Serían aproximadamente las dos de la mañana cuando el móvil empezó a vibrar como alma que lleva el diablo. Algo estaba ocurriendo. Terremoto. Apocalipsis mundial. Inquieto, lo miro y descubro que la red se ha vuelto loca con lo último de Juego de Tronos, que emitió el noveno episodio de su tercera temporada el pasado domingo. Pensé que no sería para tanto… pero entonces llegó el martes y el Plus emitió el episodio de la discordia. Procuraré no espoilear.

Mi relación con Juego de Tronos es bipolar. Por un lado me gusta, y me gusta bastante. Me parece que tiene una excelente ambientación y una magnifica producción. Es una serie que me creo, no como la de Da Vinci. Y mira que es un universo mucho más complejo, pero hay que reconocerlo: como pieza me parece excelente. Pero me aburre.

Sí, lo siento. Últimamente me provoca un reverendo aburrimiento. Al principio tenía su cosa, cuando había pocos personajes y era un Falcon Crest a lo Edad Media, con sus torneos, justas y sus intrigas palaciegas… Pero eso terminó hace mucho con una cabeza clavada en una pica. Comenzamos a introducir personajes nuevos que ni van ni vienen: gente que parece tener mucho peso dramático pero que al final resultan ser episódicos; casas y familias que desconocíamos y que, de pronto, son importantísimas; o personajillos de tres al cuarto que dicen A, hacen B, y terminan con C… Por momentos parece que el afán de hacer giros inesperados está por encima que la intención de cerrar una historia coherente —recordemos que todavía hay dos libros de la saga por escribir—, y eso nos lleva a nuevos personajes, nuevas tramas, nuevos territorios, dioses nuevos, nuevos buenos, nuevos malos, nuevos nuevos, nuevos viejos, y más nuevos, y nuevos, y nuevos… y terminamos inventándonos una realidad paralela con los personajes subidos en un avión y haciendo como que nunca se han estrellado en la isla. Uy, perdón, me he ido del tema. El caso es que ante tanto tedio y tanta charla filosófica entre Meñique, Araña, el rey, la reina, su abuelo y su tía, en el fondo, me ha gustado el final shakesperiano del 3×09: plantea un cambio realista y, hasta cierto punto, bastante lógico que da vidilla —guiño, guiño— a la siguiente trama [y hasta aquí puedo leer, que he prometido no espoilear].

Por otro lado, no sé si le pasa a más gente, pero estoy empezando a notar el tufillo de cuando me cambian las reglas del juego sin avisar… y eso no me gusta. Me explico. Cuando empiezo a ver cualquier serie o película estoy dispuesto a suspender mi incredulidad si me presentan un mundo posible verosímil, y para eso hay que plantear una serie de reglas y respetarlas desde el principio. Por ejemplo, recuerden el clásico Superman: empezamos en Krypton, llegamos con Superman a la Tierra, lo acompañamos en el instituto, vemos que empieza a descubrir sus poderes, asistimos a la muerte de su padre putativo, al entierro, vamos con él y la kryptonita hasta el Polo Norte, nos encontramos el busto parlante de Marlon Brando que nos da una charla, vemos que Superman se pone el traje y da su primer vuelo, que llega a Metrópolis, comienza a trabajar en un periódico, hace pequeños rescates, Lois lo entrevista en la azotea y entonces, después de media película, aparece el villano y comienza de verdad la trama. ¿Para qué tanto recorrido? Muy simple: para que nos creamos el mundo posible que nos plantean en el que un personaje puede volar, ver a través de las paredes y disparar láser por los ojos. Si no lo tuviéramos, si no hubiéramos visto crecer a Superman, no nos lo terminaríamos de creer.

Las reglas de la ficción son sagradas. ¿Se imaginan que Harry Potter terminase con Voldemort empuñando una recortada, así, a tiro limpio en plan Harry El Sucio? ¿Se imaginan que los amigos de Walking Dead de pronto sacasen varitas mágicas? ¿Podrían creerse a Don Draper cabalgando un dragón sobre los edificios de Nueva York? ¿A que no estaría bien?. En Juego de Tronos la magia siempre ha estado presente, pero de forma muy sutil, muy tangencial, muy al otro lado del muro o en historias de otra época… No obstante, conforme los dragones se van haciendo mayores la magia empieza a volver a la Tierra y cada vez es más intensa. Vale. Hasta ahí me lo creo. El problema que tiene la magia es que es un recurso que vale para muchas cosas y un truco de guión de lo más socorrido cuando has montado una trama con dos docenas de personajes, tienes a tus fans que no saben quién es quién, y no sabes por donde tirar. Recuerden la sabia frase de los Simpson: siempre que vean algo que no les cuadre es que lo ha hecho un mago. Pues eso.

El otro día pusieron el 3×09 y los frikis del género, que somos muchos —sí, aunque me aburra a veces y eche pestes en el fondo soy un friki más de la serie—, se lanzaron a las redes sociales como locos. Incluso el maestro crítico de cine Michi Huerta, hombre sosegado y templado de carácter, irrumpió en la red social a grito limpio:

@michihuerta: Juego de tronos… OOOOH, MY GOD!! #series

Ante eso, no tuve más remedio que ponerme al día y contemplar el final del noveno, del que no puedo hablar. Por lo pronto, para que se hagan una idea de las cotas que está alcanzando el tema, Esta noche HBO emite el décimo y, más que cerrar temas, parece abrir nuevos conflictos. ¿Será tan potente como el noveno? ¿Tendrá un final igual de impactante? En cualquier caso los que han leído los libros miran la histeria colectiva y se ríen con malicia: saben que lo mejor está todavía por venir.

Como colofón, un vídeo que muestra algunas reacciones de gente al ver el final del noveno episodio. Cuidado porque este video SÍ CONTIENE SPOILERS: