dinero y tal… De pronto, el que parecía un hermano triste y tonto, sombrío registrador de la propiedad sin luces, parece querer tomar cartas en el asunto con diligencia, se desabotona la camisa y descubrimos que tiene debajo el traje del mismísimo Superman que… perdón, perdón, es que me aburro con estos diálogos que sólo cuentan una y otra vez lo mismo que llevamos viendo toda la serie.

A seguir con la serie que, a partir de este momento, empieza a saltar sin red entre los cumulonimbos de lo inverosímil

Durante la noche, Fabio, el funcionario ex-policía, saca a Macarena de su cama por la fuerza y, sin que nadie se entere —salvo quienes están al tanto de las cámaras y las compañeras de celda, supongo, pues habrá tenido que hacer algún ruido al abrir…— la sonsaca para que le diga por qué robó el teléfono de su compañero Palacios. Un flashback nos recuerda que Fabio ha visto a través de las cámaras de seguridad que, efectivamente, fue Macarena quien le quitó a Palacios el smartphone de la discordia.

—¿Y Fabio ha dejado que suspendieran de empleo a su compañero cuando podía haberlo dicho; cuando, de hecho, está grabada la prueba?
—Schhhh, calla, calla, que eso si no lo dices muy alto no lo nota nadie, Jean Cité.

Tras varias escenas sin demasiado interés donde Zulema, la malvada, muestra su autoridad por encima de los propios funcionarios del centro —bueno, Zulema y el resto de reclusas—, y Macarena le pide a la presa «conseguidora» una píldora abortiva, Fabio, que sigue sin aportar las pruebas que exoneran a su compañero, tiene un encuentro con su antiguo jefe, el policía Castillo. Éste ha venido con el padre de Macarena, que le pide a Fabio que la proteja. ¿Avanza en algo la trama? Pues no mucho, la verdad, sobre todo teniendo en cuenta que él siempre la ha tratado con cierta deferencia.

Tras una breve escena donde vemos que el funcionario chuletilla —el que no es ni Fabio ni Palacios— está implicado en el tráfico de drogas de la prisión, la reclusa drogata confiesa a la alcaide que no está realmente embarazada y que utilizó la orina de Macarena. Y hasta aquí la trama. Ea. Sin más. Dijo una cosa, luego dijo la otra, y todos contentos. A seguir con la serie que, a partir de este momento, empieza a saltar sin red entre los cumulonimbos de lo inverosímil.

La jefa de la prisión está verbalizando una vez más sus traumas interiores cuando llega de pronto el inspector Castillo, el antiguo jefe de Fabio. Juntos, van todos —jefa de la prisión incluida— a la celda de aislamiento donde, sin presencia de abogado y sin mandato judicial, hacen un interrogatorio-econtronazo a Rizos y la convencen para que se ponga un micrófono —previo lucimiento de bragas de la mulata—. Por alguna extraña razón que no se nos explica, parece ser que el inspector Castillo pretende que un juez acepte como prueba una grabación ilegal realizada por una presa bajo coacción. Bueno, pretende que lo acepte un juez y que lo aceptemos nosotros, los espectadores, que debemos de ser idiotas a los ojos de los realizadores, claro.

Mientras Rizos, ya microfonada —¿por qué se quitó los pantalones, si el micro va por el pecho?—, hace las paces con su ex —genial Alba Flores, hay que reconocerlo— y Macarena recibe la noticia de que no podrá disponer de la píldora abortiva de la «conseguidora», Zulema se enfrenta con la traficante «oficial» de la prisión —que agrede a la amiga-sumisa de Zulema— mientras el padre y el hermano de Macarena van en busca del lugar donde saben que está escondido el dinero, a sabiendas de que les sigue El Egipcio, que los ha localizado porque es un tío muy listo, supongo. Los familiares de la protagonista, al sentirse perseguidos por el secuaz de Zulema, deciden buscar el dinero donde no es, para confundir.

Exacto, el padre y el hermano deben de llevar DÍAS cavando

Mientras ellos están en la estratagema, Rizos cumple su cometido de sacar información a Macarena sobre el lugar donde está realmente enterrado el dinero. El inspector Castillo, que lo está escuchando todo a través del micrófono, pide a un subalterno que llame a un juez y llevan a Macarena ante la jefa de la prisión. Después de forzarle una confesión —de nuevo, por supuesto, sin la presencia de su abogado ni de ninguno de oficio— la sacan de la cárcel —sí, la sacan de la cárcel— y la llevan a la zona donde se supone que está escondido el dinero. El padre, el hermano y El Egipcio están también por allí. Efectivamente, los familiares de Macarena y el El Egipcio que les espía llevan cavando donde no es el tiempo que ha tardado Rizos en sacar la información, el juez en aceptar la grabación ilegal como prueba, autorizar el interrogatorio de Macarena sin abogado y que ella confiese, además de lo que han tardado en trasladarla desde la prisión al bosque perdido donde se supone que está el dinero. Exacto, el padre y el hermano deben de llevar DÍAS cavando.

Entonces se produce la repera de los giros de guión. Los policías de pronto descubren a El Egipcio quien, solito, se carga —o reduce, no sabemos— a tiros a los tres policías que se le han echado encima, dejando casualmente a Macarena en medio del bosque en semilibertad y sin un solo rasguño, produciendo un forzadísimo e incongruente cliffhanger que se supone que nos tenemos que creer.

En serio, guionistas ¿qué ha pasado?