Cuando ves alguna película de Ben Stiller —a mí me ocurre, al menos— te asaltan a la memoria, casi siempre, dos papeles suyos: el de Algo pasa con Mary y el de Zoolander. No sé a qué género pertenecerán estos trabajos, pero a mí me da reparo calificarlas como «comedias» por lo zafias pese a su éxito. Entenderán mis suspicacias al comprar la entrada para La vida secreta de Walter Mitty, su debut como director, para más señas.

Había leído por encima algún comentario positivo y el tráiler tenía gracia. «¿Acaso puede ser peor que Sharknado, maldita sea?», me pregunté. Sabes que vas a ver una comedia romántica. Vale, aceptamos barco. Si tragaba con la premisa inicial, al menos esperaba que me divirtiera un rato. La historia no es compleja:

Walter Mitty es un empleado de la mítica revista LIFE, concretamente el director del departamento de negativos —las fotografías de toda la vida—. Es un adorable, aunque tímido cuarentón de existencia gris, con una imaginación demasiado… «desbordante». Se le va más la cabeza que a Carmen Lomana en Tiffany’s con una VISA platino. Pasa más tiempo embebido en sus propias fantasías que en la vida real. Definición clásica de «pringado», para entendernos. Enamorado, además, de una compañera de trabajo que no le hace ni caso.

Ante el seísmo actual del mercado mediático, la revista se pasa al puntocom y prepara el último número en papel, para cuya portada eligen una impresionante foto del misterioso fotógrafo Sean O’Conell (Sean Penn). Pero el negativo en cuestión… desaparece y es responsabilidad de Walter afrontar la realidad, dejar las fantasías y encontrarlo a toda costa, si quiere conservar el empleo.

Si mi idea inicial era la de «una de risa», repleta de tonterías made by Stiller, me equivoqué de parte a parte. Y me sorprendí para bien. Es cierto que la película responde a los requerimientos clásicos de la comedia romántica americana de chico-se-enamora-de-chica, etc. etc. Es cierto que existen guiños cómicos a otras películas y gags bastante aceptables, sin llegar a la escatología o resultar groseros. Pero el debut de Stiller en la dirección me dejó con la agradable sensación de que la película… tenía algo. Había «chispa». Había «alma» —si me permiten la pedantería—. Se trata del remake de una comedia romántica, sí. Pero no una comedia al uso. Hay momentos tristes, agridulces e incluso amargos y secuencias de una belleza plástica innegable. En conjunto, la película destila una sensibilidad y un «buen ojo» dirigiendo que uno no esperaría de un actor cómico como Ben Stiller.

El montaje y la post producción merecen un halago sin paliativos, la fotografía es un espectáculo soberbio por momentos y la banda sonora —con Space Oddity de David Bowie como mascarón de proa—, uno de esos discos que merece la pena tener. Más que comedia, podría calificársela como «película de viajes» bastante redonda —a pesar de ciertas inconsistencias argumentales—, con una puntita de moralina inofensiva. La vida secreta de Walter Mitty es, a mi entender, un ejercicio de revancha contra el destino.

Porque, ¿quién no ha soñado con ser alguien diferente, con otra vida, en otro sitio? ¿Quién no desea dejar de llevar una existencia anodina, gris y sin sentido? A mí me sucede todos los días. A veces varias veces al día —sin llegar a los extremos de Walter Mitty— y me encantaría poder cumplir alguna de mis fantasías, como el amigo Walter.

Es una película recomendable que puede descubrirnos a un actor que, con algo de tiempo y suerte, quizás dé el petardazo en la dirección en el futuro. Lo mismo que Ben Affleck con Argo, figúrense. Si les gusta la fotografía y tienen un deje romántico y melancólico… les recomiendo que se queden hasta el scroll up de los créditos finales. Un ocho sobre diez.

Fe de erratas: La vida secreta de Walter Mitty NO ES el debut en la dirección de Ben Stiller, que cuenta en su haber con 14 obras, entre cortos para televisión, TV movies y películas como ‘Un loco a domicilio’, ‘Bocados de realidad’, ‘Tropic Thunder’ o ‘Zoolander’. Mis disculpas a los lectores por este error de bulto y mi agradecimiento a Diego Matos Agudo por hacérmelo ver.