Dentro de un rato, como quien dice, podemos asistir al estreno de La Cúpula en Antena3, una serie que ya lleva varios meses de éxito en su mercado original.

La trama de La Cúpula es bastante sencilla: Chester’s Mills, un pequeño pueblo del Estado de Maine, de pronto se ve cubierto por una gigantesca cúpula transparente e irrompible que los aísla del resto del mundo. Se cortan las carreteras; se va la cobertura, desaparece la electricidad… Como adivinarán, las tramas que desarrolla la serie se mueven entre lo extraordinario —escapar de la acción opresiva de la urna— y lo prosaico de las turbias relaciones humanas que surgen al confinar a un determinado número de personas con sus grandezas y vilezas: políticos, asesinos, periodistas, policías y pedestres amas de casa de corte medio norteamericano. Eso sí, no se preocupen. Ya saben cómo son estos gringos. Pese a ser un «pequeño pueblo» —1.976 personas según la promoción de la web oficial—, Chester’s Mills tiene su radio local, su periódico local, e incluso su propio hospital.

¿Qué pasaría si cayera una misteriosa cúpula sobre algún pueblo similar de nuestra querida España? Piénsenlo un instante. Maine no es más grande que Castilla y León. Pongamos un pueblo del tamaño que describe la serie, de tradición agrícola. ¿Lo tienen? Bien. Ahora imaginen cómo sería la vida si cayera una cúpula de estratosféricas dimensiones. No sé de muchos pueblos que tengan su propio hospital. Como mucho tienen su típico centro de salud y algunos ni eso. De hecho en los últimos meses se han vivido protestas por el desmantelamiento de centros de salud y la clausura de camas en numerosos hospitales. Un punto en el que no nos podemos comparar, supongo.

Algo mismo nos pasa con los medios de comunicación. Yo, que vivo en una capital de provincia, pude comprobarlo hace poco. Desde mi ventana podía ver cómo un incendio se acercaba peligrosamente hacia la ciudad. Alertado, decidí acudir al medio que, según me habían comentado en la Licenciatura de Periodismo, era el más inmediato de todos: la radio. Corrí hacia mi viejo transistor y sintonicé varías emisoras locales en busca de la noticia del fuego. Nada. El fuego se acercaba y en la radio local sólo había música enlatada. Ni una palabra de la emergencia; ni una alerta de bomberos… como la orquesta del Titanic, tú. Por supuesto era tarde, no debía quedar nadie en la redacción. Algo semejante debía ocurrir con los periódicos digitales. Un pueblo de las dimensiones de la serie, por supuesto, ni siquiera tiene radio local. Otro elemento en el que no nos podemos comparar, carajo.

Puestos a comparar, ni siquiera tenemos en nuestros small towns tantas gasolineras, tiendecitas y demás facilidades como tienen en Chester’s Mills. En cualquier pueblo castellano —y probablemente también en cualquier pueblo estadounidense real— de dos mil habitantes no hay tantas facilidades, ni tan buenas carreteras. Ni siquiera suele haber cobertura. De hecho, si cayera una cúpula aislando nuestro pueblo imaginado de esta querida España me da la impresión de que la diferencia no sería mucha. Es más, puede que, en vista de las dificultades de comunicación habituales de algunas zonas de nuestra geografía patria, la incomunicación habitual enmascarase la incomunicación sobrenatural.

Así puestos, quizá el único elemento que tenemos en común con la serie sea precisamente ese: el sobrenatural. Sin sanidad cerca, sin medios de comunicación… a veces sin siquiera la típica y castiza pareja de la Guardia Civil. Hay pueblos en los que los niños tienen que recorrer varios kilómetros al día para ir a la escuela más cercana. ¿Cómo hará la gente que vive en esos pueblos? ¿Cómo vivirán? ¿Se sentirán dentro de la Cúpula?