Una sala. En ella, un chico improvisando con la batería como loco. Aparece J. K. Simmons, investido como el sargento Hartman del jazz. El chico toca para regalarle los oídos, el sargento se va haciéndole un corte de lo lindo y, sin venir a cuento, vuelve para recoger la chaqueta y se va. Ese no solo es el principio, sino también el tono de Whiplash, un corto que ya había existido en las manos del mismo director Damien Chazelle.

Si algo tiene la película indudablemente es ritmo. Es una de las virtudes de la cinta y se demuestra. Según Chazelle, se basó en el género bélico y lo trasladó hacia el ritmo de una batería. El encuentro, en ese sentido, funciona bien: sabe cuándo frenarse, cuándo acelerar y sobre todo qué plano y qué diálogo emplazar en cada frase. Además, para nada se corta con los elementos de ese género: la sangre, el cara a cara, la tensión dramática… La fórmula mil veces sabida siempre funciona, aunque esta vez sea trasladada en su versión más cercana a la primera parte de La Chaqueta Metálica. De hecho, no se puede descartar el hecho de que Chazelle planteó el guión de largometraje junto con el del corto, y el resultado es un ritmo impecable y bien pulido.

A pesar de lo cliché que puede resultar el profesor de jazz —buenos días, Sargento Hartman—, el duelo funciona con coherencia y es el elemento que permite captar nuestra atención

El guión juega a un tour de force en el que el protagonista las pasa canutas y es absorbido por el espíritu espartano de su profesor, quien no duda en tirarle un plato en la cabeza al mínimo error. No obstante, y a pesar de lo cliché que puede resultar el profesor de jazz —buenos días, Sargento Hartman—, el duelo funciona con coherencia y es el elemento que permite captar nuestra atención.

Sin embargo, hasta ahí se acaban sus virtudes. Si bien la cinta tiene ritmo y una idea que funciona muy bien, da la sensación de que las tramas secundarias, por lo general, son un pegote narrativo más o menos acondicionado para la idea que generó el corto. La subtrama del padre se entiende, es coherente y encaja durante casi todo el metraje, pero la relación del chico con su pareja no tiene sentido más allá de una o dos escenas. ¿Por qué demonios se le ocurre al señor Chazelle introducir esa subtrama hacia el final de una manera tan torpe? Esos pequeños detalles pueden ser tolerados, pero en mi caso pasaron factura.

Aún así, hay que decir que tres partes de la película son muy notorias. La primera es el inicio, que pese a partir de una forma abrupta atrapa el interés de los espectadores y les mete en ese tono entre thriller, cine bélico y drama con métodos cuasi espartanos de por medio. El segundo se produce entre la mitad y el final de la película, donde se produce una explosión tremenda en uno de los conciertos. Y la tercera, dentro de todo el final, pues aunque mal concebido en su forma sí cobra sentido en la estructura narrativa y culmina con un clímax que a buen recaudo no dejará indiferente a nadie.

Como apunte complementario, cabe decir que Milles Teller, actor de otra cinta decente como es The Spectacular Now, borda su actuación tanto o más que J. K. Simmons. Y es que, dentro de ese descenso a los infiernos que representa Whiplash, se esconde una película que vale para pasar el tiempo. Sin embargo, y como el batería cuando toca Caraban, el largometraje juega a un swing a doble tiempo el cual solo puede alcanzar alguna vez que otra. Si esperaban una perla del cine independiente, muy probablemente sean convencidos… a medias.