Hace poco que he empezado a ver la serie Da Vinci Demons, supongo que atraído por los ya tópicos relacionados con el personaje histórico. De entrada, me ha parecido una serie con más pretensiones que aciertos: factura grandilocuente para cuatro escenarios contados y recursos digitales de medio pelo. No obstante, eso no es lo que me molesta. Lo que me molesta es que el Da Vinci del demonio es perfecto, el jodío.

Súper inteligente, súper creativo, todo le sale bien, dibuja cosas que ve al vuelo, inventa cacharros imposibles incluso ahora, vive del cuento, tiene colegas que dan su mano por él, varios ligues simultáneos, es guapete, chuleta y el único que se peina con gomina en la Florencia del siglo XV. ¿No es odioso?

Vale que sigue la estela de otros grandes personajes perfectos de la literatura, pero lo suyo se pasa de la raya. La primera comparación es Sherlock. ¿El famoso detective de Baker St. no es también odiosamente perfecto? En absoluto. ¿Por qué? Por Watson. Sí. Por Watson. Watson es la clave. Por dos motivos: Watson complementa a Sherlock —y viceversa—. Uno le da al otro la perspicacia y el otro le aporta a cambio la humanidad. En solitario, ambos personajes son deprimentes. Pero no solo eso. Resulta que la simbiosis va más allá: Sherlock es un personaje… creado por Watson. Es el doctor el que narra todas sus aventuras, quien cuenta todos los detalles, quien blasona con tintes de admiración homoerótica todo el canon… La perfección de Sherlock está justificada porque sabemos que no es Sherlock, sino la imagen o el recuerdo que Watson tiene de Sherlock bajo su tamiz subjetivo de admiración indisimulada.

La segunda comparación, dado el afán de Da Vinci por construir artilugios, es MacGyver. Es verdad que MacGyver también resulta odiosamente perfecto: con un chicle y un globo te fabrica una bomba incendiaria. Trabaja de… ¿De qué trabajaba MacGyver? Supongo que nadie lo sabe. El caso es que sí, era un máquina, pero tenía humildad. No se hacía el chulo. Vivía un poco en plan cutre con su perro y lo más que llevaba era una navaja suiza. No fanfarroneaba ni iba por ahí presumiendo de hacer bombas con cada mano cuando se paseaba cubierto tan solo con una toalla infiltrado en aquella guerrilla de la espesa tundra vasca —busquen el episodio, merece la pena—. Y oye, también lo pasaba mal hasta que encontraba el tubo oxidado y el alambre necesarios para construir un artefacto mortífero. Da Vinci no. Da Vinci se da unos aires que no se los cree ni él.

Los fans, si es que los tiene, me dirán que no, que Da Vinci es un pobrecito que no recuerda a su madre. Un desgraciado que sufre pesadillas y tiene traumas y «demonios» y no se lava. Ya. Sí. Claro. No veas cómo le afecta al pobre. Está que no levanta cabeza. No come. No duerme. Hecho polvo, ya se ve… ¡Pero si el muy sibarita compra pájaros solo para verlos volar! En cada capítulo nuevo que veo deseo que llegue alguien y le pegue una colleja bien dada. Algo en plan: «¿Tú eres tonto? Aquí la gente muriéndose de hambre y tú soltando pájaros como un idiota.»