Después de la carta que le mandé a Carlotti la semana pasada, es justo que hoy comente un poquito qué me parece El Tiempo Entre Costuras.

La serie, si no la han visto, es una adaptación del best seller homónimo de María Dueñas en el que se narran las desventuras de Sira, una joven costurera, que sufre los envites y tormentos de una vida de contrabando en el contexto de nuestra guerra incivil. Amores, pasiones y bajos fondos. Un dramón, vamos, pero un dramón bien hecho.

De entrada, tengo que quitarme el sombrero ante la producción. Aunque no se lo crean, en la serie encontrarán un empaque casi casi como el que viene de fuera: hay exteriores, hay escenarios reales, hay un cuidado vestuario, muy buena fotografía… y, en general, se puede afirmar que, cuando queremos, podemos hacer las cosas muy bien. De hecho, solo me molestan dos temas —que ya es decir, para lo que soy yo…—, y no podría dormir esta noche si no los sacara a relucir.

El primero de ellos tiene que ver con la adaptación. La serie, que está bien interpretada, peca de literalidad. De hecho parece que en El Tiempo entre... hay diálogos que están sacados directamente de la novela y oye, a alguien le puede parecer que eso está muy bien. Personalmente no me los creo. Y no me los creo por un motivo muy obvio: además de literales son literarios. Frases que leídas suenan muy bien, una vez oídas pierden de pronto toda la naturalidad.

Recuerdo que, en el instituto, un profesor loco de poesía me dijo una vez que el habla normal, la manera en la que nos comunicamos a diario, oscila entre el monosílabo y el heptasílabo. Pocas personas hablan en su día a día con frases de más de siete sílabas de media; pocas, desde luego, emplean oraciones subordinadas, epítetos, circunloquios y retruécanos; pocas utilizan cinco palabras cuando pueden decir lo mismo en tres. Es más: en la mayoría de los casos el lenguaje no verbal está ahí para decir todo lo que no dicen las palabras, o lo que no quieren decir, y claro, eso no lo tiene la literatura —con perdón—.

Los largos y gramaticalmente complejos parlamentos en plano secuencia que abundan en El Tiempo Entre Costuras son más propios de Dumbledore que del personaje que los entona, a la sazón: una costurera sin estudios; una estraperlista propietaria de pensión barata, o una joven marroquí —bien— llevada por Alba Flores. En el episodio de la semana pasada, el único momento en que los diálogos no parecieron sacados de un sainete de los hermanos Quintero fue el instante en que todos los huéspedes de la pensión se ponen a discutir en la mesa. Claro, luego descubrimos en el «cómo se hizo» emitido de madrugada que esa escena en concreto había sido improvisada por los actores. ¿Está mal? En absoluto. Pongamos esto en el apartado de críticas constructivas, que luego dicen que a todo le saco punta: para mi gusto, mejor sacrificar un poco en literalidad a la hora de adaptar los diálogos.

El cine y la literatura difieren en multitud de aspectos, siendo quizá el más importante el empleo de las imágenes. A menudo los enamorados de los libros —los que se rebelan ante el hecho de que una imagen valga más que mil palabras— apuntan esto como una limitación del cine: las imágenes no aportan mundos interiores, inquietudes psicológicas, pensamientos o elucubraciones que la literatura sí incluye, de una manera o de otra. Personalmente creo que la limitación la tiene precisamente la literatura, que necesita letras y letras para describir emociones que saltan a la vista en las imágenes, como unos ojos llorosos, una sonrisa o un ceño fruncido. Quizá por eso comprendo los diálogos literarios en los libros, pero me niego a aceptarlos en el cine: la literatura tiene que explicar lo evidente de las imágenes. En cualquier caso es un mal menor: si lo literario está bien escrito se acepta, como en las pelis de Mankiewitz.

El segundo tema que me perturba es que se haya vinculado esta serie con algo «extraordinario». La propia Antena 3 ha destacado que se trata de una «superproducción»; el propio Carlotti la semana pasada hablaba de los costes del empaque cinematográfico para justificar que se quisiera cobrar a los internautas por verla; en los foros y tuiteos se repetía una y otra vez la idea del «esfuerzo» que habían hecho para llevar a buen término una pieza de calidad. Esfuerzo. Superproducción. Costes… ¿Cómo?

En nuestro pleistoceno catódico teníamos producciones de empaque tan bueno —o mejor— que la mayoría de series actuales. ¿Ya nadie se acuerda de que Curro Jiménez también se rodaba en exteriores, con emplazamientos reales, una cuidada ambientación histórica y elocuente fotografía? ¿Nadie recuerda que en la mil veces repuesta Verano Azul las tramas infantiles eran, de hecho, las principales y tenían cierta enjundia —además de estar rodada en exteriores, con emplazamientos reales y blablabá—? Miren solo como ejemplo esta escena de la serie taurina Juncal: extras con diálogo, en La Maestranza de Sevilla, multicámara, luz del día, dobles especialistas… Uf. ¡Qué barbaridad! Es una escena a la que le pasa lo mismo que a Ben-Hur: ahora no habría dinero para hacerla #ironíaON

Da la impresión de que nos hemos acostumbrado tanto a la sitcom de cartón-piedra que en el momento en que se hace algo con más empaque nos parece una superproducción, pero con el prefijo «super-» de cuando se emplea como sinónimo de «exceso». ¿Es un exceso hacer las cosas bien? Claro, como todo, se trata de un término relativo que se contrapone a la generalidad. ¿Y si resulta que esto es lo normal? ¿Y si al final descubrimos que lo que llevamos años entendiendo como «producciones normales» han sido en realidad «infraproducciones»?

Me ha gustado El Tiempo entre Costuras, a pesar de lo literario, precisamente porque pone sobre la mesa una realidad tangible: podemos hacer las cosas bien; tenemos capacidad para elaborar productos televisivos de calidad y, ojo al dato, la audiencia está respondiendo muy positivamente al asunto, por lo que no sería descabellado afirmar que sí, que a la gente le gusta lo bueno, que se pueden arriesgar con pilotos potentes y producciones potentes y que el público, que no tiene de tonto un pelo, sabe valorarlo.

Ahora solo falta que la pongan a una hora decente…